Siempre me ha fascinado la forma en la que se ha expresado el culto a los antepasados en la tradición mesoamericana. Ya en el siglo XVI, el franciscano Motolinía dejó escrito que los distintos pueblos originarios ofrecían a sus difuntos maíz, comida, mantas y cacao en calidad de ofrenda y memoria. Una práctica que, con la imposición durante la época colonial del calendario católico, se fue adaptando a la celebración de los días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos a principios de noviembre, pero sin dejar de mantener el “culto a la vida” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad) original.
La tradición de levantar estas ofrendas, transmitidas de generación en generación, nos hablan de la relación que los vivos siguen manteniendo con quienes han perdido con el fin de hacerlos presentes, con la profunda reflexión sobre la muerte que trasciende la ritualidad del acto en sí y que trata de resolver un enigma milenario, el de cómo seguir manteniendo relación con una persona amada cuya ausencia es definitiva. La ofrenda nos permite desplazar la mirada hacia los recuerdos, hacia la vida, hacia lo compartido, hacia todo aquello que permanece en la memoria y por eso es tan importante, porque supone una conversación entre generaciones y porque, con ellas, quienes las preparan recuerdan a sus mayores y enseñan a los más jóvenes quiénes fueron.
Como cada día de muertos, es tiempo de recordar, llorar, reír, brindar por las vidas de quienes se nos adelantaron y de cantar. Cantemos.
*“En esta casa no existen fantasmas, son puros recuerdos de tiempos ajenos, de buenos momentos”.
Una niña que le teme a los fantasmas crece para vivir acompañada de los de sus padres. La voz, el olor al tabaco picado de su pipa, los dedos sobre el timple, los pies en el lagar, las manos que sostienen el rosario, los brazos que empujan los remos de la chalana sobre el mar. Nada pasa. Nada se va. Se queda y se ilumina con canciones, con recuerdos, con fotografías que empiezan a amarillear, con dichos, con el duelo sempiterno, con las historias de la familia, con los nombres, con los lugares a los que ya no se va, con la soledad de saberse huérfana, con la vela que ilumina el regreso como hicieron ellos alguna vez con los suyos. Hoy la sostengo yo, los alumbro yo, los espero yo.
*“Tantas fotos llenando los marcos, mi propio museo. No hay muchos trofeos, con ustedes tengo”.
Una noche de muertos en Mixquic, una larga calle sembrada de cempaxúchitl y olor a copal me condujo al cementerio. Nos rodeaba tanta oscuridad. Caminaba a trompicones como queriendo adivinar el camino, guiada tan solo por la luz de las velas encendidas que portaban los vecinos en sus manos y en silencio. Los rostros de sus finados lo ocupaban todo, lo iluminaban todo. Decenas de fotografías sobre decenas de pechos. Cientos. De todas las épocas. A su alrededor, comida, flores, papel picado, rebozos que cubrían el cabello, mariachis y tríos, banda con sus instrumentos en las manos de camino a dar otro concierto más, otra serenata de amor más.
En el cementerio nos esperaba el bullicio, las risas, el jaleo, la algarabía. El reencuentro de los que comenzaban a cruzar, los que se servían otra copita de mezcal y brindaban, los que recordaban otros tiempos, buenos, malos; otros. Las tumbas convertidas en mesa, sus cuerpos sosteniendo el festín, su vida presente, su retrato presidiendo la ofrenda. El rastro de sal desordenado en su baile con Xolotl.
*“Y aunque te lleve en la sangre, me duele sentirte tan lejos, destellas el cielo y ahora te celebro. Lo sigo intentando”.
¿Dónde quedan tus finados cuando ya no habitas el lugar donde descansan?, ¿dónde se colocan las flores?, ¿dónde la comida?, ¿cuándo es que debes dejar de caminar a la deriva con sus fotografías colgadas del cuello?, ¿cuándo se deja de esperar su regreso? Porque no se puede recuperar, porque no existe tal posibilidad de volver atrás, es que construimos otro lugar para ellos, uno que no esté marcado por nada más que los recuerdos compartidos. Un lugar de memoria que no quiere pasar, un lugar del corazón (porque sobre el corazón es donde guardamos, en nuestro viaje, sus retratos) en la casa que habitamos ahora. Todo esta aquí. Nada pasa.
*“Quiero estar juntitos, tomarme contigo un último trago”.
Levanta la ofrenda, pon más papel picado, prepara los dulces cristalizados y prende la vela frente al camino de sal. Ya casi llegan, ya casi. Vienen de camino. Puedo escuchar sus pasos rápidos y el jeito con el que guarda las llaves en el bolsillo de atrás del pantalón. Huelo ya el guisado, ha prendido el horno de leña. Corre a poner la mesa, el mantel debe estar planchado y, al centro, debe haber un ramo de hortensias azules, sus favoritas. No mires las fotos hoy. Hoy puedes descansar. No necesitas traerlas colgadas del pecho, hoy se sientan a la mesa de nuevo. Hoy están aquí.
[*Citas extraídas de la canción “Fantasmas” de Humbe].