Sólo el pueblo puede salvar al pueblo. Y en la defensa del maíz, el nuestro ha demostrado la profundidad de esa convicción: salvó su alimento más preciado al mantenerlo vivo en las milpas, resguardar sus semillas y organizarse frente a quienes pretendieron decidir desde fuera lo que debíamos sembrar y comer. Al recordar esta lucha, pienso en las generaciones de campesinas y campesinos que nos han legado sus colores, aromas y sabores. En sus manos ha resistido, durante milenios, una parte esencial de lo que somos como nación.
En conmemoración del Día Nacional del Maíz, en la Procuraduría Agraria celebramos, el pasado 30 de septiembre, la 16.ª conferencia del ciclo “Rescate, defensa y revalorización de los ejidos y comunidades agrarias”. Nos reunimos para rememorar ese camino y reconocer a quienes, desde las parcelas, la investigación y la organización social, han contribuido a preservar este patrimonio.
“Cuando hablo del maíz, empuño mi alma”, nos dijo el director general del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias, Alejandro Espinosa Calderón. En esas palabras se escuchaban sus años de investigación, las temporadas de siembra y el compromiso de una vida. Había conocimiento, desde luego, pero también una emoción que compartimos quienes hemos hecho nuestra esta causa.
Su relato nos llevó a aquella madrugada en que dibujamos el contorno de México con granos y el mensaje “No al maíz transgénico”. Trabajamos durante horas. Al amanecer, quienes pasaban encontraron a la patria trazada con sus propias semillas. Ahí estaban el territorio que defendíamos y el alimento que nos había dado identidad.
Aquella imagen formaba parte de un esfuerzo por encontrarnos con otros, por llevar las preocupaciones de las comunidades hasta las calles de la ciudad. Rosario Cobo González, nuestra querida Chaca e integrante de la Campaña Nacional Sin Maíz No Hay País, lo recordó con una expresión precisa y hermosa: “Había que acercar el surco a la banqueta”.
Acercarlos significaba reconocernos: quienes sembraban y quienes compraban una tortilla compartían un mismo destino. De esa conciencia nació una convocatoria que sigue vigente y que Rosario volvió a poner entre nosotros: “Salvar al campo es salvar a México”.
La campaña surgió en 2007 y, dos años después, impulsó desde la sociedad civil esta conmemoración. Compartir los primeros elotes se convirtió en una oportunidad para analizar problemas, formular propuestas y fortalecer alianzas. La alegría de la cosecha llevaba consigo una exigencia de justicia.
Al recorrer esa historia, Dulce María Espinosa de la Mora, también integrante de la iniciativa, recuperó una pregunta que nos obliga a detenernos: “¿Qué tan independiente puede ser un país que depende cada vez más de las importaciones para alimentarse?”. La respuesta compromete nuestro presente y nuestro futuro, porque la autonomía de una nación también se sostiene en su capacidad de producir lo que necesita para vivir.
Las presiones externas nos han mostrado la dimensión de ese desafío. El gobierno de Estados Unidos impugnó, mediante el T-MEC, las restricciones mexicanas al uso de maíz genéticamente modificado en masa y tortillas, así como las disposiciones para sustituirlo gradualmente en otros usos alimentarios. La controversia alcanzó uno de los productos más entrañables de nuestra mesa.
Desde mi perspectiva, ahí se expresó una pretensión injerencista: condicionar nuestras decisiones en beneficio de intereses comerciales externos. Hasta en la tortilla quisieron mandar. Frente a ello, reivindico el derecho a proteger el patrimonio biocultural y a construir una política alimentaria que responda a las necesidades de la población.
La defensa continuó. El impulso de protección promovido durante el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador encontró continuidad con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. La reforma constitucional publicada el 17 de marzo de 2025 incorporó la conservación de los maíces nativos, estableció que su cultivo debe estar libre de modificaciones genéticas como las transgénicas y fortaleció el reconocimiento del sistema milpa.
Esa conquista lleva la huella de una larga resistencia social. Su raíz está en quienes nunca abandonaron la tierra.
De esa perseverancia nos habló la productora de Milpa Alta, Maricela Leyva Tapia: “Nuestras semillas son nativas y las conservamos desde hace varias generaciones”. Al escucharla, pensé en todo lo que cabe en ese resguardo: la enseñanza de los abuelos, el trabajo de sus padres, la selección cuidadosa de una mazorca y la esperanza de volver a sembrar.
Ella y su esposo reciben a niñas y niños que aprenden a cultivar y cosechar sus propios elotes. Comenzaron con una parcela pequeña; ahora quieren una más grande. Esa imagen me llena de esperanza: la herencia encuentra nuevas manos, despierta curiosidad y abre camino al porvenir.
Su compañero nos habló también del cansancio, de las jornadas largas y de las cuentas que a veces apenas alcanzan. En medio de esas dificultades, afirmó: “El trabajo del campo es muy cansado, pero me llena de satisfacción”. Su orgullo merece una respuesta a la altura del esfuerzo que realiza.
Por eso, el agradecimiento debe traducirse en condiciones dignas, precios justos y respeto a los derechos de quienes nos alimentan.
Mi reconocimiento especial a las mujeres campesinas: ellas seleccionan semillas, atienden los cultivos, transforman las cosechas y transmiten saberes. Su presencia sostiene la cultura alimentaria y debe corresponderse con acceso efectivo a la tierra y participación plena en las decisiones comunitarias.
Desde la Procuraduría Agraria, asumo que rescatar, defender y revalorizar los ejidos y las comunidades agrarias forma parte de esta misma causa. Acompañar su organización y proteger la propiedad social contribuye a mantener las condiciones que permiten conservar nuestra diversidad agrícola.
En la milpa conviven el frijol, la calabaza, los chiles, los quelites y el maíz. A su alrededor se reúnen conocimientos, afectos y formas de cooperación. De ahí vienen muchos de los ingredientes que, convertidos en tamales, atoles, esquites y tantos otros platillos, nos ofrecen el gusto de reconocernos en lo que comemos.
A ustedes, campesinas y campesinos, mi gratitud por esa resistencia milenaria. Gracias por sostener nuestros deliciosos maíces, compartir su sabiduría y entregar a las nuevas generaciones una herencia viva. Cada cosecha nos recuerda que la soberanía también se cultiva.
¡Sin maíz no hay país, y sin quienes lo siembran no hay futuro!