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¿Desempleo o explotación? El costo de la inacción política en el mundo laboral

¿Desempleo o explotación? El costo de la inacción política en el mundo laboral

Por Ernesto Ángeles .

En los últimos días aparecieron en redes sociales los videos del ex CEO de Google Eric Schmidt y de la ejecutiva inmobiliaria Gloria Caulfield, ambos pronunciaban discursos en ceremonias de graduación y, justo cuando mencionaron el tema de la inteligencia artificial, recibieron fuertes abucheos de los asistentes, por lo que los oradores quedaron visiblemente desconcertados.

La interpretación que ha prevalecido ante estas imágenes es el rechazo y el recelo de las nuevas generaciones hacia el impacto que la inteligencia artificial tendrá en sus carreras y en su futuro laboral. Y se trata de una reacción más que comprensible: entre los sectores más golpeados por esta ola se encuentran los llamados “trabajos de entrada”, es decir, los puestos pensados para recién graduados, en donde quienes los ocupan no solo están siendo desplazados, también están soportando cargas laborales más pesadas y extenuantes.

Este escenario coincide con la última publicación de The Economist, titulada “Prepare for an AI jobs apocalypse”. Allí se retrata un futuro laboral complejo, lleno de retrocesos, sustitución de trabajadores y un extendido rechazo y miedo social frente al impacto de la inteligencia artificial en el empleo.

Todo esto podría llevarnos a pensar que la inteligencia artificial es una amenaza en sí misma, y al hacerlo diluiríamos la responsabilidad de empresas, empresarios y políticos. Porque el futuro que se está edificando no brota de la nada: es el resultado de tendencias ya existentes, como la crónica desigualdad, la hiperconcentración del capital y un neoliberalismo financierista que antepone la especulación de corto plazo a cualquier lógica de bienestar productivo y social.

No es que la inteligencia artificial tenga una intencionalidad propia, lo que sucede es que las élites han encontrado en esta tecnología la herramienta ideal no solo para explotar y profundizar esas tendencias, sino también para revertir conquistas sociales que habían costado décadas, al punto de poner en riesgo la propia democracia.

Una de las batallas más perjudicadas por esta reconquista de las élites es la de los derechos laborales. Armadas con algoritmos, modelos de inteligencia artificial y robots, las élites han roto el equilibrio de fuerzas y prosiguen con el proyecto de expulsar a la clase trabajadora de la lógica del mercado, ya hasta hay quienes hablan ya de trascender incluso la necesidad misma de la fuerza de trabajo.

Mientras se agita la amenaza de un mundo asolado por el desempleo y la supuesta obsolescencia del ser humano, en paralelo avanza una agenda que reduce derechos laborales al tiempo que dispara las exigencias de rendimiento, productividad y eficacia. Y atención: esto no significa que la amenaza del desempleo masivo sea una fantasía, significa que el fenómeno es más complejo, porque el trabajo humano seguirá siendo necesario: la cuestión de fondo no es únicamente si habrá empleo, sino en qué condiciones se ejercerá.

Por eso resulta urgente ampliar la discusión pública acerca de los riesgos y los retrocesos laborales que está trayendo consigo la inteligencia artificial. En muchos casos se está colocando a los propios empleados a entrenar los modelos de inteligencia artificial que los suplantarán en el corto plazo; esto vulnera no solo derechos, sino la dignidad misma de quienes trabajan. Y se trata tan solo de un ejemplo dentro de una serie de problemáticas más amplias.

Aunque el rechazo de las nuevas generaciones no constituye una sorpresa, sí debe preocuparnos; es previsible que crezca una actitud social negativa hacia esa tecnología, algo que en última instancia podría afectar su implementación a nivel nacional, el punto es crítico si lo situamos en el contexto de un mundo en competencia permanente.

El problema, por tanto, no es tecnológico sino político: la inteligencia artificial no decide por sí sola cómo se reparten sus beneficios ni quién carga con sus costos, esas son decisiones que toman personas con nombre, apellido e intereses concretos. Y en ausencia de marcos regulatorios sólidos, de sindicatos fuertes y de una ciudadanía informada, esas decisiones seguirán adoptándose en los consejos de administración de unas pocas corporaciones globales, lejos de cualquier deliberación democrática.

En este contexto, la reacción de los graduados que abuchearon a Schmidt y Caulfield adquiere una dimensión que va más allá del desahogo emocional, expresa, aunque de manera todavía dispersa, una conciencia naciente sobre el carácter político de la transformación tecnológica en marcha.

Porque si algo ha demostrado la historia de las grandes revoluciones tecnológicas es que sus consecuencias sociales nunca fueron inevitables: fueron negociadas, disputadas y, en muchos casos, revertidas o moderadas por la presión organizada de quienes tenían más que perder. La diferencia, en esta ocasión, es la velocidad, la inteligencia artificial avanza a una escala y un ritmo que desbordan por completo la capacidad de respuesta de las instituciones tradicionales.

El verdadero riesgo no es que la inteligencia artificial nos reemplace, el verdadero riesgo es que, mientras debatimos si eso va a ocurrir o no, se consolide un orden laboral y social en el que el trabajo haya perdido su centralidad como mecanismo de distribución sin que hayamos construido nada que lo sustituya.