Constantemente las nuevas generaciones impulsan cambios sociales, ya sea influenciados por el idealismo, por el hartazgo de las condiciones de vida, por obra del aparato propagandístico del capital o por necesidades no atendidas. El termómetro político que marcan las nuevas generaciones suele tener amplias repercusiones a futuro, tal como sucedió con el movimiento del 68 y los liderazgos políticos en México.
Sin embargo, y contrario a la máxima de Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, actualmente están surgiendo nuevas generaciones influenciadas por el neofascismo y la ultraderecha. Razones de esto a nivel mundial hay varias y son múltiples: económicas, políticas, sociales; no obstante, el elemento tecnológico también tiene un peso, uno cada vez más importante.
Como reveló el Financial Times hace un par de años [1], la economía de la atención ha partido a la Generación Z en dos, creando una brecha ideológica de género; mientras que las mujeres jóvenes se han consolidado como el bloque más progresista/liberal, los hombres jóvenes han girado a la extrema derecha reaccionaria, abriendo abismos electorales de hasta 30 y 50 puntos porcentuales en países como Estados Unidos, Alemania o Corea del Sur.
Ante esta situación diversos actores están implementando múltiples acciones: restricciones de acceso, activismo digital, educación tecnológica, la “batalla cultural”; en fin… la pregunta y el objetivo es el mismo ¿Cómo frenar el ascenso del fascismo? ¿Cómo competir en espacios digitales desde la izquierda o el progresismo? ¿Cómo reclamar el ciberespacio?
En México, pese a la alta aprobación política de la 4T (movimiento conformado por los partidos Morena, PT y PVEM), las nuevas generaciones están repitiendo la tendencia mundial de la derechización y el nicho más claro de esta tendencia está en las redes sociales e internet. Ante esto, la 4T, y Morena en específico, se han mostrado pasivos, desorientados, con poca coordinación y sin un rumbo claro.
Por ejemplo, hace unos días Morena presentó su plan para “fortalecer el diálogo con la ciudadanía” rumbo a 2027, el cual consiste en visitas a domicilio y más de 2,600 asambleas públicas o, lo que es lo mismo, una reedición de la estrategia que los llevó a las victorias de 2018 y 2024: la territorialidad.
Lo interesante del asunto es que en este intento de “fortalecer el diálogo con la ciudadanía” no anunciaron ninguna estrategia digital, nada; como si las redes sociales y el mundo digital fueran un agregado comunicacional extra, aun cuando cualquier persona que entre a Instagram, X y, más recientemente, TikTok, notará que esos espacios están en buena medida en manos de las narrativas de derecha, ultraderecha y de la amenaza injerencista.
A esto se le suma que el ciberespacio nacional e internacional cambió bastante desde aquel día en el que el expresidente Andrés Manuel López Obrador proclamó su triunfo; en parte, gracias a haber superado el cerco comunicativo por medio de las “benditas redes sociales”.
Hoy el ciberespacio internacional es, en buena medida, un elemento privilegiado del conglomerado militar-industrial estadounidense, el cual se extiende en diferentes territorios y soberanías, mientras que, paralelamente, mantiene una pugna geopolítica con China; en México esto se ve reflejado en redes sociales y espacios digitales amañados y casi imposibles de auditar y, menos aún, regular; en donde abiertamente se intervienen los canales de comunicación para beneficiar algorítmicamente a la oposición y las narrativas injerencistas.
Sin embargo, no sólo las mecánicas y los espacios mismos han cambiado, sino que también los actores políticos se han adaptado y han aprendido a usar a las redes sociales a su favor. La oposición aprendió a mejorar su desempeño en línea y reclamar espacios que anteriormente eran, si no de izquierda, cuando menos progresistas-liberales. Una de las principales acciones fue a través de la adopción de estrategias propias del activismo digital de izquierdas:
Creación y mantenimiento de grupos y comunidades digitales flexibles, adaptables y con algún tipo de interés en común, las cuales cometen actos de rebeldía y promoción digital, con el humor como herramienta principal; la alianza funcional entre activismo (civil y online), mercenarismo digital y su simbiosis con los medios masivos tradicionales, todo esto encumbrado y cobijado por empresas de publicidad, comunicación, capital privado, partidos políticos y, por supuesto, Estados Unidos.
Además, dados los incentivos de la economía de la atención, existen condiciones de competencia en donde se crean y desarrollan personajes, medios y narrativas de comunicación con el único fin de obtener alguna clase de premio o pago de estos sistemas de promoción y desinformación. Por tanto, ahora tenemos un ecosistema informativo en donde las narrativas saltan, se alimentan y crecen entre las redes sociales y los medios de comunicación, reforzándose un proceso de persuasión y manipulación informativa nunca visto en la historia.
A lo anterior se le suma la descarada y abierta intromisión de Estados Unidos, Israel y otros actores interesados en subvertir los deseos democráticos del pueblo mexicano, quienes están apostando fuertemente por el caos, la desconfianza y la percepción de que no sólo el país es inseguro, sino que está en manos del crimen organizado.
El ciberespacio de 2018 ya no existe, y la 4T no puede permitirse el lujo de anclarse en estrategias territoriales del pasado. La ultraderecha no solo ha ocupado las redes; ha aprendido a jugar con las reglas de la economía de la atención, mientras que el progresismo mexicano parece atrapado en una lógica analógica.
Pero la derrota no es inevitable: recuperar el relato digital exige audacia, inversión en inteligencia narrativa y, sobre todo, una coordinación que trascienda los egos internos, ya que si la 4T no entra ya en la batalla por los algoritmos, no solo perderá las redes: perderá a toda una generación.
[1] https://www.ft.com/content/29fd9b5c-2f35-41bf-9d4c-994db4e12998?syn-25a6b1a6=1