El binomio yanqui-sionista se ha repartido estratégicamente el control de nuestra región. Por ejemplo, en las décadas de 1970 y 1980, cuando Estados Unidos no podía intervenir abiertamente por alguna enmienda que se lo impidiera legalmente, Israel siempre actuaba como operador proxy; aunque ambos suministraron grandes cargamentos de armamento para fortalecer las dictaduras y las guerras civiles.
Las técnicas de estos generadores de violencia global han mutado radicalmente 50 años después, pero los daños y objetivos siguen estando más vigentes que nunca.
Durante las dictaduras y guerras civiles en Guatemala, El Salvador, Argentina y Colombia, asesores militares y mercenarios sionistas jugaron un papel clave.
Yair Klein, ex coronel del ejército israelí, se convirtió en uno de los mercenarios privados más infames y despiadados del siglo XX. Su papel en Colombia tuvo un impacto estructural al importar técnicas de guerra sucia, uso de explosivos avanzados y técnicas de exterminio. Fundó los primeros grupos modernos de paramilitares que jugaron un rol central en la guerra sucia contra las guerrillas y la izquierda civil. También le enseñó a Pablo Escobar técnicas de sabotaje y armado de bombas con control remoto; técnicas que el Cártel de Medellín utilizaría contra el Estado colombiano en una sangrienta guerra.
Investigaciones judiciales en Colombia revelarían que Klein operó con el apoyo directo de la élite del ejército y de las agencias de seguridad estatales, quienes facilitaron armas y los predios para el entrenamiento.
Una de las estrategias más perversas del binomio yanqui-sionista, es la exportación de armamento ligero, que en esencia es una colonización institucional vestida de transacción comercial. La compra de un lote de armas a potencias terroristas como Estados Unidos e Israel, se traduce en una relación a largo plazo que les abre las instituciones de seguridad civiles y militares.
Por ejemplo, la exportación masiva del fusil Galil o las subametralladoras Uzi en los años 80 y 90, sentó las bases de una dependencia logística y de entrenamiento, que abrió las puertas de las secretarías y ministerios de defensa latinoamericanos a los estrategas sionistas. Y en México para nada fue la excepción.
En aquellos años la subametralladora Uzi se convirtió en la tarjeta de presentación de la industria militar sionista en nuestro país. Miles de policías municipales y estatales la portaban como el arma de cargo estándar. Al iniciar el periodo neoliberal toda clase de intervencionismo fue permitido, incluido de manera estratégica, el armamentista. De esta manera, gobernadores y hasta alcaldes priistas y panistas pudieron hacer “compras directas” de armamento sionista, previo a un fuerte cabildeo de corporaciones israelíes como IWI que los “convencían” de las ventajas tácticas. Todo este proceso gracias a una triangulación legal donde el gobierno federal no solo estaba enterado, sino que hacía el trámite de la compra.
En 2006, en un año que he señalado marcó un antes y un después en nuestro país, y a nombre de la “Guerra contra el Narco”, se dispara la compra de armamento de asalto pesado y especializado.
El Galil y el Galil ACE son fusiles de asalto que se adquirieron masivamente para policías estatales de varios estados, sobre todo del norte y centro del país, y también para ciertas divisiones de la policía federal controlada por el Cártel de Sinaloa.
Pero tal vez el arma sionista más infame; que se ocupaba tanto en Gaza, como para establecer un nuevo exterminio ahora en nuestro territorio, fue “El Tavor” (TAR-21), con su diseño bullpup , compacto y diseñado específicamente por los sionistas para combate urbano, permitió que en México se pudiera matar y ejecutar “puerta por puerta”. Este fusil fue adquirido en grandes cantidades para equipar a las Fuerzas Especiales Regulares (Tier 2) de la Sedena y la Marina. Esta última institución ya capturada y sometida por Estados Unidos, patrullaba con unidades de asalto zonas de conflicto donde se disparó la violencia, las masacres y las desapariciones forzadas.
No es casualidad que este armamento también fuera utilizado por grupos tácticos de élite de policías estatales en estados con el mayor índice de violencia contra la población inocente.
El catálogo de armas utilizado formalmente por las instituciones militares y de seguridad mexicanas, también está en manos de los grupos criminales. Los sionistas establecieron un círculo de violencia perverso que les deja muchas ganancias. Venden armas de alto poder al Estado mexicano y esas mismas armas también se las proporcionan a los “grupos del narcotráfico”, con esto “obligan” al gobierno a comprar tecnología de vigilancia (Pegasus) y armamento aún más pesado para “recuperar la ventaja”.
Todo este equipamiento militar y policial, fue la garra que permitió que el Estado Profundo yanqui-sionista se albergara de manera permanente en el corazón de todo el aparato de seguridad mexicano.
Continuará….