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Una reforma radical frente al evangelicalismo fascistoide

Una reforma radical frente al evangelicalismo fascistoide

Por Uziel Medina Mejorada

Cada 31 de octubre el mundo conmemora el surgimiento de la Reforma Protestante, aquel cisma dentro del cristianismo que surgió con 95 tesis clavadas por Martín Lutero en la puerta de la Iglesia de Schlosskirche, en Wittemberg, confrontando liturgias y esquemas de dominación que apuntaron, sobre todo, a la autoridad papal de la Edad Media. La Reforma no solamente cambió la historia de la iglesia, fue también un punto de inflexión en el poder político de Europa y, en consecuencia, de las colonias, un salto tecnológico a través de la imprenta que más tarde favorecería a la Ilustración, el fin del medievo y el alumbramiento del Estado Moderno. 

Con todo el peso histórico que representa el 31 de octubre de 1517, poco se conoce realmente del fondo intelectual que acompañó a reformadores y pre-reformadores, y equivocadamente, en la coyuntura actual, la profundidad del pensamiento protestante se desdibuja entre las impresiones que dejan las expresiones tardías de una de tantas manifestaciones derivadas del protestantismo. 

Muchas son las corrientes religiosas, políticas y económicas que nacieron de la Reforma Protestante, quizá la más famosa sea el Calvinismo, sobre todo a partir de las observaciones de Max Weber plasmados en su obra sobre “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, destacando el orden social a partir del ascetismo, la idea de la predestinación, la ética del trabajo y la racionalidad económica. Otra de las caras del poliedro protestante más conocida es la del puritanismo cuáquero que ayudó a dar forma a la identidad estadounidense, así como la influencia política lograda por la CIA durante la Guerra Fría a través del big bang pentecostal desde Estados Unidos hacia América Latina para contrarrestar el auge de la Teología de Liberación, interpretada como amenaza comunista para los intereses de Estados Unidos.

Es precisamente, en medio del auge de la doctrina expansionista estadounidense impulsada por el trumpismo y el movimiento MAGA, con un fuerte apoyo de diversas expresiones de la fe evangélica, que el protestantismo ha vuelto a ser el foco de atención en el debate público, señalando a las iglesias de corte evangélico como promotoras del imperialismo yankee y de constituir ese aparato hegemónico que busca revertir las conquistas sociales en cuanto a derechos civiles, políticos, económicos y hasta reproductivos, pero también, servir como caja de resonancia para la expansión de la ideología sionista. Pero, ¿qué tanto es así? Ciertamente, el vocablo “evangélico” terminó por englobar muchas, si no es que todas las expresiones del protestantismo en el imaginario colectivo, siendo difícil para la opinión pública distinguir entre luteranismo, calvinismo, metodismo, anglicanismo, anabaptismo, puritanismo, bautismo, pentecostalismo y otros tantos etcéteras que se pueda uno encontrar, y es precisamente en este último y sus formas más recientes donde se manifiesta de mayor manera el fenómeno que aqueja a Latinoamérica.

De entre tantos etcéteras se puede identificar muy bien una doctrina que ha servido para asentar esa neoliberalización eclesiástica: la teología de la prosperidad, popularizada en la segunda mitad del siglo XX con fundamentos en la “confesión positiva” de Kenyon a finales del siglo XIX y que encuadra en el modelo de pensamiento mágico que tanto ha servido al neoliberalismo. 

Pero, entonces ¿Es todo el protestantismo un semillero de conservadurismo al servicio de las élites? La respuesta rápida y precisa es no. Ideas como la separación de la Iglesia y el Estado han de tomar forma a partir de la teoría de los dos reinos de Lutero, y el derecho a la desobediencia y resistencia civil encuentra su voz en Zuinglio. Incluso Calvino se pronuncia por una autonomía de la Iglesia. Pero hay una reforma de la que casi no se habla, la Reforma Radical. 

En el seno del anabaptismo surgió una interpretación de la Reforma que terminó siendo perseguida tanto por el catolicismo, como por la reforma magisterial, ya que planteaba una transformación total del orden establecido, entendiendo que el evangelio no se reducía al ámbito religioso, sino que debía repercutir en el orden social. Para sorpresa de muchos, quizá, es en este movimiento que se encuentra un prototipo primitivo del comunismo, y para mayor sorpresa de propios y extraños, es el mismísimo Friedrich Engels quien apunta hacia el anabaptismo de Turingia, Alemania, en el contexto de la guerra de los campesinos.

La muralla de Muehlhaussen y el templo de Allerheiligenkirche cuentan el crudo testimonio de una corriente del protestantismo que no se conformó con una fe de cuatro paredes, sino que tuvo un impacto directo en el orden social apuntando a la lucha de clases, pugnando por la abolición de la propiedad privada, el derrocamiento de los poderosos, el reparto común de los medios de producción y la disolución de las clases sociales, basado en el testimonio de la iglesia primitiva en el libro de los Hechos, bajo la consigna “Omnia sunt communia” (todo es de todos). Esta reforma radical, liderada por Thomas Muntzer y apoyada por Heinrich Pfeiffer enarboló en los “Doce Artículos de Memmingen” las demandas económicas y sociales del campesinado durante el dominio feudal, como la abolición de los impuestos de sucesión, regulación de la propiedad, derechos comunales sobre la caza y los bosques, la reforma fiscal y la abolición de la servidumbre, y fue motivo para que las fuerzas de la Liga Suabia al servicio del Sacro Imperio Romano Germánico aplastaran a los campesinos en Frankenhausen. No obstante, pese a la dura represión de este movimiento, la figura de Muntzer se convirtió siglos más tarde en la inspiración para la República Democrática Alemana, y a la fecha sigue siendo un ícono para las periferias y las comunidades rurales de la Alemania unificada, como símbolo de soberanía y defensa de los menos privilegiados. 

A los pies de la figura de Thomas Muntzer, una placa reza: “El levantamiento de 1525 nacido de la esperanza de la libertad, y el sufrimiento de su fracaso son una advertencia y parte de nuestra historia alemana. El pasado nos enseña a valorar los derechos fundamentales que ahora están protegidos en nuestra constitución: La inviolabilidad de la dignidad humana, la inviolabilidad de la libertad de la persona, de fe, de consciencia, de consciencia religiosa y de cosmovisión”.

Frente a la instrumentalización de la fe cristiana y de la ética protestante para aplastar la soberanía de los pueblos, los derechos de las sociedades y la dignidad de las personas, se asoma el testimonio de Turingia, de un movimiento cuya memoria ha sobrevivido a la ridiculización para erigirse como un faro. La religión es vana si no predica libertad, la fe cristiana solo puede ser probada cuando se alza a favor de la dignidad humana, y la convicción protestante da testimonio cuando se opone a la opresión.

Ante el embate del imperialismo que usa la cruz para oprimir, los pueblos que siguen creyendo en el mensaje de la cruz tienen a la mano esa teología de la liberación y esa reforma radical como guía para quienes aún buscan saciar el hambre y la sed de justicia, para llamar a los pueblos bienaventurados.