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Poder, sexualidad y economía: dominación y estructura en la modernidad occidental y el caso mexicano

Poder, sexualidad y economía: dominación y estructura en la modernidad occidental y el caso mexicano

Por Diego Alberto Mendoza Díaz

La relación entre poder y sexualidad ha atravesado la historia occidental como una tensión constante entre deseo, moral y autoridad. En distintos momentos históricos, la sexualidad ha sido regulada por la religión, el Estado o la cultura; sin embargo, también ha sido un espacio privilegiado para el ejercicio de la dominación. El análisis comparativo de Marqués de Sade, Jeffrey Epstein y Harvey Weinstein permite observar cómo el poder aristocrático, financiero o simbólico puede transformarse en instrumento de violencia sexual cuando no enfrenta límites efectivos. A su vez, la incorporación de casos mexicanos como Jean Succar Kuri y Kamel Nacif revela que estos fenómenos no son aislados ni exclusivos de ciertas culturas, sino que se insertan en dinámicas estructurales donde confluyen desigualdad, concentración de capital e impunidad.

El propósito del presente trabajo es sostener que, si bien la violencia sexual tiene dimensiones individuales y culturales, su persistencia y alcance se ven amplificados por configuraciones económicas que concentran poder y debilitan mecanismos de rendición de cuentas. En este sentido, más que anomalías aisladas, estos casos pueden entenderse como síntomas de tensiones estructurales en las sociedades contemporáneas.

 Los libertarios radicales: el poder como principio absoluto 

El Marqués de Sade escribió en un periodo de profundas transformaciones políticas e intelectuales. La Ilustración cuestionaba la autoridad religiosa y promovía la razón como fundamento de la vida social. En ese contexto, Sade llevó el principio de libertad individual a un extremo radical: si la naturaleza es amoral y el deseo es parte de la condición humana, entonces ninguna norma debería restringirlo.

En sus obras, los personajes poderosos ejercen dominio sin límites sobre los más débiles. La violencia no aparece como accidente, sino como consecuencia lógica de una libertad entendida como supremacía absoluta del deseo propio. El universo sadiano expone la posibilidad de una sociedad en la que el poder legitima cualquier acción.

Sin embargo, el valor de Sade no reside únicamente en la provocación. Su literatura funciona como experimento filosófico: ¿qué ocurre cuando desaparecen todos los límites éticos? La respuesta es un mundo de explotación sistemática. Paradójicamente, su radicalismo revela la necesidad de normas que protejan la dignidad humana.

A diferencia de los casos contemporáneos, la obra de Sade pertenece al terreno literario y filosófico, aunque su biografía incluyó acusaciones de abuso. La distinción entre ficción y crimen real es esencial para evitar simplificaciones. No obstante, su pensamiento anticipa una problemática central: el poder desregulado tiende a convertirse en violencia.

Lo anterior expone que aquellos ciudadanos que pregonan la libertad individual sin límites éticos como principio político, deja claro que lo que pregonan es la libertad del poder absoluto y degradante.

Capital financiero y redes de élite: el caso Epstein

Jeffrey Epstein operó en el corazón de las élites financieras y políticas de Estados Unidos, de los ponderados en el principio político libertario, abarcando en extensión toda su influencia en occidente tanto en Europa como en todo el continente americano y regiones de oriente medio, cimentando el establishment del sistema capitalista actual. Su caso mostró cómo la acumulación de capital no solo produce riqueza, sino también influencia y acceso a redes de protección. Durante años, logró evadir consecuencias proporcionales a la gravedad de las acusaciones en su contra.

El elemento clave en su historia no es únicamente la conducta criminal, sino la estructura que la hizo posible. La concentración de recursos económicos permitió construir un entorno de silencio y complicidad. Las víctimas, en su mayoría jóvenes en situación vulnerable, enfrentaban una asimetría radical frente a un hombre respaldado por abogados, contactos influyentes y prestigio social.

Aquí el sistema económico aparece como multiplicador de poder. La lógica del capital facilita el acceso a espacios exclusivos, a relaciones estratégicas y a mecanismos de negociación judicial. Cuando el dinero influye en la aplicación de la ley, la justicia se vuelve desigual.

 

Poder simbólico y cultura corporativa: el caso Weinstein

Harvey Weinstein representa otra modalidad de dominación. Su poder no derivaba principalmente de las finanzas globales, sino del control de oportunidades en la industria cinematográfica. En un sector altamente competitivo, la posibilidad de otorgar o negar proyectos se traduce en autoridad sobre carreras profesionales.

Las denuncias que estallaron en 2017 evidenciaron una cultura de silencio sostenida por el miedo y la dependencia laboral. El abuso no era un secreto absoluto; era un secreto tolerado. La estructura jerárquica de la industria facilitó que durante años se priorizara el éxito económico sobre la protección de las personas.

El mercado cultural, regido por incentivos de rentabilidad y reputación, generó un entorno donde la conducta abusiva podía ser ignorada mientras produjera beneficios financieros. Este caso muestra cómo el poder simbólico, dentro de una economía competitiva, puede traducirse en coerción sexual.

 

México: impunidad estructural y colusión de poderes

En México, los casos de Jean Succar Kuri y Kamel Nacif evidencian dinámicas similares, pero en un contexto institucional distinto. Succar Kuri fue condenado por delitos de explotación sexual infantil, pero durante años operó con relativa libertad. Nacif, empresario con influencia política, fue señalado por su relación con redes de protección y por su confrontación con la periodista Lydia Cacho, quien denunció estructuras de abuso.

El contexto mexicano agrega un factor determinante: la fragilidad institucional y la corrupción. Cuando el poder económico se entrelaza con el político, la posibilidad de impunidad aumenta considerablemente. La desigualdad social profundiza la vulnerabilidad de las víctimas, muchas veces provenientes de sectores marginados.

En este entorno, el sistema económico no solo concentra riqueza, sino que interactúa con estructuras políticas débiles. El resultado es una doble asimetría: económica y jurídica.

La perversidad estructural: acumulación y deshumanización

Hablar de “perversidad” del sistema económico político y capitalista  implica analizar sus incentivos. El modelo contemporáneo privilegia la acumulación, la competencia y la maximización de beneficios. Cuando estos valores se absolutizan, pueden erosionar consideraciones éticas.

La concentración extrema de riqueza otorga capacidad de influencia sobre medios, procesos legales y narrativas públicas. El capital se convierte en poder social. Si no existen contrapesos efectivos, la desigualdad económica se traduce en desigualdad ante la ley.

No se trata de afirmar que el mercado produzca necesariamente violencia sexual. Sin embargo, cuando el éxito económico se convierte en sinónimo de legitimidad social, el poder tiende a naturalizarse. La figura del empresario exitoso o del productor influyente puede adquirir un aura de intocabilidad.

Además, la lógica mercantil puede contribuir a la cosificación del cuerpo, especialmente en industrias donde la imagen y el deseo son mercancías. Cuando el valor económico se superpone al valor humano, la dignidad corre el riesgo de subordinarse al beneficio.

 

Cultura, patriarcado y economía: una interacción compleja

No podemos solo atribuir estos casos exclusivamente al sistema económico, que es en gran medida la causante de la denigración humana con el poder de las elites, ya que influye en la distribución de recursos y oportunidades, amplificando ciertas conductas. No obstante, la violencia sexual también se relaciona con estructuras patriarcales y con concepciones culturales de masculinidad y poder.

El patriarcado proporciona una justificación cultural; la desigualdad económica provee los medios materiales. La combinación de ambos factores genera escenarios donde el abuso puede persistir durante años.

En conclusión el  recorrido desde el Marqués de Sade hasta los casos de Epstein, Weinstein y figuras mexicanas como Succar Kuri y Nacif revela una constante histórica: el poder, cuando se concentra y carece de límites, tiende a instrumentalizar a los más vulnerables.

Sade mostró, desde la ficción, el extremo de una libertad sin moral. Los casos contemporáneos evidencian cómo esa lógica puede materializarse cuando el capital y la influencia superan los controles institucionales. La llamada “perversidad” del sistema económico no reside únicamente en el mercado, sino en la concentración desmedida de poder y en la debilidad de los mecanismos de rendición de cuentas.

Frente al avance de los sectores libertarios que, amparados en un discurso de “libertad absoluta”, han reproducido prácticas de abuso y han estado vinculados a crímenes sexuales, la respuesta no puede reducirse a casos individuales ni a escándalos aislados. Estos hechos revelan una contradicción profunda entre la retórica individualista extrema y las condiciones materiales reales que esa ideología promueve.

El libertarismo radical, al desmantelar lo público y exaltar la supremacía del mercado y del individuo por encima de toda responsabilidad colectiva, crea un terreno fértil para la impunidad de quienes concentran poder económico, mediático o político. Cuando el Estado se debilita deliberadamente y las instituciones se subordinan al capital, las víctimas quedan desprotegidas y la justicia se vuelve selectiva.

Limitar el poder desmedido de estos sectores no es una cuestión de censura ideológica, sino de defensa democrática y de protección de las mayorías. Implica fortalecer mecanismos de control social, garantizar justicia efectiva para las víctimas y desmontar las redes de privilegio que permiten que determinados actores operen por encima de la ley.

La verdadera libertad no es la del individuo poderoso sin límites, sino la de los pueblos organizados que se protegen colectivamente frente al abuso. Solo mediante la organización popular, la ampliación de derechos y la transformación estructural del Estado será posible impedir que discursos de “libertad” se conviertan en cobertura ideológica para la dominación y la violencia.