Sé que lo que veo colgado en el muro no es un rostro, ni un cuerpo. Es claro que no es más que un trozo de tela con pintura embarrada de forma calculada y precisa para provocar una ilusión; el engaño de que ese cuadro tiene la capacidad de vernos. Me ve a los ojos y yo recuerdo a mi mamá cuando decía no debía ver a los adultos a los ojos y entonces estoy aquí, de pie en esta sala, viendo de frente y a los ojos a este hombre vestido de charro, quien, desde el muro, me sostiene la mirada.
Está ahí parado en un espacio, sin piso, sin montañas, sin horizonte. Está sostenido en una especie de luz que se difumina hacia afuera en rosa que contrasta con sus botas sucias y cafés que se funden con un pantalón que las cubren parcialmente.
Él, con su sombrero y un bigote grueso que atraviesa la cara de lado a lado para terminar, en ambos lados hacia arriba, contradiciendo la comisura de los labios que se niegan a sonreír, aunque siendo sinceros, es difícil imaginar a este hombre esbozar una risa mientras ve el horizonte sin interés alguno. Y es verdad, él parece ser de esos que nacieron para vivir con el rostro adusto.
¿Qué vigila este hombre desde la pintura en la pared? ¿Sabrá que es el retrato de alguien que está muerto hace muchos años?
Él espera, con los dedos de la mano izquierda en la entrada del pantalón y con la mano derecha colgando cerca de la funda del revolver que más bien se adivina, pues la cacha está cubierta por una chaqueta del mismo color verde olivo del que es el resto del traje, todo, salvo la blanquísima camisa que es adornada con una corbata roja. Él espera y me ve parado frente a él y yo desvío la mirada. Siento cómo ve, mientras yo volteo hacia otro lado un poco intimidado por esa mirada seca y fuerte. Mientras mi mirada huye, veo a una mujer que está unos metros hacia mi derecha en otro lienzo, lejos, con el abismo insalvable de la pared que hay entre cuadro y cuadro. Ella me ignora pues está de espalda y gira hacia la izquierda para ver su mano donde flota un corazón.
Mientras veo a lo lejos a esta hermosa mujer con la piel de madera, se detienen entre el charro y yo una pareja que mira con reverencia el cuadro, aquel charro me busca con la mirada a pesar de que ellos están parados entre nosotros. Siento cómo los atraviesa y me encuentra, parado, oculto detrás esta ellos.
Ella habla de una persona que no está ahí, que es un recuerdo hecho leyenda, es decir, falseado, reinventado una y otra vez, exagerado, santificado, discutido y retratado de múltiples formas y colores. Ella pretende conocer la historia de cómo murió, de sus caballos, de su pelea con el presidente, pero en su discurso de escuela, ella ignora que ese cúmulo de pintura embarrada en esa tela no es aquel de quien habla, que sus ojos pintados ahí miran un horizonte de un salón que nunca conoció el muerto que un día posó para la foto que un pintor, muchos años después, usó para hacer este cuadro, que es parte de la multiplicación de ideas y sueños que ya no existen.
Él acompañante, con su mochila colgada en la espalda, finge que escucha atento. No hace ningún comentario y espera. Ella calla y avanzan hacia la derecha. Se paran frente a la mujer que ve su corazón flotando en la mano. Ven en silencio. No dicen nada y avanzan.
No dan importancia a la lastimosa belleza de su piel de madera que alberga en la espalda el agujero que anuncia el nido del ave roja que está flotando justo detrás de ella con las alas extendidas. Ella, desde su lienzo, ignora a aquellos que invaden su privacidad, aunque sólo se hayan parado un momento. No deja de ver ese corazón, que no sangra ni late, al tiempo que unas largas espinas se extienden desde abajo para enredarse en el vestido rojo de madera y terminan en rosas rojas furtivas y salvajes que esperan que ella, el corazón o el pájaro rojo que vuela detrás de la espalda-nido rompan violentamente el equilibrio triste en que están suspendidos.
Ella, la mujer de madera sigue viendo resignada el corazón que flota quieto, bello, vacío y sin vida, mientras la esperanza de vida solamente se ve en el gran tocado de flores que tiene en la cabeza. Es una mujer hermosamente triste. La veo, pero sé que el charro sigue ahí, vigilándome, esperando que regrese a él, mientras, espera.
¿Qué será esa cosa dorada que cuelga del chaleco del charro? Pareciera un artilugio mágico, que espera pacientemente colgado, con sus cadenitas de oro a que el hombre que simula ser aquella pintura, lo tome y después de un complejo hechizo, lo ayude a huir de aquel marco dorado que es la frontera de su pequeño mundo, que quizá sólo es una ventada desde donde ve el pequeño salón donde cuelga la pintura.
También puede ser una especie de reloj o un silbato. No sé, pero lo dorado llama la atención en un traje tan pulcro, sin bordados, sin desplantes. Ahora que lo pienso, me recuerda al diablo en Macario con sus monedas de oro bordadas en el pantalón y resuena en mi memoria el golpe del fuete contra la pierna para hacer sonar el choque de las monedas para llamar la atención y dejar de manifiesto el valor del oro bordado en el traje.
Me gustaría dar un salto hacia él y preguntarle acerca del objeto dorado que no puedo dejar de ver, pero me da un poco de miedo el abismo rosado, sin horizontes, sin piso, sin referencias donde está él. Él flota plácidamente, pero yo nunca me he despegado del suelo. También me desanima saber que, aunque yo esté junto a él, seguiría viendo hacia horizonte, sin darse cuenta de mí, seguirá esperando.
Digo todo esto sabiendo que enfrente de mí no hay nadie, sólo una tela pintada con un bello marco, participando de un engaño largamente perfeccionado a través de diversas miradas inmersas en diferentes épocas, escuelas, tradiciones, materiales, tecnologías, efectos, ideologías, todo para hacer que las telas pintadas se fundan con realidades ajenas e inexistentes. Todo esto, de la misma manera que mi mundo.
Yo también estoy atrapado, sólo que en esta vieja postal que retrata una calle de una ciudad desaparecida. No se ve mucho desde este escritorio donde recargaron la vieja fotografía donde quedé capturado por accidente, viendo a la cámara sin que el autor se percate que yo estuve ahí.
Estoy de pie, viendo hacia el frente, sin pasado, sin nada que lo que puedo ver sin poder girar la cabeza, sin moverme, pero también sin cansancio. Soy consciente de cada rincón de la calle fotografiada, de las palomas, de las ventanas, de los caballos y niños que corren paralizados en el tiempo. Desde hace años no hablo con nadie capturado en este pequeño espacio.
Estoy claro, esta calle, el cielo claro, los muros, la prisa de una mujer que camina aprisa detrás mío, el vendedor de helado, la única nube, la esperanza de la niña sentada en el césped, todo lo que está en la postal, todo, todos somos sólo tinta impresa de una manera estratégica para provocar el engaño de que el espectador está viendo una calle que ya no existe, donde estoy viendo frente a la cámara, esperando, sólo esperando.