Todos los Méxicos posibles tras un balón. México de moda, México sempiterno. México profundo, territorio de todo lo dable.
Encanto. México en la mirada del mundo, y hay para dar y llevar.
La inauguración aquí de una nueva edición de la Copa Mundial de Fútbol ha dejado ver un país vivo, vibrante, tumultuoso, justo e injusto, pero libre, alegre, festivo, anímico, pulso de todo lo humanamente latente.
Una niña acude al estadio en lugar de la Presidenta Claudia Sheinbaum, poderosas marcas trasnacionales se cuelan y hacen de las suyas junto con la FIFA para refrendar uno de los motores de la historia, el Fan fest en el centro de la ciudad más que repleto, el estado lleno, y afuera colectivos y grupos inconformes no sueltan, legítimamente o no, la oportunidad de mostrarse y encarecer su indignación.
Los medios de comunicación vueltos locos porque es tanto lo que hay por registrar, casi que cada esquina se vuelve un punto central para la nota o para el color.
Tenía que ser México, este lugar al que muchos extranjeros llegan escapando de mundos lineales, verticales, extremadamente duros para soñar, sentir, gozar, vivir la plenitud de lo humano.
Boletos extremadamente caros, pero también un Mundial Social sin precedentes en el planeta, más de cuatro mil canchas de fútbol en cada rincón del país, en vivos en plazas emblemáticas de las ciudades, y la promesa de promover canteranos por parte de la liga de fútbol profesional, son saldos variopintos en los que gana el aliento.
En el extremo de lo ridículo varios personajes de la política nacional y de los medios tradicionales de comunicación hacen el papelazo de su vida… hasta que la butaca del estadio, los privilegios de siempre, los alcanza. Entonces el tono es otro. Viene la pausa, y después de que el Instagram se llena de lacayos y mentadas de madre, a seguir con lo que mejor saben hacer.
La arrasadora multitud, redonda pero imprevisible como el balón, llenó de espectáculo las calles de la ciudad. Por aclamación ganó el fútbol. El grito de la afición, de la democracia encuadrada en una cancha, fue mayor que cualquier otro, y no por eso desaparece la realidad que, paciente, nos espera.
Pero es un suspiro, un respiro, un pecho que se inflama para exhalar esperanzas.
Un 2-0 a favor de la selección mexicana contra el combinado de Sudáfrica --primera vez que gana la representación nacional en la apertura de un mundial-- espejea en espacios públicos llenos a pesar de la lluvia.
Sucede que “cada mexicano/a es una fiesta”, diría una espectadora. Y ahí están, bailando, gritando, echando porras, celebrando a cuadro abierto, harto orgullosos de un país que late fuerte, que es ombligo del mundo. Un mundo del que los agoreros de todo mal dicen que empieza mucho muy al norte, a donde van seguido a rendir cuentas y traerse espejitos.
México fue por tercera vez sede inaugural de la máxima fiesta del fútbol y lo hizo sin menoscabo. Los fanáticos son patriotas, escribió Carlos Monsiváis, y por eso cuando el dueño de Tv Azteca llegó orondo al estadio no faltaron los que le reclamaron --y gritaron fuerte y feo-- ser entreguista ante el gobierno de Estados Unidos. El video tomó rápida ruta, se viralizó y rompió la expectativa del prohombre que buscaba el unánime vitoreo.
A continuar con la agenda, pero vale la pena detenerse a reconocer a quienes han hecho posible lo que estamos viendo. No todos es bueno, en efecto, pero el México mágico, real, incomparable, imparable, ha hecho posible hasta esta columna.