La Ciudad de México se viste muy deportiva para albergar la Copa Mundial de la FIFA 2026, y lo hace en medio de un momento político vertiginoso, de esos que no se respiraban desde hace tiempo en el mundo, y en un mes que, por azares de la historia, es mucho más que el preámbulo del verano, porque junio es, también en todo el mundo, el mes del Orgullo LGBTI.
La historia, el devenir de los movimientos sociales y la política internacional actual, imprimen un tono muy particular a estos acontecimientos que converjen en el corazón de una ciudad vibrante, diversa, en la capital que es cuna de los derechos de este grupo prioritario, y que celebrará su Marcha del Orgullo de la Ciudad de México se celebrará el sábado 27 de junio, partiendo del Ángel de la Independencia hacia el Zócalo. Y justo ahí, en la plancha de la Plaza de la Constitución, se instalará el FIFA Fan Fest, un espacio con pantallas gigantes y actividades que promete ser el epicentro de la celebración futbolera durante semanas.
Ante este escenario, se ha corrido un rumor insistente que ha intoxicado la conversación pública dentro de varios círculos de la diversidad sexual y de género, pues se decía que el gobierno capitalino y la propia FIFA impedirían el paso de las personas asistentes a la Marcha LGBTI, al Zócalo. El rumor, alimentado quizá por el fantasma de la exclusión o los prejuicios, pero también por grupos de choque LGBT de partidos de oposición, ha sido desmentido en repetidas ocasiones, no sólo por las instancias especializadas del gobierno local, sino por la misma FIFA. La realidad, en cambio, es más luminosa, ya que el 27 de junio, el FIFA Fan Fest se sumará a la conmemoración vistiéndose con los colores del Orgullo; es decir, que en lugar de un cierre, habrá actividades por la diversidad en pleno Zócalo, el día de la Marcha, organizadas por el mismo FIFA Fan Fest.
Para imaginar cómo será ese encuentro, conviene ejercitar la memoria y recordar un antecedente que, aunque algunos han olvidado, es una postal que guardamos en la memoria quienes vivimos ese momento. Corría 2018, otro Mundial, otra coincidencia. México venció a Corea, el partido se transmitió en el Zócalo y una marea eufórica de aficionados decidió marchar desde la plaza hacia el Ángel de la Independencia, justo a la misma hora en que la Marcha del Orgullo arrancaba en dirección contraria.
Cuando ambos contingentes se encontraron, el pronóstico del desencuentro violento, afortunadamente falló. No hubo violencia, sino una intersección festiva; dos causas celebrando, una por un triunfo deportivo y la otra, por el derecho simple y profundo a existir. Un festín de banderas mexicanas y arcoíris que demostró que las calles son lo suficientemente amplias para todas las causas y alegrías.
Sin embargo, esa imagen idílica no puede servirnos sólo de consuelo, sino de contraste urgente con una realidad que nos confronta como país. Porque este Mundial, como ningún otro para México, estará bajo el escrutinio de un problema que la afición machista exportó a las gradas del mundo y que es el del grito homofóbico en los estadios. Una expresión que se inauguró en los estadios nacionales justo en una Copa del Mundo y que se ha enquistado como una fea costumbre, un acto de machismo y homofobia disfrazado de folclore, de cultura nacional (qué oso).
Y aquí es donde la celebración corre el riesgo de quedarse en mero espectáculo si no se acompaña de autocrítica. La Federación Mexicana de Fútbol no sólo no ha logrado diezmar esta práctica, sino que parece ser que se le dificulta articular una estrategia profunda, de la mano de las organizaciones de deportistas LGBTI+. Hasta ahora, sus acciones han sido un rosario de medidas punitivas, como multas, amenazas de veto, llamados al orden que no logran incidir de manera contundente.
Muchas personas defensoras de derechos humanos, no sólo de la diversidad sexual, sino de distintas causas, coinciden en un diagnóstico claro y que requiere medidas más pensadas y más profundas, pues las sanciones aisladas no resuelven el problema de raíz, sino que parecen, más bien, gestos para lavarse las manos, acciones cosméticas que simulan atender una problemática que en realidad está arraigada en las estructuras más hondas de nuestro tejido social y que son el machismo, la misoginia y la homofobia.
Para que la postal del Zócalo con los colores de la diversidad no sea sólo un decorado, es necesaria una interlocución real y permanente entre las instituciones de gobierno especializadas en la materia -como CONAPRED, de la mano de CONADE-, así como con las autoridades deportivas mexicanas y quienes llevan años trabajando en la intersección entre deporte y diversidad, para enarbolar estrategias que contribuyan a la desarticulación de discursos discriminatorios que no sólo tendrían un impacto sobre las poblaciones LGBTI, sino en espacios mucho más amplios, pues las estrategias contra la discrminación de un grupo, sin duda fortalecen el enfoque de derechos en la sociedad en general; es decir, que las acciones encaminadas deben considerar a los grupos particulares en su dimensión como elementos de una estructura social más amplia y profunda, para no focalizar los esfuerzos y evitar que se diluyan los esfuerzos. Ese trabajo trascendente, además, tendría un beneficio que desbordaría las canchas, pues el alcance de esas acciones en conjunto tendría un impacto más allá de combatir las lgbtfobias en el fútbol, pues estaríamos al mismo tiempo, apostando por la mitigación de la misoginia y el machismo en otros sectores clave de la vida cotidiana de nuestro México.
El mundial de 2026 en la Ciudad de México se presenta como un evento histórico. La capital tiene la oportunidad y la responsabilidad de mostrar que es una ciudad de derechos, respetuosa y orgullosa de su diversidad, y que la fiesta, la auténtica, ocurre cuando nadie se queda fuera y cuando la euforia del gol no necesita construirse sobre la exclusión de nadie. Que este junio, en el Zócalo de todas, todes y todos, ganemos el partido más importante, el del respeto, el de la dignidad.