El legendario corresponsal de guerra polaco Ryszard Kapuściński, en un relato en primera persona digno de las más prestigiosas novelas de aventura y no ficción, narró el conflicto armado ocurrido a mediados del mes de julio del año de 1969 entre las naciones centroamericanas de Honduras y El Salvador, donde cerca de 3 mil personas -la mayoría civiles de ambos países- perdieron la vida luego de los sorpresivos bombardeos realizados por ambos bandos por los reclamos territoriales del Golfo de Fonseca, espacio geográfico compartido por Honduras, El Salvador y Nicaragua, cuya posesión se encontraba en disputa por las primeras dos naciones y el constante acoso sufrido por los migrantes salvadoreños en territorio hondureño por parte de los catrachos. Finalmente, durante el partido de clasificación para el mundial de México entre ambas selecciones, enfrentadas en sus territorios, hubo mutuas acusaciones de violencia y persecución a sus ciudadanos, iniciando así el motivo perfecto para comenzar con una guerra de 4 días cuyas motivaciones políticas y territoriales tuvo fatales consecuencias y cuyo pretexto perfecto fue el futbol, ensuciándolo con sangre inocente.
El incidente, inmortalizado en la obra del célebre corresponsal soviético, no es el primer episodio grotesco en la historia moderna donde el deporte y la guerra se ven inmersos en pasajes en los que, en ocasiones, el balón rueda hacia la cancha de la paz. Durante la Primera Guerra Mundial, en las trincheras del frente occidental se vivió la llamada “Tregua de Navidad”, donde soldados enemigos decidieron establecer un periodo de alto al fuego por unas horas y, en ese lapso, se tiene registro de haberse disputado algunos partidos de futbol entre los ejércitos rivales sin desencadenar algún acto de violencia o avivar las llamas de la guerra en la noche del 24 de diciembre de 1914, durante los primeros meses del infame conflicto. En Inglaterra existe una estatua llamada “Together Now” en honor a este evento, y en uno de los sitios donde se llevó a cabo un partido, en Bélgica, aún se llevan flores para recordar la noche donde el fútbol pudo pausar -al menos por unas horas- las funestas muertes de la guerra.
Años después, en una Europa invadida por el autoritarismo y ahogada en su propia sangre por tipos genocidas como Hitler, Mussolini y Franco, también se vivieron episodios donde el balompié trascendió como lienzo donde se escribieron líneas de resiliencia y breves estallidos de paz. Aún cuando durante la Segunda Guerra Mundial la copa del mundo se canceló por razones obvias, años antes, el campeonato de Italia 1934 se vio severamente empañado por las amenazas a árbitros y jugadores por parte de Mussolini para favorecer a su equipo. Incluso los miembros del equipo azzurro, obligados a jugar con el color negro del fascismo y no en el tradicional azul, fueron amenazados de muerte si no obtenían la victoria, obtenida a la postre por las constantes intimidaciones y por la buena obra del portero checoslovaco František Plánička, quien cuenta la leyenda se dejó clavar un gol en tiempos extra para salvar de la muerte al equipo Italiano. Ya entrada la gran guerra, sin mundiales y con Hitler llevando al mundo a la deriva, en diversas ocasiones se llevaron a cabo partidos de futbol en campos de concentración como parte de la estrategia de propaganda nazi, buscando doblegar el espíritu de los prisioneros en un acto humano como lo debería ser el deporte. Son célebres los partidos jugados entre los prisioneros del ejército rojo contra oficiales nazis en el estadio Zenit de Kiev, donde los cautivos humillaron a los alemanes para luego ser torturados, y aquellos jugados por los judíos contra sus captores en el Gueto de Terezín, cerca de Praga, Auschwitz o Mauthausen.
En la historia reciente es imposible no recordar los enormes esfuerzos realizados por el jugador marfileño Didier Drogba, tristemente olvidado por premios internacionales de la paz. El astro del Chelsea suplicó frente a las cámaras, en partidos previos al mundial del 2006, un alto al fuego y reforzar los lazos de paz en Costa de Marfil mientras se librara una guerra civil con cientos de miles de civiles asesinados. Los rebeldes y las fuerzas gubernamentales no solo acordaron un alto al fuego, incluso Drogba logró llevar a la selección mundialista a jugar un partido en territorio rebelde, limando asperezas entre la población, quienes vieron en sus jugadores unificados en la playera nacional, un ejemplo de perdón y fraternidad cuyo esfuerzo deportivo llevó a la paz entre beligerantes.
Han sido muchos los esfuerzos deportivos por tratar de lograr un discurso de paz o de defensa del territorio, recordemos incluso el juego del EZLN contra jugadores veteranos en 1999, disputado en la Ciudad de México. O el aburridísimo Irán-Estados Unidos de 1998, donde ambas selecciones decidieron posar juntas para una fotografía tratando de llevar un mensaje de paz en medio de las tensiones militares entre sus naciones. Al final, resultó un excelente ejercicio diplomático aunque, deportivamente, el partido fue calificado como de los peores espectáculos deportivos en ese mundial.
Actualmente, durante la invasión y bombardeo de Gaza, se calcula el asesinato de cerca de 800 atletas, entre ellos a cerca de 400 futbolistas, siendo el caso más célebre el de Suleiman Al-Obeid, conocido como el "Pelé palestino" y exjugador de la selección nacional, asesinado a tiros por fuerzas israelíes en agosto de 2025 mientras trataba de conseguir comida en un puesto de ayuda humanitaria. Pese a ello, ni la FIFA, ni alguna autoridad han condenado los actos barbáricos de Israel e, incluso, la misma Federación Internacional le ha otorgado un extraño premio por la paz a Trump, aún cuando durante su mandato ha amagado con invadir Groenlandia, secuestró con un bombardeo al presidente Venezolano Nicolás Maduro, bombardeó una escuela para niñas en Irán y es el principal aliado del genocidio israelí sobre Gaza, sin contar sus políticas xenófobas aún cuando está a punto de ser anfitrión del mundial 2026.
“La guerra es la sublimación del futbol” decía Galeano, comparando el deporte con el campo de batalla, sin embargo, también es el lecho donde ha descansado la dignidad humana y se han expresado las primeras líneas de algunos discursos de paz y encuentros entre pueblos obligados a matarse mutuamente. Ante esto, por ahora solo queda esperar a que el balón ruede este verano y que los gritos de gol superen a los estruendos de balas y misiles.