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Identidad, territorio y representación en el medio tiempo de Bad Bunny

Identidad, territorio y representación en el medio tiempo de Bad Bunny

Por Ilich Paz Radillo

Más allá de lo deportivo, el espectáculo de medio tiempo del Super Tazón LX ofrecido por Bad Bunny trascendió el formato de entretenimiento musical para convertirse en un texto cultural de alta densidad simbólica en un contexto deportivo dominado históricamente por la cultura anglófona. 

A lo largo de 13 minutos de actuación, el astro puertorriqueño articuló un discurso visual y sonoro sobre identidad, territorialidad y pertenencia, reconfigurando uno de los escenarios mediáticos más influyentes no solo en Estados unidos, sino a nivel global.

En el marco de un álgido ambiente social en Estados Unidos por las agresivas políticas del gobierno del presidente Donald Trump contra todo lo que no entra en sus cánones de “ser estadounidense”, la música urbana funcionó como lenguaje, pero también como vehículo político y cultural. 

El espectáculo no solo dialogó con la audiencia global del Super Bowl: interpeló directamente al imaginario de “América”, cuestionando tanto quiénes la integran y desde dónde se define.

Desde su apertura, el performance construyó una narrativa que apeló a la cotidianidad caribeña, a la memoria insular y al orgullo cultural de una isla que es territorio libre asociado a Estados Unidos.

La escenografía, inspirada en los cañaverales, calles, casas y espacios comunitarios, se sumó al vestuario del artista que apenas una semana antes había hecho historia en los premios Grammy, con referencias directas a su identidad personal, además de los elementos que retomaron la presencia de los migrantes que cada día contribuyen con la economía estadounidense. 

Su vestuario, un conjunto blanco con la palabra “Ocasio” y el número 64, funcionó como un significante de identidad personal: no solo una camiseta deportiva, sino un gesto de autoafirmación de su origen y su ascendencia puertorriqueña. 

Este atuendo alude a su nombre real, Benito Antonio Martínez Ocasio, y simboliza un puente entre lo íntimo y lo colectivo, entre lo familiar y lo cultural en el escenario de mayor exposición mediática global.

De esta forma, con una participación completamente en español en el espectáculo más estadounidense por excelencia, funcionó como un significante de autoafirmación de una identidad hispana que se nombró a sí misma frente a prácticamente todo el mundo.

A lo largo de los minutos, todos los elementos tenían una intención. No fue gratuita la referencia directa a Hawái por parte de Ricky Martin, uno de sus dos invitados especiales. La otra fue Lady Gaga, bailando y cantando ritmos latinos. 

Desde una lectura semiótica, Hawái operó como territorio espejo de Puerto Rico: ambas islas, ambos con historias marcadas por procesos de anexión, desplazamiento cultural y relaciones muy asimétricas con Estados Unidos.

Para efectos reales, en el contexto del Super Tazón, Puerto Rico y Hawái evocaron a todas las “Américas” no continentales, aquellas que existen dentro del mapa político estadounidense, pero permanecen fuera del centro simbólico del relato nacional escrito y ordenado desde Washington D.C., o Mar-A-Lago.

Fue un medio tiempo en el que no sonaron los clásicos acordes del country, el rock o el hip-hop de los barrios. Sonaron los ritmos latinos en el contexto de que la música en español avanzó en las mediciones anglo de consumo musical vía “streaming”.

Es así como La aparición de Lady Gaga introdujo una capa estratégica dentro del discurso del espectáculo. Gaga, quien ya fue la encargada de dicho espectáculo hace unos años, fue el puente entre el “star system” anglosajón, la espectacularidad pop y la continuidad institucional del evento; legitimando la presencia de Bad Bunny. 

Reconociendo que el centro del espectáculo, del mensaje y la misma sociedad estadounidense ha cambiado, mandó el mensaje de que la música latina ya no ocupa el espacio de lo “alternativo” o lo “exótico” en una forzada inclusión cultural, sino que dialoga en igualdad de condiciones con el pop global. En contraste con discursos excluyentes que habían rodeado la elección del artista.

Por otra parte, La participación de Ricky Martin fue un guiño a la primera gran irrupción latina en el mainstream estadounidense a finales de los 90, con el “boom latino”, en una época en la que la representación latina estaba mediada por el “crossover”, en el que los pocos elegidos, debían cantar en inglés y ceñirse a las dinámicas de la estética anglosajona.

Ejemplo de ello, Selena Quintanilla con el disco que dejó inconcluso debido a su asesinato, el mismo Ricky Martin con Livin’ la Vida Loca o Shakira con su Laundry Service.

De esta forma, la presencia Martin junto a Bad Bunny construyó un relato de continuidad histórica: del pop latino aceptado bajo ciertos códigos, al urbano latino que hoy se autodefine, se nombra y se politiza. No fue el elemento de nostalgia, sino como testigo del tránsito cultural y generacional que permite entender el momento actual.

En todo ese entramado en el que hasta quiénes aparecieron como invitadas e invitados a La Casita, Bad Bunny se posicionó como un autor y narrador de una América plural, bilingüe y culturalmente consciente, que ya no pide permiso para ocupar el centro del escenario. Y que incluye no solo a Estados Unidos, sino que va de Canadá hasta la Patagonia. 

Asimismo, la aparición de múltiples banderas latinoamericanas extendidas por el escenario mientras Benito mencionaba a cada uno de esos países, constituyó un acto performativo de visibilidad que resignifica el centro del evento como espacio de reconocimiento de diversidades culturales dentro del imaginario deportivo global y un claro recordatorio… América es un continente, no solo un país. 

Como cereza de este gran pastel y clara declaración política, llegó al final con la frase “Together we are America” (Juntos, somos América), inscrita en un balón de futbol americano que dejó sobre el césped antes de concluir su actuación. Este gesto visualiza una redefinición de la noción de “América” como un concepto que trasciende fronteras, nacionalidades e idiomas, invitando a un sentido plural de comunidad… Y a creer en nosotros mismos.