“Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, decíamos en las aulas de las universidades, evocando la nostálgica figura de Salvador Allende, el presidente chileno que dio la vida por defender sus causas, sus principios, a su gente.
Ya han pasado más de 15 inviernos de ello; eran otros tiempos, una excusa casi perfecta para quienes vemos pasar los años y recordamos una juventud diferente. Un despertar juvenil marcado por el movimiento #YoSoy132, por la toma de espacios públicos defendiendo la causa de los normalistas de Ayotzinapa, viendo nacer con fuerza el poderoso movimiento feminista del siglo XXI.
Lo mismo pueden contar nuestros padres, quienes vivieron la rebeldía juvenil de los 80 y 90, quienes defendieron la expansión de la educación superior pública y gratuita, al ritmo de Panteón Rococó con La Carencia y de Caifanes: “Antes de que nos olviden, haremos historia”. Eran otros tiempos, nos decían también.
Pero otra historia similar nos cuentan nuestras abuelas y abuelos, quienes vivieron los vertiginosos y aguerridos movimientos estudiantiles y juveniles de los 60 y 70. Rebeldía, arte, transgresión, causas, principios, utopías. La revolución cultural que recorrió el mundo. Eran otros tiempos, dicen entre lágrimas.
Hoy son otros tiempos, tiempos oscuros marcados por el avance del neofascismo en diferentes regiones del mundo. Tiempos en los que los debates y suposiciones del uso de la Inteligencia Artificial se vuelven realidades incómodas que restan empleos a la juventud, que atesoran datos para su uso electoral, cognitivo y cultural, y en los que la guerra por recursos y minerales críticos se agudiza. Son tiempos de canallas, que vuelven presidentes a payasos ignorantes (miremos a Argentina para tener un claro ejemplo).
Y en estos nuevos tiempos, muy oscuros en este transcurrir histórico espiralado, de nuevo la juventud desafiante sale a las calles y grita en diferentes latitudes: BASTA.
Basta de despojos a la vivienda, de encarecimiento de rentas impagables; basta de invertir en guerras y no en educación. Basta de discursos fascistas; basta del genocidio en Palestina.
Tres puntos: ayer, miles de jóvenes salieron en Brasil para protestar contra el avance del candidato de extrema derecha Flavio Bolsonaro; a la par, en Francia ardían París y otras regiones con la movilización de miles de estudiantes de bachillerato y universidades en demanda de mejores condiciones para el estudio, y rechazando la violencia policiaca que han vivido en las últimas jornadas; y en España, en medio de una triste noticia tras la muerte de Maricarmen, mujer de 87 años que luchaba por la vivienda, se vivieron una serie de protestas en demanda de vivienda digna, poniendo en crisis la forma en la que se pensaba el acceso a hogares para habitar (rentados en su mayoría y acaparados por unos cuantos).
Un verso de la bellísima canción Papá cuéntame otra vez de Ismael Serrano decía: “Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam”. De nuevo la espiral histórica, hoy son otros tiempos. Hoy mueren en Palestina quienes antes morían en Vietnam. Y la juventud cantará esto a sus hijos y nietos en 40 o 50 años.
Pero esta misma espiral histórica es una luz en medio de este oscuro panorama. Una luz de esperanza, una luz que recuerda que las juventudes, tarde que temprano, van a gritar, salir, romper, transformar y no dejar que el mundo caiga y decaiga.
¡Que vivan las y los estudiantes! ¡Que viva la juventud!
¡Caramba y zamba la cosa! ¡Qué viva toda la ciencia! (diría Mercedes Sosa).