México se lleva en el corazón… siempre que combine con el feed.
Primero la selfie, luego el difunto
El Día de Muertos es mi fiesta favorita. Cada año pongo mi ofrenda y recuerdo a quienes ya no están. Pero sospecho que nuestros difuntos deben esperar turno: primero hay que acomodar las flores, buscar buena luz y conseguir la fotografía perfecta. No vaya a ser que terminen como extras de su propio homenaje.
El FOMO, ese miedo a perderse algo, tampoco perdona esta fiesta. Hay que asistir, fotografiar y publicar antes de la siguiente experiencia imperdible. La urgencia atraviesa todas las clases sociales: demostrar que estuvimos ahí. Antes los muertos regresaban una noche al año; ahora esperan a que subamos las historias.
México, mi amor… pero con reservación
En Polanco, un letrero luminoso proclama «México, mi amor». Lo rodean cactus y colores elegidos para Instagram. Un país precioso, siempre que sus desigualdades no arruinen la fotografía.
Es la mexicanidad whitexican: un patriotismo de influencer que presume sus raíces si combinan con la decoración. El nopal luce encantador; el campesino que lo cultiva difícilmente consigue tantos likes.
Ahí opera la blanquitud: más que un color de piel, una lógica de prestigio que convierte símbolos populares en mercancías sofisticadas, mientras sus creadores quedan fuera de cuadro. La folclorización permite presumir amor por México sin acercarse al México de a pie. El cariño es incondicional; el acceso, no tanto.
Hasta la identidad nacional tiene zona VIP
Convertir al país en espectáculo viene de lejos. Los trajes nacionales de los concursos de belleza mezclaban pirámides, penachos y lentejuelas. Algunos parecían salidos del espectáculo folclórico del Baby O, en Acapulco. Hoy esa fantasía turística se ofrece como experiencia cultural de lujo.
El Gran Premio de México lleva la contradicción a la pista: calaveras y vestuarios de inspiración prehispánica adornan un encuentro deportivo exclusivo. El folclor, expresión de nuestra identidad, queda como escenografía. La mexicanidad también se vende con boleto preferente.
Catrines, osos panda y funcionarios de ultratumba
Fuera de esos escaparates, familias y comunidades mantienen vivo el Día de Muertos, de Coyoacán a Azcapotzalco, de Guanajuato a Michoacán. Sus costumbres cambian con quienes las practican.
Entre megaofrendas, catrinas gigantes y desfiles, gobiernos de todos los sabores compiten por la fiesta más fotografiable. La comunidad recuerda a sus muertos; la imagen oficial recuerda quién organizó el homenaje.
Los funcionarios aparecen como catrines de ocasión. Algunos, con un maquillaje tan desafortunado que parecen osos panda. Basta mirar las redes de mis natales Zitácuaro y Texcoco, o las de Coyoacán, donde vivo: sobran las poses junto a una calavera. No vaya a ser que los difuntos acaparen el protagonismo.
Es el FOMO institucional: nadie quiere quedarse sin su desfile, su récord o su selfie. Mientras unos disputan el mejor ángulo, artesanos, artistas y comunidades hacen posible la fiesta. ¿Quién recibe los aplausos y quién termina como decorado?
De los charros a James Bond: México en exhibición
Esta imagen pintoresca no nació con Instagram. En los años treinta, Serguéi Eisenstein filmó paisajes y rituales mexicanos. Después, el cine de la Época de Oro popularizó charros, haciendas y serenatas. Cambiaba el escenario, pero México llevaba siempre el mismo sombrero. Las telenovelas prolongaron el repertorio y Thalía lo puso a bailar con Amor a la mexicana.
La diferencia importa: el folclor reúne expresiones y saberes que dan identidad; la folclorización los simplifica, despoja de contexto y vende. Roger Bartra y Carlos Monsiváis cuestionaron esas versiones reducidas de lo mexicano. Nuestra diversidad termina convertida en postal.
¿Cuántos creen que la Catrina y los alebrijes son prehispánicos? La primera nació de la sátira de José Guadalupe Posada y alcanzó su imagen célebre con Diego Rivera. Los segundos surgieron de la imaginación de Pedro Linares. Ambos casos en el siglo XX, pero no por ello son menos nuestros ni menos hermosos.
Después, en 2015, Spectre, de James Bond, mostró un monumental desfile de Día de Muertos, y un año después, la Ciudad de México organizó su primer Gran Desfile oficial, aunque ya había procesiones populares. Posteriormente, Coco imaginó a los alebrijes como guías espirituales. El cine puede enriquecer la tradición; el problema comienza cuando el espectáculo pretende definirla.
La última foto antes del más allá
Este fin de semana, los medios públicos llevaron el Gran Desfile a miles de personas. Celebro la acción y su alcance, pero como periodista también me interesan los artesanos, las familias y las historias que quedan cuando las cámaras se apagan.
El problema no es la fotografía, sino preocuparnos más por aparecer que por vivir la celebración; contar likes y olvidar a quienes fuimos a honrar. Esa es la trampa del FOMO: por miedo a perdernos la fiesta, perdemos su sentido.
Mientras marcas, influencers, políticos y Hollywood se disputan qué México merece mostrarse, quienes sostienen el folclor quedan al margen. Y ahí está la ironía: James Bond no solo vino a salvar al mundo; también terminó por influir en una de nuestras celebraciones más entrañables.
Así, el peligro no es que México cambie, sino acostumbrarnos a consumirlo como mercancía. Que, de tanto admirar la postal, terminemos por olvidar al país y a la gente que le da vida.