La copa mundial de futbol llega al continente americano para celebrar su 23ª edición en la antesala del centenario de dicho torneo, retomando el formato descentralizado experimentado en Corea-Japón y que se repetirá en 2030 con España, Marruecos y Portugal (con partidos especiales en Argentina, Paraguay y Uruguay), pero en esta ocasión en el suelo que representa el mayor bloque comercial del mundo por valor económico (30 billones de dólares); Canadá, Estados Unidos y México.
No obstante, lejos de la emoción que motiva cada mundial, la Copa del Mundo de 2026 se percibe desangelada, hostil, distante. La apatía generalizada en torno al mundial de futbol se contextualiza en la violencia sufrida en el mundo desde la pandemia de Covid-19 y el estallido belicista entre Rusia y Ucrania, eventos que han marcado profundamente las desigualdades ente los países desarrollados y los países en vías de desarrollo, así como el doble rasero al momento de sancionar las agresiones entre países.
Durante el medio tiempo mundialista, el mundo ha sido testigo de los crímenes más atroces del siglo XXI, como el genocidio en Gaza y sus consecuentes episodios de abuso militar contra Irán y Líbano que pusieron al planeta al borde del desastre ecológico y humanitario, como también al borde de una escalada global nuclear; o la invasión en Venezuela, el embargo criminal en Cuba y el intervencionismo desestabilizador en Somalia. Sin embargo, las movilizaciones alrededor del mundo no bastaron para sancionar a los protagonistas de esta hecatombe (Israel-Estados Unidos), como si ha pasado con Rusia desde 2022, generando alrededor del planeta un sentimiento de desconfianza y repudio contra las instituciones internacionales.
En tal contexto, la Copa del Mundo se anuncia entre escándalos, agresiones y complicidades que desalientan a la afición y lastiman a los pueblos que participan del torneo, sea como anfitriones, sea como invitados:
La anti verdad institucionalizada
Durante la ceremonia de sorteo de la fase de grupos, celebrada en diciembre de 2025, el presidente de la Federación Internacional de Futbol, Gianni Infantino, otorgó al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, el recién inventado galardón “Premio FIFA de la Paz”, un remedo del ya muy desacreditado Premio Nobel de la Paz, pisoteando su muy cacareado artículo 4, inciso 2 del Estatuto de la FIFA sobre la neutralidad en materia política y de religión, usado a menudo para silenciar protestas por parte de los integrantes de los planteles deportivos (como el veto a brazaletes, gestos como taparse la boca o abandonar el terreno de juego) o alusiones a la historia nacional (como la censura al uniforme de Haití que conmemora la Batalla de Vertières y la independencia del mandato francés). Lo inverosímil; ese mismo primer galardonado de la FIFA perturbó la paz mundial con una ofensiva militar contra Irán que mató alrededor de 2,300 personas, 1,300 de ellas civiles, con más de 120 niñas asesinadas como telón de apertura de tal agresión.
Imperialismo Xenófobo
El desgobierno de los Estados Unidos ha extendido su guerra multidimensional hacia un evento que tradicionalmente celebraba la paz y el distanciamiento con los conflictos entre naciones. Lo que era un espacio para la fraternidad universal ahora funciona como escaparate para la arrogancia, abuso de poder e impunidad del imperialismo yankee, atentando contra la dignidad y los derechos de ciudadanos de todas partes del mundo. Tal es el caso de la negativa de la FIFA para reubicar los partidos de Irán, sometiéndolos a la presión de afrontar las hostilidades de un país que funge como anfitrión y agresor al mismo tiempo, para después impedir el alojamiento de la selección iraní dentro de los Estados Unidos, orillando a la escuadra a problemas logísticos para entrar y salir del territorio, y sometiéndola a una fatiga y desconcentración que afectará el desempeño frente a los demás equipos de su grupo, además de revocarle su derecho al 8% de las entradas a los estadios para su federación. De igual forma, negar la entrada al país por parte del árbitro Omar Artan, originario de Somalia, país donde ha crecido la tensión con Estados Unidos bajo la bandera de la lucha contra el terrorismo para esconder la ambición por el control de rutas comerciales y explotación de recursos naturales; o las retenciones humillantes contra el conjunto de Senegal e Irak, pesando denuncias de revisiones exhaustivas en plena pista de aterrizaje en el primer caso, y la retención por hasta siete horas de su goleador Aymen Hussein, en el segundo caso.
La violencia territorial
Tanto en Estados Unidos como en México, la violencia estética contra el comercio “informal” ha motivado desplazamientos y desalojos en los espacios sede de las justas deportivas bajo esquemas de “zona de exclusión”. En ciudades como Los Ángeles, Seattle y Miami se ha usado la fuerza para desalojar campamentos de personas sin hogar; en Monterrey se ha denunciado el uso de muros y vallas para esconder las fachadas de las colonias populares, mientras que en la Ciudad de México resulta escandaloso el uso de mecanismos de codificación para que los vecinos del Coloso de Santa Úrsula accedan a su domicilio. Además, la orientación de los recursos para infraestructura ejecutados con prisas e improvisación han generado en la ciudadanía un sentimiento de exclusión, sufriendo afectaciones en su día a día para favorecer el disfrute inmediato de un visitante pasajero.
El aburguesamiento de la grada
Hacia finales del siglo XIX, el futbol se erigió como un deporte de la clase trabajadora, conformado por equipos nacidos en las fábricas. El futbol es un deporte que se puede jugar en cualquier lugar, sin importar clase social, usando como esférico desde una botella de plástico o una bola de papel, hasta un balón de altas especificaciones técnicas. Todo mundo lo ha jugado de una u otra forma, como entretenimiento familiar o como carrera deportiva. No en vano es llamado el deporte del pueblo. Sin embargo, esa naturaleza democrática, horizontal, accesible, se ha visto agredida por el negocio. No es ajeno al aficionado mexicano la queja de que ya no hay buen futbol, que los clubes, la federación y hasta los jugadores han abrazado el dinero antes que el deporte. Ese desencanto ha llegado hasta la grada: donde antes un aficionado cuyos ingresos se encuentran en la línea del salario mínimo tendría que trabajar de dos a cuatro días para comprar un boleto de liga, ahora necesitaría destinar 18 días de salario para alcanzar el asiento más barato, o hasta más de 200 días de trabajo si acaso termina siendo víctima del precio dinámico. De este modo, el segmento que funda, abraza y da vida al futbol ha sido excluido de su propio espacio de esparcimiento, catarsis y ritual social para ser exprimido al máximo por los barones del capitalismo salvaje.
La dictadura de la transmisión
Si alguien todavía creía que la esencia del capitalismo neoliberal es el libre mercado, el mundial más restrictivo de la historia viene a tirar ese mito de “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar). El totalitarismo mercantilista ha advertido de las consecuencias que puede tener el “colgarse” del mundial para obtener aprovechamientos económicos, es decir, que la derrama económica es para unos cuantos. De esta manera, los negocios que no cuenten con paquetes comerciales de servicio de televisión, no podrán transmitir los partidos del mundial mientras ofrecen sus servicios (como restaurantes, bares, etc.) Parece lógico cuando se piensa en grandes cadenas, pero ¿Qué hay del puesto de tacos, la cocina económica instalada en el garaje, o el local en el mercado que con suerte cuenta con un paquete residencial? El aviso está dado, las multas van desde los 586,500 hasta los 29 millones de pesos, así que mejor adquirir los permisos que van de los 4,650 hasta los 25 mil pesos. Para las grandes cadenas es asimilable, pero ¿Qué hay para los pequeños comercios y los nuevos pequeños emprendedores? Exclusión y criminalización.
La violación a la soberanía
Cuando las instituciones públicas, en este caso, las encargadas de la verificación de establecimientos comerciales, tránsito, seguridad, obras y/o transporte se disponen a servir al capital y al organismo extranjero antes que al pueblo, cuando hacen el trabajo sucio, cuando apagan a la clase trabajadora para que brillen los acaparadores de plusvalía, cuando se vende la marca país sin invitación al pueblo de ese país, la soberanía está en peligro y el honor de la patria se devalúa. ¿Cómo puede una federación deportiva y su séquito de patrocinadores determinar cómo transitan, habitan y trabajan los ciudadanos de una sede mundialista?
El mundial 2026 es un reflejo de la crisis civilizatoria, de la inoperancia de las instituciones internacionales y nacionales frente a la barbarie del capitalismo tardío y del narcisismo corporativo. La gente lo percibe, lo repele y lo sufre. Seguramente la afición seguirá el evento de cualquier forma, es su derecho, pero no lo hará con el mismo ánimo, y donde el pueblo pierde el ánimo, las instituciones pierden su espíritu.