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La transformación también exige autocrítica

La transformación también exige autocrítica

Por Carlos Arredondo .

Hace unos días una mujer a quien respeto profundamente, por su trayectoria en la educación y su compromiso con las nuevas generaciones, me hizo una pregunta tan sencilla como incómoda:

“Oiga, señor Carlos, ¿en Morena van a seguir con los mismos?”

Confieso que sentí el peso de la pregunta como un balde de agua fría. No porque no tuviera una respuesta, sino porque detrás de esas palabras estaba claro el sentir de miles de ciudadanos que depositaron su esperanza en el proyecto de transformación nacional y que hoy observan con atención, con exigencia y también con legítima preocupación el rumbo de algunas decisiones tomadas desde el poder.

La pregunta me obligó a reflexionar sobre una responsabilidad histórica que quienes creemos en la Cuarta Transformación no podemos evadir. Porque si algo distinguió a este movimiento desde su origen fue precisamente su capacidad para escuchar al pueblo, para señalar los abusos del viejo régimen y para comprometerse a construir una forma distinta de gobernar.

Le respondí con honestidad.

Le dije que sí, que debemos ser autocríticos. Que aunque la inmensa mayoría de la gente humilde, la gente trabajadora, la gente de a pie, sigue respaldando al movimiento porque ha visto beneficios concretos en su vida cotidiana, también es cierto que existen razones válidas para que algunos ciudadanos se encuentren molestos o decepcionados por determinadas decisiones de algunos gobiernos y funcionarios.

Porque hay algo que debemos entender: hoy el pueblo no está cuestionando el proyecto de transformación. Lo que cuestiona son conductas, decisiones y actitudes de algunas personas que ejercen responsabilidades públicas. Y reconocerlo no debilita al movimiento; por el contrario, lo fortalece.

La respuesta de aquella señora fue todavía más reveladora.

“Mire, señor Carlos me dijo, todos han robado y todos han cometido errores. Pero ninguno había apoyado tanto a la gente como estos gobiernos. Por eso la gente sigue apoyando a Morena. Pero también es cierto que la han regado en varias cosas.”

En esas palabras encontré una enorme lección política.

El pueblo mexicano no es ingenuo. No es una masa manipulable como durante décadas creyó la élite política y económica. La gente sabe distinguir. Reconoce los avances. Valora los programas sociales. Agradece que por primera vez en muchos años el presupuesto público tenga una orientación más cercana a quienes menos tienen. Celebra que millones de personas hayan salido de condiciones de abandono histórico.

Pero al mismo tiempo observa, juzga y exige.

La ciudadanía no firma cheques en blanco.

Por eso me parece equivocado pensar que toda crítica al interior del movimiento favorece automáticamente a la oposición. Lo que realmente fortalece a quienes añoran el regreso del viejo régimen es la soberbia, la simulación y la incapacidad de corregir errores.

Morena atraviesa hoy un momento complejo. Sería absurdo negarlo.

El crecimiento del movimiento permitió la incorporación de miles de personas provenientes de distintas corrientes políticas. Algunas llegaron convencidas por los ideales de transformación. Otras llegaron atraídas por la oportunidad de ocupar espacios de poder. Es una realidad que dentro del movimiento conviven quienes construyeron esperanza durante años de lucha y quienes intentan reproducir prácticas heredadas de un sistema político que precisamente se buscaba superar.

Pero tampoco podemos utilizar eso como excusa.

La transformación no puede justificarse señalando únicamente a los infiltrados o a los remanentes del pasado. La responsabilidad es colectiva. Morena debe demostrar todos los días que sigue siendo un movimiento al servicio del pueblo y no una plataforma para intereses personales.

Porque lo que está en juego es mucho más que una elección.

Está en juego la consolidación de un proyecto que ha impulsado reformas en favor de los sectores históricamente excluidos; que ha fortalecido la soberanía nacional; que ha recuperado el papel del Estado como garante de derechos; y que permitió que una científica, una mujer formada en la academia y comprometida con las causas sociales, como la presidenta Claudia Sheinbaum, llegara a conducir los destinos del país.

Ese avance histórico no puede darse por garantizado.

La alternativa no es un escenario neutral. La alternativa es el regreso de grupos políticos y económicos que durante décadas administraron privilegios, privatizaron oportunidades y gobernaron para unos cuantos mientras millones permanecían en el abandono.

Sin embargo, defender la Cuarta Transformación no significa aplaudirlo todo.

Significa exigir congruencia.

Significa recordar que la izquierda no nació para administrar privilegios, sino para combatirlos. No nació para construir élites nuevas, sino para ampliar derechos y democratizar oportunidades.

Ser congruentes no significa condenar a nadie a la pobreza ni demonizar el éxito económico. Significa construir instituciones más justas, abrir oportunidades para todos y garantizar que el ejercicio del poder se mantenga siempre vinculado a los intereses de la mayoría.

Por eso Morena debe escuchar más y justificarse menos.

Debe salir al encuentro de la ciudadanía.

Debe responder a los reclamos legítimos.

Debe entender que el respaldo popular no es un cheque permanente sino una confianza que se renueva todos los días.

Y, sobre todo, debe asumir que la presidenta Claudia Sheinbaum no puede cargar sola con los costos de decisiones ajenas. Quienes forman parte del movimiento tienen la obligación política y moral de actuar con responsabilidad, porque cada error local termina impactando un proyecto nacional que millones de mexicanos siguen defendiendo con esperanza.

La transformación continúa.

Pero para que perdure deberá hacer algo que históricamente muy pocos movimientos políticos han sabido hacer cuando llegan al poder: escuchar al pueblo incluso cuando el pueblo señala aquello que no quiere escuchar.

Esa es, quizá, la prueba más importante para Morena.

Y también la condición indispensable para que la esperanza siga siendo más fuerte que la decepción.