• SPR Informa
  • SPR Informa
  • SPR Informa
  • SPR Informa
  • SPR Informa
  • https://www.sprinforma.mx/noticia/anatomia-de-una-mentira-la-ia-devorara-a-la-humanidad-en-2030
  • hace 6 horas
  • 08:09
  • SPR Informa 6 min

Anatomía de una mentira: La IA devorará a la humanidad en 2030

Anatomía de una mentira: La IA devorará a la humanidad en 2030

Por Gustavo Ramírez Díaz

Dos noticias alimentaron esta semana la narrativa de la inevitabilidad de la Inteligencia Artificial General, el anuncio con el que OpenAI sugería haber quebrado la frontera de los célebres Problemas del Milenio en matemáticas, y la renuncia del investigador británico Jacob Coxon en Anthropic, advirtiendo que esta tecnología podría aniquilar a la humanidad antes del fin de la década.

Con escaso rigor crítico, medios de comunicación y redes sociales operaron como cajas de resonancia, amplificaron ambos relatos generando un efecto de pinza entre la promesa mesiánica (tecnooptimismo) y el pánico existencial (doomerismo) que sirve a las Big Tech de Silicon Valley para justificar el monopolio corporativo.

Este método de control ha sido advertido por diversas figuras, desde el Papa Francisco en su encíclica Laudato si’ de 2015 al denunciar el “paradigma tecnocrático”, Yanis Varoufakis al diseccionar el tecnofeudalismo de la renta digital, el astrofísico Adam Becker y, recientemente, Volker Türk, Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos.

La idea es que, a través del tecnooptimismo, la creencia de poder alcanzar la inmortalidad, superabundancia y la salvación mediante la Inteligencia Artificial General, combinado con el miedo al "riesgo existencial", el temor a una catástrofe global, los líderes de la industria se erigen como los únicos salvadores de la humanidad, capaces de contener la tecnología, capturando la regulación, asegurando que solo sus infraestructuras tengan permiso para operar y justificando sus valoraciones billonarias en la bolsa.

Aunque los desarrolladores de estas herramientas figuran entre los ingenieros más talentosos, su visión de la tecnología no surge de una deducción científica. Son herederos de lecturas acríticas de la ciencia ficción y de impulsos personales que han trasladado a sus desarrollos.

En su libro More Everything Forever, Adam Becker demuestra que nociones como la Singularidad, la IAG o el Riesgo Existencial no nacieron en laboratorios bajo el método científico. Fueron una mitología construida a lo largo de décadas, surgieron en los relatos pulp y en las fantasías cibernéticas de la Guerra Fría, donde la “explosión de inteligencia” y la “singularidad” eran apenas un recurso dramático; mutaron luego en los foros extropianos y transhumanistas de los noventa, y desembocaron en el evangelismo tecnológico.

El caso de Ray Kurzweil, director de ingeniería en Google desde 2012, encarna el síntoma más nítido de este fenómeno. Obsesionado durante medio siglo con la muerte prematura de su padre, acumuló cartas, diarios y grabaciones para intentar recrear su mente mediante algoritmos. Cuando en 2022 intentó “revivir” a su padre a través de la IA, el resultado fue una simulación fallida, un chatbot rudimentario que balbuceaba frases genéricas.

Sin embargo, el problema es más profundo y estructural. En su libro, Becker expone un engranaje más perverso, la cooptación de la ciencia mediante la filantropía corporativa. Cobijados bajo el movimiento del Altruismo Eficaz y una fachada de superioridad moral, magnates tecnológicos canalizan fortunas a fundaciones que eluden impuestos mientras compran cátedras universitarias, financian institutos a modo y moldean las prioridades globales.

Bajo el discurso del “longtermismo”, una doctrina que prioriza la supervivencia de hipotéticos trillones de humanos en el cosmos dentro de millones de años con planes como el de Space ‘X’ intentando llegar a Marte, los billonarios descartan la emergencia climática, el despojo del agua para enfriar servidores o la explotación de trabajadores precarizados. 

En muchos de estos esfuerzos filantrópicos ni siquiera hay humanismo, sino ecos del determinismo biológico y de la eugenesia, donde un puñado de mentes que se asumen genéticamente superiores, abrumadoramente blancas, masculinas y acaudaladas, se adjudican el derecho de tutelar el destino de la humanidad.

No se trata de abrazar el optimismo ciego o el terror paralizante de la tecnología, dos relatos diseñados para despojarnos de la soberanía política. La disputa urgente radica en reconstruir la capacidad del Estado para regular y subordinar estas tecnologías al bien común, a la redistribución del ingreso y al fortalecimiento de las mayorías trabajadoras. El futuro de la civilización no puede subordinarse a las pesadillas privadas ni a las ambiciones de un puñado de magnates en California.