Tras el escalamiento de la guerra contra Irán por parte de Estados Unidos, algo parece haber cambiado en León XIV. Robert Francis Prevost, primer papa estadounidense electo en 2025, llegó al pontificado con un perfil más mesurado que el de su antecesor, Francisco, evitando en sus primeros meses confrontaciones y declaraciones polémicas, quizá consciente de que una voz más estridente podría profundizar las divisiones dentro de la Iglesia católica. Su apuesta inicial parecía clara: privilegiar la unidad.
Sin embargo, en los últimos días, dos episodios han modificado el tono del papa frente a Washington y, en particular, frente a Donald J. Trump. Mientras León XIV elevaba llamados a la paz —“Dios no bendice las guerras” y “¡Basta ya de la idolatría del poder y del dinero!”—, en Estados Unidos comenzaban a leerse esos mensajes como una crítica directa a la política exterior estadounidense en el contexto del conflicto con Irán.
En paralelo, un reportaje del diario The Free Press reveló un episodio aún más delicado: una reunión entre el subsecretario de Defensa, Elbridge Colby, y el entonces nuncio apostólico, Christopher Pierre, interpretada como un intento de presión hacia el Vaticano. Según esa versión, incluso se evocó el antecedente histórico del Papado de Aviñón, cuando los papas residieron bajo la influencia de la monarquía francesa tras el conflicto entre Bonifacio VIII y Felipe IV de Francia. Más que un intercambio diplomático, el episodio se percibe como un gesto de intimidación y un intento de alinear al Vaticano con la agenda geopolítica de Washington.
El distanciamiento se hizo aún más evidente este domingo 12 de abril, cuando Trump arremetió públicamente contra León XIV, calificándolo de “débil” y “pésimo en política exterior”, además de rechazar sus posturas sobre Irán y Venezuela. En un tono abiertamente personal, aseguró que el pontífice no habría llegado al papado sin su presencia en la Casa Blanca y lo acusó de alinearse con la izquierda por reunirse con figuras cercanas a Barack Obama, como David Axelrod. También le exigió “dejar de complacer a la izquierda radical” y concentrarse en su papel religioso.
No hay duda de que los tiempos en que Washington y el Vaticano convergían frente al enemigo común del comunismo han quedado atrás. Hoy, el impulso belicista y el discurso de fuerza que emanan de la Casa Blanca chocan con una voz que apela a la moderación, la diplomacia y la paz. En esa tensión —entre poder y conciencia— se abre una grieta que no es menor: el nuevo frente donde se mide el alcance moral del Vaticano frente al poder político de Estados Unidos.