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Laberinto

Laberinto

Por Milo Montiel Romo

¿Cómo nace un reproche?

 

Un reproche es la prueba de otros yos, de otras realidades, de otros caminos. Un reproche es la prueba innegable de lo posible, de los caminos que existen siempre, todos al mismo tiempo a pesar de que hayamos tomado sólo uno. Es el reclamo de la elección de un sendero y la añoranza de lo que no fue y que está ahí, en otro pasillo, dividido por la bifurcación, por la toma de una decisión que negó los otros futuros para aferrarnos a sólo un sendero. 

I

Supe que llegué cuando pude ver su cara sonriente esperándome. El sol le daba en la espalda, lo que hacía que su pelo negro, largo y chino se fundiera con la luz, difuminándose con el paisaje. Sus ojos grandes peleaban para soportar la luz, mientras su reclamo por mi tardanza contrastaba con su sonrisa.

Me tomó de la mano e íbamos casi callados corriendo aquella larga calle. Ella adelante un paso adelante jalándome, mientras yo reía como tonto. Ella me volteaba a ver y reía también, pero no aflojaba el paso. Me gustaba verla con su vestido corto azul, su bolsita de cuero grabada, sus zapatitos negros, casi como de hombre y su cabello encrespado que se negaba a ser domado.

Quedamos ayer, mientras comíamos, que veríamos esta película. Convenimos la hora y el lugar, planificando sin decir nada, que yo tenía que decir que no a salir a jugar basquetbol con Fer, que tendría que desayunar como si no estuviera ansioso por verla. La mañana tenía que sentirse normal mientras el tiempo corría lentamente. 

El futbol ensordecía todo con el sonsonete vacío de los narradores. El sol del mediodía se colaba por las cortinas iluminando la duela y los viejos sillones mientras la normalidad circulaba por aquel departamento que ya no recuerdo claramente. Dio la una de la tarde y salí. Traía en la bolsa todo el dinero que pude juntar; identificación; llaves, un par de boletos del metro, mis lentes oscuros colgados del cuello de la camiseta y una camisa de franela blanca con líneas negras que se cruzaban para formar cuadros pequeños que servía como un suéter ligero. A veces llevaba un librito, pero hoy no. Me despedí.

Todo esto, y un millón de cosas posteriores y simultáneas más, tenían que pasar para que yo pudiera estar ahí, arrastrado felizmente por la calle para ver una película que, aunque si quería ver, no me interesaba demasiado. Ese día, nuestra vida convergió con cientos de vidas que pasaron rosándonos, que nos acompañaron en la ignorancia unos segundos y luego siguieron su propio rumbo, un camino por el que yo, arrastrado por aquella prisa feliz, no podría jamás caminar. La vida es una maraña de caminos que se juntan, se cruzan, se mezclan, se yuxtaponen por un tiempo y luego, se separan, pudiendo ser todas las opciones, algunas o ninguna, pero siempre terminan sin llegar nunca a ningún lugar. 

Los dolores y las alegrías de los demás no nos tocan por más cerca que pasen, de la misma forma que para todo aquel que nos acaricia con el vientecillo de la cercanía, somos invisibles. Somos, son todos, parte de un paisaje multiforme y transmutable. 

Mientras, estábamos ahí, con nuestro mundo enamorado, viviendo la fortuna de nuestro encuentro planeado por el destino millones de años antes de aquel día, al tiempo que lo que hacíamos aquel día planeaba silenciosamente que hoy esté aquí tratando de contar esta historia. 

Llegamos, hicimos el ritual de la entrada a la sala, boletos, palomitas, refresco, la caballerosidad de cargar todo aquel arsenal de comida chatarra y reíamos como tontos de una plática que no recuerdo. Nos sentamos y el tiempo transcurrió frente a una tela iluminada que jugó con nuestra mente un par de horas. Tomamos nuestras manos y caminamos muchos años juntos hasta hoy, cuando esta historia está por terminar sin remedio. 

No sé. 

II

Hoy la vi a la hora de comer, estaba ella sentada sola en esas mesas largas, junto a otras siete personas, creo que comía ese guisado raro que dan en el comedor, una barra de queso sumergida hasta la mitad en un caldillo dulzón de jitomate, mientras un vaso de agua de tamarindo (el vaso era de plástico café, pero sabía que era de tamarindo porque yo acababa de agarrar uno) la miraba aburrido. Yo caminé hacia donde ella estaba y seguí de largo. 

Ella no volteó, no me vio, siguió con la cabeza gacha viendo el plato provocando que quien la viera, sólo pudiera ver esa cabellera espesa, china y negra que conocía yo perfectamente. Me senté unas mesas más atrás con Rodrigo. Saludé y la olvidé. 

Siempre que estoy con Rodrigo pienso en cuanto me desespera hablar con él. Es un poco raro, es buena gente y hasta chistoso, pero siempre quiere hacer todo rápido, cómo si algo pasara en las tardes que tiene que correr a casa. Nunca ha dicho que tiene, pero a penas ve que la tarde empieza a caer, toma sus cosas y se va. Es raro.

Cuando terminamos de comer Rodrigo salió corriendo y yo me quedé ahí, caminé un poco sin saber a dónde ir. Era viernes y no quería ir a casa. Me alcanzó corriendo Raúl, me tocó el hombro y al voltear vi jadear a ese cuerpo enorme, con esa risa que le llenaba la cara y que siempre daba la idea de que era una buena persona. Si lo era, pero cuando uno lo veía, confiaba.

  • ¿Ya te vas?
  • Si, ¿por?
  • ¿No quieres venir?
  • ¿A dónde?
  • No sabemos. Vamos a dar una vuelta en el carro de Mariana. 
  • Va.

Lo seguí. Camilo, Alfonso, Vero y Mariana estaban alrededor de un jetta azul, todos cerca de las puertas como esperando una señal, cuando llegamos, todos abrieron las puertas y se subieron. Adelante Vero y Mariana, detrás Camilo y el Poncho, luego, en un costado Raúl aplastó un poco a los otros dos con su gran tamaño y yo di la vuelta para sentarme en las piernas de Camilo.

Mariana volteó y sonriente preguntó si estábamos todos listos y arrancó. Todos reíamos amontonados, mientras el carrito avanzaba por las calles de la ciudad. Las ideas no fluían, iban del plan de ir por cerveza y meternos al departamento de Camilo; o ir a bailar a un lugar de música cubana que está hacia el sur, para lo cual era muy temprano y la mayoría le huimos al ridículo de no saber bailar; Vero propuso ir a un pequeño café donde su novio iba a tocar con su grupo de rock alternativo que era bastante malo pues estaban grabando un video y que, a decir de ella, después habría una fiesta.

Aceptamos porque ella estaba emocionada de ir, pero todos coincidimos, sin decir nada, que las otras dos ideas eran mejor. 

Llegamos.

El café era un local pequeñito con una barra con la máquina de café y tacitas encima de ella, tres bancos altos y dos mesitas con sus cuatro sillas. Cada mesa tenía una lamparita en forma de lámpara de buró, de esas con pantalla de tela con encajes que iluminaba apenas la madera despintada. Banco y sillas estaban ocupados por los aburridos miembros del staff que no consumían nada, mientras en el fondo, ponían minuciosamente los micrófonos a los 3 miembros de la banda iluminada por una luz amarilla tristísima. Nos recargamos en una pared y vimos como repetía una y otra vez la misma canción mientras un solo camarógrafo se movía alrededor de ellos creyendo que hacía arte. Nosotros nos mirábamos para ver quien de nosotros iniciaba la salida, pero nadie se movió.

Terminaron un par de horas después y Vero estaba muy feliz, pero nosotros agradecimos la invitación y nos despedimos. Mariana me acercó al metro y fui a mi casa. Desperté tarde y me quedé viendo el futbol pues Fer me canceló ir a jugar para ver a una chica que nunca supe su nombre.

III

Cuando entré al comedor y la vi sentada con su hermoso pelo chino viendo su plato de queso en salsa de jitomate y en el fondo estaba Rodrigo todos murmuraban acerca de los de las alas rojas, de esos hombres gigantescos que aparecieron y empezaron sus vidas parsimoniosas entre nosotros.

No había mucho que decir, eran seres callados, vigilantes, pacíficos, callados, como sombras, nada más. Nadie les temió nunca, eran como sombras que escapaban a nuestro entendimiento y por eso no los incluimos, pero no los rechazamos, se convirtieron en parte del paisaje.

La verdad es que la plática ya me tenía un poco cansado y me salí sin saludar a nadie, cuando vi que Alfonso se sentó frente a ella y ella lo vio y sonrió. Caminé un poco rumbo al metro y de pronto, sin aviso alguno, un carro se acercó a mi sin detenerse y de una de las ventanillas me arrojaron un huevo, el cual explotó en mi chamarra roja. Salí corriendo tras el carro, pero ellos aceleraron entre risas.

Me detuve jadeante con la ropa iba absorbiendo la clara de huevo, mientras mi cabeza hervía. Legué al metro y bajé al andén. Nada particular. 

Al llegar a mi casa, ya había desaparecido el coraje y la chamarra ya se había acostumbrado a la textura de aquella mancha. Fer se burló de mi mientras comíamos en el sillón unas palomitas de un tazón que mi mamá hizo.

La noche llegó frente a la televisión que pronosticaba las posibilidades del partido de futbol que estaba programado para la mañana siguiente. Mientras veía le tele, de reojo vi en la ventana a uno de esos hombres que, en la azotea de enfrente, se paraba sobre la cornisa sin camisa sin miedo.

Me paré discretamente detrás de mi cortina mientras lo veía. Él estiraba aquellas alas como de murciélago, como cuando uno extiende los brazos al despertar. Tenía la cara profundamente triste, no aleteo, no hizo nada, sólo veía al frente y arriba y sus extendía las alas. 

Todos sabíamos de aquellas alas, pero salvo las fotografías en el periódico nadie las había visto, pues todos las esconden bajo sus extraños ropajes. Estaba sorprendido y un poco celoso. La humanidad ha soñado toda la vida con poder volar, pero ellos no volaban, caminaban y se escondían. 

Lo vi y no estoy seguro de que me haya visto. Me quité discretamente de la ventana y me fui a prepararme para dormir. Quizá mañana vaya al cine o me quede a ver el futbol, quizá otro día la invite a salir, quizá hoy perdí mi oportunidad.