Amanece, la lluvia no ha cesado en toda la noche. No he podido dormir. Lo único que se ha escuchado desde mi almohada es el sonido de la tormenta, el de algunos carros que pasan con esa luz amarillenta y furtiva que huye cuando dan vuelta en la esquina. De vez en vez, se oye alguna conversación inentendible de algunas sombras sin cuerpo que pasan perdidos mientras la calle duerme.
Trato de rescatar mi sueño con los ojos cerrados. Estoy acostado de costado, como tratando de invocar un hechizo que no será. El día se asoma, forma un cuadro de luz alrededor de los límites del espacio que me queda como mio. La luz empieza a ensuciar todo con esa luz azulosa, calida y repugnante de la mañana.
¿Cómo puede llover tanto?
Se escucha como la luz llama a la vigilia a esos seres que arrastran sus frustraciones y sueños vacíos al subterráneo y los apilan en los bagones; otros deambulan por las calles para llegar, siempre sin querer, a los mismos lugares, a rumiar las mismas faltas; otros en carros; otros en nubes, palomas, vapores, sueños… todos van como pueden y dejan sus esperanzas, como servilletas en los platos de la comida, arrugadas y manchadas.
Todo lo oigo desde mi imposibilidad de dormir.
No me muevo, pero el mundo no se detiene. Me ignora, no sabe que existo.
Pienso. A un metro de mi puerta, el mundo sigue igual; cada persona que me encuentre o no, de mi puerta hacia afuera, ignora que vivo. Si pudiera verme desde arriba, a 20 metros, como pájaro, seré una mancha, a 100 metros, toda vida pierde su dimensión y forma. A 200 metros, todos desaparecemos y somos forma geométricas azarosas. Luego, hacia arriba, el país, costas, mares, otros países, el planteta, es sistema solar, la galaxia y nada tiene sentido. Mi insomnio, mi miedo, mi hartazgo, mi vacío es irrelevante.
Siento como el agua golpea el suelo buscado poder inundarlo y llenarlo hasta adentro, busca tierra, no nuestros suelos con piedras planas, casi lisas, piedras brutalmente enormes que cubren nuestros pueblos y nuestras ciudades, piedras articificales, sin belleza alguna, sin color, sin capacidad de ser frontera, o refente de nada. La lluvia busca la tierra viva, capaz de transformarse y adaptarse, pero choca y se frustra contra el cemento y se queda ahí, vacío, en charcos que sólo esperan el sol para evaporarse y regresar para, al menos, caer en una maceta y ser, a menos lodo… otra vez estoy divagando.
Tengo miedo, ¿qué pasaría si nunca puedo volver a dormir? No me atrevo a moverme, quizá el sueño aparezca.
Llaman a la puerta.
¿Cómo hago para que se vayan? No pienso pararme para abrirles. Insisten. La puerta es golpeada cada vez más fuerte, se oyen varias voces y no identifico a nadie. Golpean la puerta más fuerte, quizá con la mano abierta y me llaman a gritos. Pasan los minutos y es difícil ignorarlos. Ahora el teléfono de casa suena.
No me voy a levantar.
Es demasiado temprano para que estén molestando.
Ya perdí la noción de cuánto tiempo llevo aquí acostado. He visto y escuchado toda la noche, he oído y sentido en el cuerpo cada gota de lluvia que ha caído. Tengo un frio extraño, tiemblo un poco de vez en vez. Necesito dormir.
¿Cómo llegué hasta aquí?
Ayer… ¿si fue ayer? Ayer salí temprano, un poco tarde, creo que no alcancé a desayunar, tomé el viejo morral de cuero y lo crucé a través del pecho. Iba, como siempre, medio corriendo, un poco distraido con la música de los audífonos, pensando en lo que tenía qué hacer. Mientras avanzaba, el cielo se ennegrecía y las primeras gotas pesadas caían, dándome la impresión de que si era lo bastante ágil, podría evitarlas por la distancia en que caían una de otra.
Sin embago, seguí mi camino en línea recta, mientras minúsculas partículas de agua golpeaban mi cuerpo, dejando heridas acuosas en mi ropa. Claro que no pensaba en eso mientras caminaba, eso lo pienso ahora producto del insomnio y la locura temporal que da cuando la cabeza no deja de pensar en círculos.
Corrí, no para no mojarme; corrí porque era tarde. No quería volver a perder el bono. Fue entonces cuando, al cruzar la calle, me le aparecí a un auto que ni siquiera tuvo oportunidad de detenerse. Me golpeó en el muslo y, con un dolor instantáneo, fui lanzado un par de metros hasta estrellarme contra el suelo. No alcancé a meter las manos y caí un poco de espalda, más hacia el homóplato derecho, lo que provocó un estallido de dolor que abarcó el hombro y el brazo. La cabeza rebotó contra el pavimento, dejando una mancha de sangre y un zumbido que aún resuena.
Me quedé ahí, tirado, paralizado por el dolor. Cerre los ojos fuerte y apreté los dientes para no gritar, para que el miedo no me dominara. Cuando los abrí, había un par de personas alrededor de mi. No supe quienes eran.
Tenía que irme de ahí. El tiempo andaba y yo tenía que estar en otro lugar. Intenté levantarme.
No se mueva. Me decían, e intentaban evitar que me levantara.
No hice caso, me levanté y me fui.
Caminaba cojeando y, de mi cabeza, escurría un hilito de sangre que llegaba a la parte trasera del cuello de la camisa. Estaba completamente empapado de agua de lluvia y del lodo de la calle. No importaba, caminé lo más rápido que pude, mientras la gente me veía extrañada y se alejaba de mí, para evitar que yo pudiera llegar a tocarlos.
El dolor dominaba mi presente, por ello caminaba con la cabeza baja, con una mano cerca del muslo que chocó con el carro, entónces la vi. Mientras caminaba en el suelo se proyectaba mi sombra, bella, nítida, negra; misma que me acompañaba en cada movimiento como un espejo. Era como si tuviera detrás el sol de una tarde despejada de verano. Pero hay que recordar que llovía, que el sol de la mañana era difuminado por un cielo enegrecido por nubes que lloraban profundamente. Nadie, ninguna persona, árbol, banca, nada tenía sombra, sólo yo y nadie parecía notarlo.
En un momento que me detuve, me asomé al suelo, donde mi sombra me imitaba y lo que me seguía era un abismo que abría y cerraba, se transformaba para seguir mis movimientos. Vi una caída gigantesca, aterradora pues nacía de mis pies y se extendía un par de metros sobre el suelo, y el vértigo me invadió. La boca del estómago dolío, sumándose al dolor del resto del cuerpo.
Todo empezó a dar vueltas y me senté, tuve miedo de dar un paso adelante hacia el abismo. Cuando estaba en cuclillas, el abismo tomó la forma de un obillo. Lloré de miedo y de dolor.
No recuerdo más hasta ayer en la noche, en que maltrecho me bañé. Vi correr la sangre por mi cuerpo y vi mi cuerpo morado casi en su totalidad. No quise hacer nada más, sólo recostarme.
No dormí, afuera llovió toda la noche y yo sentí cada gota que caía del cielo golpeando mi cuerpo. Mi almohada era una esponja saturada de sangre que ya se secó. Ahora tocan con fuerza mi puerta y la lluvia sigue, pero ahora siento que cada gota se escurre por el abismo que entró conmigo. Déjenme oír llover un rato más, es ya lo único que pido, al menos en lo que logran abrir la puerta.