Hasta hace algunos años, imaginar el futuro traía consigo algún atisbo de esperanza o confort, ya que se creía que el progreso brindaba la oportunidad de buscar una mejor vida; en parte, por la promoción misma de estándares en donde ciertas acciones llevaban a condiciones de existencia más dignas, tal como estudiar una carrera, aprender un idioma o tener buenas calificaciones.
El contrato social implícito era claro: esfuerzo + tiempo + formación equivalía a cierta estabilidad. Hoy, ese contrato ha sido disuelto unilateralmente, y con él, esa esperanza está muerta; debido al neoliberalismo, a la flexibilización laboral acelerada por la tecnología y otros fenómenos.
Y si el neoliberalismo disminuyó radicalmente las oportunidades de una mejor vida para el grueso de la población, a costa de las ganancias de unos cuantos ultra ricos, la era de la inteligencia artificial monopolista, e imperialista está condenando a las nuevas generaciones a un sombrío futuro de (auto) explotación y desempleo, aspirando perenemente a ganar la lotería de la atención o de las crypto:
influencers, modelos, creadores de contenido, e-jugadores, o alguna otra manifestación de trabajar indirectamente —y en su mayor parte gratuitamente— para las plataformas, mientras que el empleo formal y los derechos laborales de toda la población son destruidos de manera sistemática y deliberada. No es un efecto secundario del progreso; es la radicalización del modelo.
Y más allá de esas fantasías de fama digital, la promesa de un futuro mejor está cediendo terreno a la especulación de un mundo de desempleo estructural, pauperización masiva y desigualdad creciente.
Una investigación publicada recientemente por la Walton Family Foundation, GSV Ventures y Gallup [1] encontró que el ánimo de la generación Z en Estados Unidos frente a la inteligencia artificial ha caído de manera significativa: los jóvenes que afirmaban sentirse "emocionados" por la IA bajaron del 36% al 22%, mientras que el enojo y la ansiedad subieron en proporciones equivalentes.
Más revelador aún: el 64% de la Gen Z afirma confiar más en el trabajo producido por humanos que en el generado —o incluso asistido— por IA; y el 49% teme que la IA dañará sus habilidades de pensamiento crítico, frente a solo un 22% que cree que las mejorará.
Estos números no hablan de tecnofobia irracional, hablan de una generación que ya ha internalizado que la tecnología, tal como está siendo desplegada, trabaja en su contra.
Sin embargo, más allá de la especulación de un mundo totalmente automatizado, el mundo laboral y la realidad, en general, están mostrando límites a la propaganda tecnológica y la clase empresarial está comenzando a ser consciente de que sus fantasías de sustitución masiva tendrán que esperar, ya que los costos de cómputo, memoria, energía y producción robótica siguen siendo prohibitivos; además de que la tecnología aún no alcanza la versatilidad necesaria para reemplazar a escala la mayoría de los empleos.
Bryan Catanzaro, vicepresidente de Deep Learning Aplicado en Nvidia —la empresa que literalmente fabrica los chips que hacen posible la IA a nivel global— declaró públicamente que reemplazar humanos con IA es hoy financieramente inviable a gran escala [2]. A esto se suma el caso reciente de Peter Steinberger, creador de OpenClaw, quien reveló que los costos de tokens —la unidad de cobro por uso de IA— en su equipo superaron el millón de dólares en un solo mes [3]; una cifra que ilustra la distancia que aún existe entre la narrativa de la sustitución y su viabilidad real.
No obstante, aquí reside la trampa más peligrosa: el discurso del desempleo tecnológico no está siendo usado para preparar sociedades más justas ni para distribuir los beneficios de la automatización. Está siendo usado de manera calculada para debilitar protecciones y derechos laborales, disminuir salarios, aumentar cargas laborales y normalizar la precariedad como horizonte inevitable.
No por casualidad, en numerosos centros de trabajo donde se ha introducido IA o automatización, los datos muestran no una reducción de la carga laboral humana, sino un aumento de la explotación: más tareas, menor autonomía, supervisión algorítmica constante y salarios que no reflejan la productividad adicional extraída.
La pregunta que nos queda, entonces, no es si la IA va a transformar el trabajo sino quién controla esa transformación, en beneficio de quién y a costa de qué (en este caso los derechos laborales). Recordemos que el determinismo tecnológico —la idea de que el progreso simplemente "ocurre" y las sociedades deben adaptarse— es en sí mismo un instrumento político: sirve para desactivar la resistencia, para hacer que lo que es una elección de unos pocos parezca una ley de la naturaleza para todos.
Si hay algo que los datos, los testimonios y la creciente angustia generacional señalan con claridad es que el problema no es la tecnología en sí misma, sino el contexto de poder en el que se despliega, los intereses detrás y los discursos y narrativos con los que se vende.