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La doble moral de la FIFA frente a la guerra

La doble moral de la FIFA frente a la guerra

Por Carlos Arredondo .

La escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán no solo expone la lógica bélica del poder internacional; también deja al descubierto la hipocresía de las instituciones que dicen defender valores universales. Entre ellas, la FIFA ocupa un lugar central. Su silencio frente a esta guerra contrasta de manera escandalosa con la rapidez con la que actuó cuando Rusia invadió Ucrania.

En 2022, la FIFA expulsó a la selección rusa de toda competencia internacional. La decisión fue presentada como un acto ético: el fútbol, se dijo, no podía ser ajeno a una violación del derecho internacional. Se construyó así un precedente histórico: la guerra sí tenía consecuencias deportivas. La cancha se convirtió en tribunal simbólico. Y esto se aplaudió.

Hoy, sin embargo, ese mismo criterio desaparece. Estados Unidos e Israel participan en una ofensiva militar contra Irán que ha sido denunciada por su impacto sobre infraestructura civil y por el riesgo de una expansión regional hacia zonas ya marcadas por décadas de violencia, como Afganistán y Pakistán. Diversas autoridades iraníes han señalado que los ataques iniciales incluyeron objetivos no militares, lo que habría provocado la muerte de civiles, entre ellos mujeres y niñas. Más allá de la disputa sobre cifras y responsabilidades, el hecho central es que estamos ante un conflicto armado con consecuencias humanitarias reales. Y, aun así, la FIFA guarda silencio.

La diferencia entre ambos casos no es jurídica: es política. Rusia es un adversario estratégico de Occidente; Estados Unidos es el núcleo del sistema. Por eso uno fue sancionado y el otro es protegido. El discurso de la neutralidad deportiva se revela como una ficción conveniente: se invoca cuando sirve a los intereses del bloque dominante y se olvida cuando los compromete.

Esta omisión ocurre, además, en un momento especialmente simbólico: en la antesala de la Copa Mundial de la FIFA 2026, cuyo principal anfitrión será precisamente Estados Unidos. El país que encabeza una nueva escalada militar será, al mismo tiempo, sede del mayor espectáculo deportivo del planeta, presentado como emblema de paz, unidad y fraternidad entre los pueblos. La contradicción es difícil de ocultar.

¿Qué mensaje envía la FIFA al mundo con esta conducta? Que existen guerras condenables y guerras tolerables. Que hay víctimas dignas de solidaridad y víctimas invisibles. Que el derecho internacional es obligatorio para algunos Estados y opcional para otros. No se trata de defender a un gobierno u otro, sino de señalar la incoherencia: si el criterio fue la invasión y el uso de la fuerza, entonces debe aplicarse sin distinción de banderas.

Desde una mirada crítica, esta doble moral no es un accidente, sino una función política. Las grandes instituciones deportivas forman parte del sistema de legitimación simbólica del poder. 

Organizar un Mundial no es solo un evento deportivo; es un acto de prestigio global. Permitir que un país involucrado en una guerra sea anfitrión sin cuestionamientos equivale a blanquear su imagen mediante estadios, ceremonias y narrativas de unidad.

La historia reciente confirma el patrón. Irak fue invadido con argumentos falsos; Libia fue destruida en nombre de la democracia; Afganistán fue ocupado durante dos décadas para terminar en ruinas. Hoy, Irán es presentado como la nueva amenaza global. Y mientras los misiles vuelan, las instituciones que dicen representar a “la comunidad internacional” miran hacia otro lado.

El argumento habitual es que “el deporte no debe politizarse”. Pero ya fue politizado cuando se expulsó a Rusia. Desde ese momento, la FIFA reconoció que la guerra sí importa. Negarse ahora a aplicar el mismo criterio no es neutralidad: es alineamiento.

La omisión no es pasiva. Tiene efectos. Normaliza la idea de que algunos Estados pueden recurrir a la fuerza sin consecuencias simbólicas ni morales. Refuerza un orden internacional donde las reglas se aplican de manera selectiva. Y convierte al fútbol en un escenario más de la geopolítica, aunque se disfrace de espectáculo inocente.

Si se hubiera mantenido el mismo estándar ético que en el caso ruso, Estados Unidos debería enfrentar, al menos, un debate público dentro de la FIFA. Pero ese debate es impensable, porque el poder económico y político pesa más que cualquier principio. La FIFA no sanciona a quien la sostiene; sanciona a quien desafía el orden dominante.

Así, el Mundial se vuelve una metáfora del mundo actual: estadios iluminados sobre territorios bombardeados; discursos de unidad sobre mapas de guerra; goles celebrados mientras poblaciones enteras viven bajo sanciones y misiles.

La pregunta ya no es si el deporte debe ser político. La pregunta es: ¿al servicio de qué política está?

Hoy, la respuesta es incómoda: al servicio de una geopolítica donde unos pueden bombardear y otros no pueden jugar.

Por otro lado y bajo la misma premisa, por un lado el vecino país del norte co organizador del mundial presiona a la FIFA con quitar sedes por los conflictos internos en México curiosamente explotados a raíz de la intervención directa e indirecta de los Estados Unidos contra los carteles en nuestro país hoy también reconocidos como terroristas y por ende volviéndolos prioridad de seguridad. 

Esto sin duda una estrategia de los vecinos para que impactara también en la máxima fiesta del futbol y que dejara claro que ellos y solo ellos pueden ser quienes lleven la gloria de la “redonda” 

Y en ese escenario, la pelota no es neutral: también rueda del lado del poder.