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De 4chan a Coahuila: la ruta digital de la violencia

De 4chan a Coahuila: la ruta digital de la violencia

Por Ernesto Ángeles .

La semana pasada, el primer día de octubre, un par de hermanos gemelos en Coahuila entraron armados con cuchillos, hachas y petardos a la secundaria general no.13, donde habían cursado años atrás, y asesinaron a la subdirectora del plantel, Neri Edith Nevárez; así como hirieron a otras cuatro personas más. 

El motivo de la masacre: el odio a las mujeres y la necesidad de fama y viralidad en redes y comunidades radicalizadas; tan es así que los hermanos entraron al plantel gritando que “iban por todas las mujeres” y entre los primeros resultados de las investigaciones están la pertenencia a grupos radicales de machismo y violencia en línea; además, uno de los hermanos portaba una playera con la cara del joven que cometió un ataque parecido en el CCH Sur en 2025. 

La relación entre este caso, el machismo y la violencia digital no es imaginación o interpretación de nadie, sino un fenómeno real que amenaza con empeorar. Y es que este suceso no es el primero ni el único en México, sino que antes han sucedido otros cinco, en donde el hilo conductor es la radicalización digital y la violencia en el mundo real, así como sus comunidades y actores detrás:

El antecedente más lejano de esta tendencia sucedió en 2017, cuando un adolescente de 15 años disparó en contra de su profesora y sus compañeros y luego se suicidó, lo peculiar del caso es que fue reivindicado por un grupo de troleo de ese entonces conocido como “Legión Holk”, los cuales afirmaron que el atacante pertenecía a su grupo y que el objetivo de la agrupación era sembrar caos.

En 2020 en el Colegio Cervantes de Coahuila un niño de 11 años asesinó a su maestra e hirió a seis personas más, inspirado por la masacre de Columbine en Estados Unidos; en 2025 el ataque en CCH Sur cometido por un joven de 19 años, el cual fue claro en sus motivaciones machistas y nacidas directamente de la “machósfera” de internet; en marzo de 2026 un estudiante de preparatoria en Michoacán asesinó a dos profesoras, motivado por casos parecidos, así como por el cómo el feminismo arruinó su vida. El antecedente más reciente fue el tiroteo en Teotihuacán, en donde las motivaciones del agresor fueron una mezcla de idolatría de la violencia digital y la violencia contra minorías.

En este punto es indudable que existe una relación entre la violencia digital, la violencia contra mujeres y grupos minoritarios y la violencia en el mundo real; sin embargo, la tecnología no ha sido la creadora del machismo o la violencia, sino que es el catalizador, masificador de estas tendencias y diluyente de la responsabilidad social de intereses políticos y económicos detrás.

Por ejemplo, el machismo organizado como reacción a los movimientos de liberación femenina data de los años setenta, al igual que el racismo organizado, el cual precede por mucho a internet; pero la tecnología ha permitido la adaptación del odio a nuevos ecosistemas, prácticas y herramientas. De esta interacción surge “la machósfera”, que es la reproducción del machismo tradicional a través de herramientas y espacios digitales. 

Y dado que internet se caracterizó en un inicio por fomentar la creación de comunidades, el machismo se fue encumbrando en sitios con poca o nula moderación como 4Chan o Reddit. No fue sino hasta 2014 con el Gamergate, cuando este ecosistema comenzó a organizarse bajo una clara consigna: el mantener privilegios y el statu quo (léase patriarcado) ante el avance del progresismo y sus denuncias. 

Otro hecho que marcó un antes y un después en la violencia digital y las comunidades e intereses político-económicos detrás fue la transición de una web basada en foros y blogs a una web dominada por algoritmos de recomendación, los cuales favorecen las emociones que causan una reacción más fuerte de quien interactúa con esa clase de contenido, lo que implica más respuestas, publicaciones, comentarios, reacciones, datos, etc. 

Pero el punto de inflexión no sólo es técnico, sino político y social: ¿A quién le interesa promover la violencia, el miedo y la ira en la sociedad? ¿qué ganan con el caos? ¿por qué algunas élites e intereses económicos parecen tan permisivas y hasta cómodas?

En este punto es donde entra en juego la derecha alternativa, la cual se ha valido de la molestia e indignación causada por la realidad material de miles de jóvenes, vertida en espacios como la machósfera, para llevarlos a la politización y, en el peor de los escenarios, a la radicalización, no sólo en contra de la izquierda, sino en contra de la derecha tradicional y otras manifestaciones políticas señaladas como el “establishment”; la cual llegó con actores como Donald Trump y disputó espacios, interpretaciones y el sentido común. 

Aquí el problema cobró una dimensión transnacional: Steve Bannon y la analítica electoral convirtieron la machósfera en infraestructura social. Bannon vio en los jóvenes aislados de 4chan y Reddit un ejército movilizable y, con Cambridge Analytica, usó datos psicográficos de millones de usuarios de Facebook para activar su resentimiento con mensajes personalizados. Por eso la machósfera mexicana no es un fenómeno aislado, sino la punta visible de una red global de radicalización que inició por mera coincidencia, pero terminó siendo parte de un proyecto político.

A este engranaje se suma una economía digital diseñada para monetizar la indignación. Lo que inicia como ironía memética en foros periféricos es capturado por los algoritmos de recomendación, transformando el aislamiento juvenil en consumo intensivo de odio. No se trata únicamente de un negocio publicitario o de la voracidad de las consultoras políticas: la intermediación tecnológica explota fracturas sociales preexistentes, ofreciendo una coartada comunitaria a la frustración masculina mientras la rentabiliza política y financieramente.

El problema, por tanto, no consiste únicamente en qué contenido aparece en una pantalla, sino en qué clase de ecosistema estamos construyendo alrededor de él. Una plataforma que premia la atención, una comunidad que convierte el resentimiento en identidad y un mercado político que aprende a explotar ambas cosas pueden terminar produciendo algo mucho más peligroso que una publicación ofensiva: una infraestructura social para la radicalización.