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  • hace 4 horas
  • 20:03
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Soberanía cognitiva, la nueva frontera del poder

Soberanía cognitiva, la nueva frontera del poder

Por Ernesto Ángeles .

Si hay algo que definirá la siguiente década- y, tal vez, el futuro de la humanidad- es el desdibujamiento de la frontera entre la mente, el cuerpo humano y la intromisión del capital; la lucha por la soberanía ya no sólo se librará en mercados y territorios, sino que el cerebro, la mente y la conciencia estarán expuestas a los intereses y ambiciones de élites que, hasta hace apenas unas décadas, se encontraban más o menos acotadas por marcos legales y procesos institucionales definidos.

 Y aunque la pugna por las mentes y almas de las personas data prácticamente desde los orígenes de la existencia humana; los escenarios, los recursos y las herramientas han cambiado de manera radical, al punto que las mentiras y las realidades alternas ahora se automatizan y se programan a escala industrial.

 Para llegar al momento en el que nos encontramos tuvieron que coincidir diversos fenómenos: el debilitamiento del Estado de bienestar, el ascenso del neoliberalismo financierista, el nacimiento del sistema tecnológico-digital a escala internacional y el recrudecimiento del individualismo capitalista, el cual no sólo desplazó lo público y lo comunal, sino que emprendió una campaña sistemática para el debilitamiento de lo otro, de lo ajeno, instaurando una era de hiperpersonalización algorítmica en donde la desposesión, la soledad y el deterioro de las condiciones de vida se agudizaron de forma sostenida.

 Y como siempre sucede, gracias al poder de las élites que pueden comprar medios y marcar agendas y sentido común, los culpables fueron otros: grupos políticos minoritarios, migrantes, personas LGBTIQ+, feministas, los "comunistas", la falta de diversidad… En fin, todos menos la élite y la lucha de clases que subyace a todo ello.

Además, las soluciones propuestas fueron todas menos cambiar el sistema: coches eléctricos, el cierre de fronteras, las criptomonedas, la cultura de la cancelación. En definitiva, toda una era de irresponsabilidad estructural que se imprimió en algoritmos y dispositivos que, más pronto que tarde, contribuyeron a fabricar sentido y a moldear realidades. 

Por un lado, la ultraderecha encontró en las tecnologías digitales el escenario y las herramientas ideales no sólo para distorsionar los hechos, sino para construir sus propias verdades; al punto que, con la adquisición de plataformas de redes sociales y el desarrollo de inteligencias artificiales propias, ha emprendido la tarea de desfigurar la realidad y, con ella, la historia misma.

El mecanismo suele operar de la siguiente manera: utilizan redes como X —donde el algoritmo opera con una marcada parcialidad— para inundarlas de bots, troles e influencers orgánicos y sintéticos; éstos generan narrativas e interpretaciones alternativas, al tiempo que desacreditan y deslegitiman a sus oponentes mediante el acoso, la mentira sistemática y la comedia como arma política. 

Estas narrativas o están alineadas con voceros de ultraderecha o bien son escaladas rápidamente en espacios comunicativos privados y figuras políticas que atraviesan su propio proceso de "trolificación"; asimismo, mecanismos como las notas y correcciones comunitarias son instrumentalizados para atacar a contrincantes, desacreditar sus palabras o imponer interpretaciones "alternativas" sobre sus declaraciones.

Toda esta actividad es rastreada, promovida y convertida en alimento para los algoritmos de las plataformas —especialmente X y su IA Grok—, por lo que más pronto que tarde, los propios modelos de inteligencia artificial comienzan a reproducir y amplificar interpretaciones, narrativas y voces de ultraderecha. Sin embargo, la operación no se detiene en el presente: figuras de ultraderecha también están empeñadas en la reescritura de la historia. Surgen así proyectos como Grokipedia —que niega la toma del Capitolio de Estados Unidos— o experiencias en plataformas como Roblox, donde las infancias interactúan con versiones reinterpretadas de sucesos históricos, normalizando desde edades tempranas una relación distorsionada con los hechos.

No obstante, la destrucción del consenso sobre lo real y las verdades compartidas no es patrimonio exclusivo de la ultraderecha; el liberalismo progresista también ha recurrido, con notable frecuencia, a tácticas que operan directamente sobre la percepción. Bajo el amparo de causas loables —la defensa de grupos minoritarios, la justicia social, la diversidad— se han construido marcos interpretativos que, paradójicamente, terminan ocultando conflictos de poder, abusos estructurales, desigualdades materiales y, en ocasiones, la realidad misma.

 Pensemos en casos concretos: en el de Irán, se exige salvar a las mujeres de la opresión, mientras se guarda silencio cómplice ante el bombardeo de una escuela llena de niñas; en el de Israel, se promueve la imagen de un país tolerante y amigable con la comunidad LGBTIQ+, mientras se calla —o directamente se apoya— el genocidio del pueblo palestino; en el de Ucrania, se invoca la libertad y la democracia, cuando en los hechos el país fue instrumentalizado como pieza en el tablero geopolítico contra Rusia.

El discurso verde corporativo replicó la misma lógica, recordemos el caso de los autos eléctricos que fueron promocionados como una solución verde mientras ocultaban aspectos como la extracción minera, la huella energética, la obsolescencia programada o la realidad geopolítica; basta con recordar como hace apenas unos años Ricardo Anaya decía que el petróleo iba de salida… 

Visto en perspectiva, el progresismo fue pionero en el uso del activismo digital y los influencers para promover narrativas afines a sus intereses, así como en la cancelación y los linchamientos digitales, que reducían a sus víctimas a figuras monstruosas que debían ser borradas simbólicamente de todo espacio dominado por la visión progresista.
 

Lo que une a la ultraderecha y al progresismo liberal, más allá de sus diferencias retóricas, es una relación instrumental con la verdad: ambos la subordinan a la utilidad política del momento. La ultraderecha lo hace con cinismo programático, el progresismo, con la coartada moral de las buenas intenciones; pero el resultado sobre el tejido social es análogo: la erosión de los hechos compartidos, la sustitución del debate por el espectáculo y la reducción del pensamiento crítico a un ejercicio de afiliación identitaria.

 En este escenario, la disputa por la realidad y la mente se ha convertido en el campo de batalla central de nuestro tiempo: ya no se trata de convencer a alguien de que un partido es mejor que otro, sino de determinar qué es un hecho, qué es una mentira, qué ocurrió y qué nunca sucedió; quien controla esa frontera, controla el horizonte de lo posible.

 Y mientras las élites —de uno y otro signo— perfeccionan sus arsenales algorítmicos, lo que se juega no es solamente el resultado de una elección o el ciclo de un gobierno, lo que se juega es la capacidad misma de una sociedad para reconocerse en una realidad común y actuar colectivamente sobre ella.