Hace falta solamente una búsqueda en la red para observar el rostro de Anas Al-Sharif, periodista palestino y trabajador de Al Jazeera , quien luce en sus transmisiones cansado y sudoroso a pesar de la pulcra imagen que exige el aparecer ante las cámaras internacionales a todos los corresponsales que cubren desde las trincheras, o como fue su caso, desde la primera línea del genocidio perpetuado en Gaza.
En casi todas las fotografías se aprecia similar: un escenario dantesco a sus espaldas, mientras él narra algún bombardeo, ataque con misiles, ejecuciones o la reciente hambruna que asola a la niñez y población de Gaza, el territorio que es y fue hogar, brutalmente asolado. Su chaleco antibalas azul y desgastado, obligatorio para los periodistas en zona de conflicto y su casco, de poco sirven si sobre las cabezas del pueblo gazatí cae la mayor maquinaria de armamento bélico capaz de destruir hasta los cimientos de una ciudad entera con todo y sus ocupantes. Aún así, cansado y testigo del horror perpetrado contra su propio pueblo, Anas cumplió hasta su último día la tarea más noble que puede realizar un ser humano que persigue la verdad y trabaja para ser la voz y la memoria de nuestros tiempos, sin importar el riesgo y sin importar el horror.
Hoy, Anas, por desgracia, se une a los más de 200 periodistas asesinados en Gaza y como él mismo escribió en una carta hace meses "Si estas palabras mías les llegan, sepan que Israel ha logrado matarme y silenciar mi voz”.
Automáticamente, el aparato propagandístico de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) celebraron la muerte del periodista. Sí, como se oye, lo celebraron. Acusaron en redes a Anas de ser un agente del grupo terrorista Hamás, sin presentar pruebas y tergiversando todo el material pubicado. Como evidencia colocaron algunas fotografías de él junto a líderes políticos palestinos acusados de ser parte de la organización mencionada. Desde luego, todas ellas fuera de contexto y situándolo siempre mientras hacía su trabajo: Ser periodista, cosa que implica siempre acercarte tanto a los demonios como a las deidades, siempre con el fin de buscar la verdad. Culpar al inocente y manipular la historia es parte de la mezquina y sádica narrativa de la crueldad, muy propensa en estos días.
Desde el inicio de la invasión israelí del 7 de octubre, más de 200 periodistas han sido asesinados en la ofensiva dentro del territorio de Palestina y Líbano en el ejercicio de su profesión. Muchos de ellos han sido aniquilados durante los bombardeos y otros más, como Anas Al-Sharif, en ataques directos por ser los testigos y portavoces de la atrocidad que sucede frente a nuestros ojos y que solo los periodistas palestinos han podido narrar, convirtiéndose no solo en testigos sino en víctimas de la barbarie. Ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial tantos reporteros fueron eliminados, ni en Irak, ni en México ni Afganistán. Es un hecho triste y sin precedentes y por lo que se podemos percibir, la infame lista seguirá creciendo ante la maquinaria israelí. Mismo caso el de sus colegas y compañeros: Mohammed Qreiqeh, Ibrahim Zaher, Mohammed Noufal, Moamen Aliwa y Mohammed Khaldi, asesinados junto a él en el mismo ataque.
Entre todo el mar de imágenes de Anas Al-Sharif que rondan por el mundo del internet, hay una en particular que no puede dejar de pasar desapercibida. Es la única donde se puede mirar sonriendo y sin el uniforme de periodista que se ha convertido en el tiro el blanco del ejército. Anas, con rostro afable, despliega una sonrisa y mira a un anónimo fotógrafo que hizo esa memorable instantánea. En sus brazos sostiene a sus dos hijos, Sham y Salah como solo un padre de 28 años puede abrazar a dos pequeños que conforman su familia, su alma y por supuesto al futuro su pueblo, a lo que todo el pueblo se aferra con amor y también trata de ser aniquilado por las fuerzas armadas sionistas.
El rostro de los pequeños contrasta con el fondo desenfocado que esconde quizá una parte de la ciudad bombardeada y por un momento podemos recordar que tanto Anas Al-Sharif como los demás miembros de la prensa asesinados eran también padres, madres, hijos, esposos, nietos... eran seres humanos cuyo único pecado es vivir, sin haberlo elegido, en un lugar codiciado por el estado que se ha revelado a sí mismo como criminal y se enorgullece de ello.
El periodista asesinado dejó una carta meses antes de morir. Sabía que iban tras él y no iban a permitir que continuara con la titánica tarea de registrar el horror de un genocidio en tiempo real. Puede que Israel haya cumplido su siniestra amenaza y sin embargo, la memoria de los colegas periodistas asesinados y de él perdurará por siempre entre aquellos que eligen perseguir la verdad armados solo con una cámara, una pluma y la mochila repleta de dignidad.