Al ingresar por la puerta norte del Coliseo, esa que daba acceso al palco imperial, se asoma una cruz que rompe el horizonte de las antiguas graderías del anfiteatro: una cruz colocada ahí desde 1926, durante el pontificado de Pío XI, en parte como gesto político de Mussolini, que reconocía la influencia católica en la cultura italiana, pero también como recuperación simbólica de la cruz que fue ubicada al centro de la arena por Clemente X para detener el saqueo del Coliseo y honrar a los mártires cristianos, y renovada posteriormente por Benedicto XIV.
El peso de una cruz en el corazón de la propaganda imperial (Anfiteatro Flavio) no es cosa menor ni una casualidad, sino un tardío reconocimiento del poder de una comunidad que creció en la clandestinidad y la persecución: una comunidad basada en la fe en un Maestro que provocó la mayor revolución sin violencia, con un mensaje de amor al prójimo que sustituyó la lógica del individualismo por el “tener todo en común” y que, como amenaza a la doctrina política de la época, separó a la religión (Iglesia) del Estado muchísimos siglos antes de que se le ocurriera al liberalismo, al proclamar: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Tal consigna no es cosa menor: se trata de un hackeo completo a la conciencia. El gobernante no es divino; es igualmente vulnerable que cualquier ciudadano, no es infalible, no es eterno y sí es removible.
Tras 249 años de persecución, con el edicto de Milán la identidad cristiana fue legalizada; 67 años después se convirtió en religión oficial y, 1646 años después, la fe cristiana cuenta con una membresía que supera los 2,600 millones de personas entre todas sus denominaciones, siendo el catolicismo la que concentra el mayor número de adeptos (1,422 millones).
Desde Constantino a la fecha, el cristianismo ha sido apetecible para los déspotas, quienes han querido encontrar en la aprobación de los jerarcas religiosos el amuleto que legitime sus caprichos, a veces con éxito político, mas no social. Quien asume que el pensamiento cristiano es fácilmente manipulable no comprende la profundidad de lo que la cruz representa en el sistema moral de quien se asume seguidor de Cristo. Y, aunque se pueden contar episodios oscuros dentro de la historia de la Iglesia, nunca han faltado quienes alzan la voz para “volver a las sendas antiguas”.
De tal modo, en medio de las coyunturas político-religiosas que han instrumentalizado a la Iglesia, aparecen, de tiempo en tiempo, reformas profundas como la de Cluny (siglo X), la gregoriana (siglo XI), la franciscana (siglo XIII), las prerreformas de Inglaterra (siglo XIV) y Bohemia (siglo XV), la reforma florentina (siglo XV), la Reforma protestante (siglo XVI), el Concilio Vaticano II y la teología de la liberación en pleno siglo XX, y la sinodalidad en este siglo XXI.
Este preámbulo es pertinente para comprender la más reciente coyuntura imperialista, en medio de una guerra que no se atreve a llamarse religiosa, pero que en el fondo lo es. La ofensiva yankee-sionista, que comenzó con la destrucción de Gaza bajo el pretexto del derecho de Israel a defenderse, al encontrarse con la inacción de la comunidad internacional, ha podido descararse cada día, dejando ver al mundo que la visión de la llamada “mafia Epstein” es la de un genocidio cuyas proporciones alcanzan tanto el exterminio humano como cultural y religioso.
De este modo, se observa cómo los bombardeos ya no se limitan a “errores de cálculo” que destruyen núcleos civiles, sino también edificios catalogados como patrimonio histórico y cultural, e incluso centros religiosos en Gaza, Cisjordania, Irán y Líbano; además del asesinato de líderes religiosos y la obstaculización de eventos importantes como el Ramadán y la Semana Santa.
En el otro hemisferio, la mezcla del destino manifiesto, el narcisismo trumpista y el fanatismo televangélico se ha encargado de configurar la guerra de Trump como una “guerra santa”, cuya propaganda se ha encargado de tergiversar la Biblia para justificar el genocidio y afirmar la supremacía blanca, hasta llegar el grado de igualar al inquilino de la Casa Blanca con el Maestro de Nazareth, Jesús. La arrogancia trumpista llegó a tal grado que abrió un frente con el Papa León XIV por no alinearse con los intereses de la Casa Blanca.
La respuesta no ha sido favorable para el magnate neoyorquino, quien se ha ganado el repudio de importantes jefaturas de Estado en Europa —antes consideradas cercanas—, de la comunidad cristiana en su multiplicidad de expresiones, e incluso de quienes se posicionan como no religiosos; y, aún más duro, en el mismo corazón del movimiento MAGA.
La errática jugada de Donald Trump no solamente ha generado un reordenamiento moral-religioso y una necesidad de reconectar con la fe desde plataformas digitales, sino que se ha instalado una contienda narrativa bastante acalorada entre el sionismo cristiano y el cristianismo que se posiciona contra la guerra; a la vez, se percibe un rebranding religioso en redes sociales y quizá la mayor pesadilla para el imperialismo sean los puntos de convergencia que se empiezan a avistar entre expresiones del cristianismo y el islam en torno a la sacralidad de Jesús (que no acepta el judaísmo), presionando al aparato propagandista del sionismo cristiano.
Lo que no se ha podido lograr en el seno de la Asamblea General de Naciones Unidas, lo que no pudo provocar el despotismo trumpista en los canales diplomáticos de la OTAN, parece ser que lo ha logrado el Vaticano, no por la fuerza, simplemente con el rechazo a la conducta imperialista: aislar a la fiera estadounidense. Tales eventos demuestran que la batalla más grande del mundo actual no es armada, no es económica, no es diplomática, es moral, y Estados Unidos es hoy por hoy una potencia moralmente decadente.
A veces tarde, a veces a tiempo, la Iglesia reacciona; a veces desde arriba y otras veces desde abajo, pero reacciona a las tiranías. Los grandes imperios se alzan y caen, su esplendor se desmantela, pero la Iglesia, desde su naturaleza etimológica (ekklesia = asamblea), permanece y, en el panorama actual, encabeza la resistencia a la violencia imperialista, no con espada ni con ejército, sino con Espíritu: una receta probada en los primeros siglos y que ha permanecido indoblegable a través de dos milenios.
Sí, básicamente el imperialismo Yankee se ha confrontado con una cultura milenaria, una que no está concentrada en un solo territorio, sino que se extiende por todo el mundo e incluso predomina en su propia geografía y cuya ética rechaza el supremacismo y el genocidio (que incluso ha padecido), sino que se cimenta en la preferencia por los vulnerables.
La derrota más grande de Trump ha sido resultado de pretender confrontar a la cruz y el imperio; la historia ya nos advierte el resultado.