Aunque el concepto “empoderamiento femenino” suele referirse a mayor autonomía y reconocimiento para las mujeres, las élites políticas y económicas lo han despolitizado completamente, vaciándolo de todo sentido. Como feminista, no busco “poder”, sino libertad.
El poder está históricamente ligado al capital y la subyugación de otros seres. Tal vez por eso tantas mujeres millonarias se sienten cómodas siendo figuras de “empoderamiento”, pero nunca se llamarían a sí mismas feministas, ni estarían dispuestas a cuestionar sus privilegios.
Por ejemplo, estrellas pop como Taylor Swift y Katy Perry muestran una imagen “poderosa” de sí mismas: mujeres que se han abierto paso en la música a pesar de ser un espacio aún liderado por varones, que defienden la liberación sexual y la participación de las mujeres en la vida pública. Sin embargo, nunca son lo suficientemente políticas o vocales para desestabilizar el status quo, pues enmarcan el “empoderamiento” como una cuestión individual, apolítica.
Otras mujeres a las que se suele llamar “empoderadas” es a quienes ocupan cargos públicos, ya sea presidentas, legisladoras, policías o militares. Por ello, Israel se enorgullece de la cantidad de mujeres que tiene en su Ejército, celebrándolo como una muestra de la búsqueda de la igualdad. Pero yo me pregunto: ¿qué de feminista hay en ser partícipe de un genocidio?
En su libro Llueve sobre Gaza (2007), el periodista Hernán Zin recupera un testimonio gazatí, sobre cómo la destrucción del puente de Beit Hanún apareció en la prensa israelí en febrero de 2006, no porque dejaba incomunicada a la población palestina, sino porque el avión que lo bombardeó era piloteado por una mujer. “Empoderamiento femenino” a costa del dolor de otras y otros.
Después de todo, el término ha sido cooptado por Occidente. La activista pakistaní Rafia Zakaria publicó una columna en The New York Times en 2017, donde denuncia que el concepto se ha convertido en “una moda” entre organizaciones de desarrollo occidentales, las cuales enseñan oficios a mujeres en países no occidentales para “empoderarlas”, sin entender su contexto, cultura o necesidades, reduciéndolas a “sujetos mudos y pasivos a la espera de su rescate”.
No obstante, Zakaria explica que el “empoderamiento” tuvo su surgimiento teórico en las feministas del sur global, quienes lo concibieron “como la tarea de transformar la subordinación de género y eliminar otras estructuras opresoras, así como la movilización política colectiva”. De eso parece quedar muy poco bajo el glitter del feminismo pop.
Cuando pensamos en mujeres “empoderadas” imaginamos a una mujer semidesnuda, a una líder política o una militar, nunca a una mujer que decide llevar hiyab como símbolo de la resistencia cultural ante el borrado de su existencia. En realidad, todas y cada una de esas mujeres podrían ser símbolos de autonomía y emancipación, o todo lo contrario, víctimas/victimarias de los sistemas de opresión que nos constriñen. Es iluso creer que lo que “empodera” a unas, también lo hace con el resto, porque el concepto ha sido diluido por el neoliberalismo y porque las mujeres somos diversas.
Para Zakaria, el retorno al modelo de empoderamiento propuesto desde el sur global “requiere que se deje de reducir a la mujer no occidental a su condición de víctima”, así como “acabar con la idea de que las metas y las agendas del desarrollo deben ser apolíticas”. Es esto último lo que retomo: el “empoderamiento” debe dejar de ser apolítico, debe incomodar al capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. De lo contrario, son solo fantasías aspiracionistas, no motores de transformación.
Yo iría incluso más allá: el “empoderamiento” no tiene cabida en un movimiento que busca la liberación de las mujeres. No quiero el poder que ha sido definido por y para los hombres. Quiero que mi plenitud y autonomía no subyugue al resto, como lo hace la deformada visión neoliberal de la “mujer empoderada”. Quiero la revolución.