La aporofobia está definida como un rechazo hacia las personas pobres o desfavorecidas y se centra principalmente en la falta de recursos económicos; sin embargo, cuando hablamos de rechazo a secas, no logramos dimensionar quién rechaza ni cuál es el sentir que lleva a alguien a rechazar a otro por ser pobre o por su falta de recursos económicos.
La pobreza en México está ligada no sólo a la falta de oportunidades a secas, sino a un entramado complejo que busca intencionalmente frenar, limitar, cercar las posibilidades de existencia de un grupo de personas plenamente identificado, no sólo por cuestiones étnicas o religiosas y otros factores, sino también por aquellos factores y elementos físicos, como los rasgos, el tono de piel y otros elementos que colocan a una persona pobre o precarizada en el lugar de lo despreciable e incluso de lo que no debería existir.
Repudiar o repeler a alguien por falta de recursos implica, por un lado, mantener en los márgenes sociales a una persona o un grupo mediante limitaciones económicas, sociales o culturales, con la intención de evitar que esa persona pueda acceder a procesos de movilidad social; por otro lado, ese rechazo implica necesariamente la intención de aislar a ese grupo o a esas personas, para evitar que, a partir de generar y promover condiciones que limitan la movilidad social, no solo se busca evitar que accedan a los recursos económicos, sino que no accedan tampoco a los bienes y servicios que esos grupos opresores consideran que son propiedad exclusiva de ellos, como marcas de ropa, espacios de esparcimiento e incluso celulares, como se manifiesta de manera contundente y periódica en las redes sociales.
El rechazo es desprecio, y el desprecio se traduce en buscar el aislamiento, la marginación de ese grupo o personas y todo lo que los representa, como su vestimenta, formas de hablar, la comida, la música, las expresiones comunitarias, su tono de piel, creencias y otras manifestaciones culturales que emanan de esos grupos y personas pobres.
Sin embargo, también es cierto que este rechazo a los rasgos culturales de las clases empobrecidas se dirige en muchas ocasiones cuando dichas manifestaciones son utilizadas, recreadas o implementadas por estos grupos y personas pobres, de quienes forman parte de su identidad, cultura e incluso tradiciones, porque es sabido y conocido la proliferación de la apropiación cultural, la gentrificación gastronómica o lo que es llamado como safari social.
¿Cuándo ocurre? Ocurre, por ejemplo, con los tours a tianguis, ferias de pueblo o barrios precarizados.
Ante ello, es necesario preguntarse qué puede hacerse para frenar esta manifestación de odio o, incluso antes que eso, saber o cuestionar si es posible no ya acabar con esta forma de exclusión, sino por lo menos disminuir su impacto y sus consecuencias, considerando y reconociendo que quien ejerce este tipo de exclusión lo hace con la intención de limitar y de socavar las posibilidades de existencia de ese grupo precarizado y empobrecido.
Aunque quizá valdría la pena no centrar los esfuerzos en apelar a la buena voluntad de los grupos opresores, sino más bien al acuerpamiento de las acciones y estrategias de los grupos y las personas que son víctimas de estos procesos de segregación, desde todas las trincheras posibles, sean comunitarias y también desde las instituciones que tienen la encomienda de hacer frente a las desigualdades sociales.