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  • hace 9 horas
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Machismo viral de Turquía a México

Machismo viral de Turquía a México

Por Ilich Paz Radillo

La tercera temporada de El Cementerio me dejó pensando cómo el odio contra las mujeres encontró casa en el mundo digital. Se disfraza de consejo, humor o entretenimiento, forma comunidades y alcanza a públicos cada vez más jóvenes. La serie habla desde Turquía, pero su advertencia también toca a México: mientras las redes aceleran los discursos machistas, las instituciones aún fallan al prevenir, investigar y sancionar la violencia feminicida.

Aquí, esa historia tiene nombres. Ciudad Juárez y el Campo Algodonero marcaron una época que igualmente nos marcó a una generación entera. Décadas dMUWEespués, Lesvy Berlín, Debanhi Escobar, María Fernanda Contreras, Yolanda Martínez, Ingrid Escamilla, Ariadna Fernanda López y Claudia Tacoronte expusieron, con diferencias en cada caso, fallas de búsqueda, versiones contradictorias, filtraciones y autoridades que pusieron bajo sospecha a las víctimas antes que investigar a los responsables. En el caso de Lesvy, la procuraduría capitalina del entonces jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera difundió datos de su vida privada, y sostuvo al inicio la hipótesis del suicidio. La exigencia de su familia obligó a investigar con perspectiva de género; en 2019, un tribunal condenó a Jorge Luis González Hernández por feminicidio agravado.

Debanhi quedó convertida en una fotografía junto a la carretera y, después, en combustible para teorías y exclusivas. Ariadna Fernanda reveló un choque grave entre fiscalías: Morelos habló de broncoaspiración por intoxicación alcohólica; una nueva necropsia en la Ciudad de México comandada por Claudia Sheinbaum, en ese entonces jefa de gobierno, sostuvo que murió por trauma múltiple. El problema no fue sólo la contradicción. También fue la facilidad con la que una versión institucional pudo poner otra vez el foco sobre la conducta de una mujer asesinada.

La violencia no nació en internet, pero ahora encuentra público con una rapidez inédita. Un adolescente no necesita entrar a sitios clandestinos y oscuros. Basta con mirar unos segundos un video para que el algoritmo le ofrezca otro. Así aparecen los llamados “machos alfa”, que venden el control como liderazgo, los celos como carácter y la falta de empatía como fortaleza. También circulan contenidos que presentan la obediencia y el servicio doméstico como destino natural de las mujeres.

El mensaje gana fuerza cuando lo repiten figuras conocidas. Javier “Chicharito” Hernández defendió roles tradicionales y pidió a las mujeres dejarse guiar por los hombres. El Temach transforma el resentimiento de algunos jóvenes en identidad mediante su “modo guerra”. Adrián Marcelo ha convertido comentarios sobre mujeres, feminicidios y salud mental en materia de entretenimiento. Ninguna frase provoca por sí sola un feminicidio, pero la repetición vuelve familiares ideas que colocan a las mujeres en el sitio de quienes deben obedecer, servir o aguantar.

El paso del discurso al crimen ya ocurrió en escuelas mexicanas. En septiembre de 2025, un joven de 19 años, ligado por sus propias publicaciones al lenguaje incel, asesinó al estudiante Jesús Israel en el CCH Sur e hirió a un trabajador. En marzo de 2026, un alumno de 15 años mató a las profesoras María del Rosario y Tatiana en la preparatoria Antón Makárenko, en Lázaro Cárdenas, Michoacán. Horas antes mostró el arma y difundió referencias asociadas con esa subcultura misógina; la investigación examinó esos vínculos. Los casos no prueban que todo joven aislado sea violento ni que cada ataque escolar tenga origen incel. Sí muestran el riesgo de comunidades que convierten el rechazo, la frustración y el odio a las mujeres en identidad colectiva, y que presentan la violencia como revancha.

Los medios tampoco están fuera del problema. La velocidad, la exclusiva y los likes que generan alcance y dinero no pueden sustituir la verificación ni la ética periodística y humana. En el caso de Ingrid Escamilla, medios y cuentas difundieron imágenes periciales de su cuerpo que debían permanecer reservadas a la carpeta de investigación. Las reformas conocidas como Ley Ingrid respondieron a esa indignación, pero ninguna ley puede recoger por completo una imagen que ya circuló.

Como hombre, no puedo tratar esta violencia como un problema ajeno. Preguntar qué hizo una mujer, por qué estaba allí o por qué no se alejó a tiempo desplaza la culpa hacia la víctima. Decir que un agresor “perdió la cabeza por amor” minimiza la violencia y disfraza el control y los celos de pasión. Guardar silencio ante una amenaza, una humillación o una broma machista también abre espacio al abuso. 

Los hombres debemos aprender a reconocer el miedo, la tristeza y la frustración sin convertirlos en dominio o violencia. La verdadera fragilidad aparece cuando alguien necesita someter a otra persona para sentirse fuerte. Allí radica la pertinencia de El Cementerio: la serie no sólo expone a quienes ejercen la violencia, también obliga a mirar los silencios, prejuicios y complicidades que les permiten avanzar.

La respuesta exige educación digital, coberturas que protejan a las víctimas, rutas de ayuda visibles y autoridades capaces de actuar antes de que una desaparición se convierta en espectáculo. También exige medios que no premien el odio con audiencia ni confundan alcance con relevancia. El Cementerio habla desde Turquía, pero el machismo mexicano obedece el mismo mandato: ellos ordenan y ellas se someten. 

Ese discurso ya tiene perfiles, seguidores y millones de reproducciones. Nos toca quitarle audiencia, romper el silencio y actuar antes de que la siguiente víctima se convierta en tendencia.