Hace casi veinte años, el Dr. Brendan D. Kelly inició en las páginas de la revista médica The Lancet lo que hoy podríamos considerar la "investigación" más persistente y una delicada sátira de la medicina moderna. Con la seriedad de quien analiza un brote epidemiológico, Kelly se dedicó a analizar 20 novelas románticas médicas para entender qué espera la gente del personal de salud.
Los hallazgos, actualizados recientemente en su entrega de 2026: “Romance médico: amor eterno” (Lancet,407, 14 febrero 2026) son fascinantes: mientras el personal de salud se debate entre guías de práctica clínica y expedientes electrónicos, el mundo imagina que las salas de urgencias, las unidades pediátricas y los entornos de medicina aérea (ambulancias aéreas) siguen siendo los "epicentros" de la pasión donde los corazones revolotean y los límites profesionales se disuelven en un suspiro, creando tramas de un “amor eterno” entre médicos, enfermeras y pacientes.
Este 14 de febrero, con el simbolismo del Día del Amor y la Amistad, vale la pena detenernos en la ironía de Kelly. Su estudio nos dice que, para el imaginario colectivo, las enfermedades no se curan solo con antibióticos de última generación, sino a través del "coraje y la proximidad física". Es un recordatorio, quizás un poco incómodo para los tecnócratas, de que la medicina es impulsada por la emoción tanto como por la evidencia científica.
En la ficción que Kelly analiza, el amor siempre triunfa sobre la enfermedad, la tecnología médica y la informática de los datos. En el día a día de nuestras unidades médicas en México, esa "pasión" de la que habla el autor se traduce en algo mucho más terrenal y urgente: la mística del servicio. Aquí es donde debemos ser enfáticos con nosotros mismos y con el sistema: "los hospitales son solo edificios si no se cuida el componente humano".
Podemos equipar quirófanos con robótica de vanguardia y presumir de sistemas digitales que conectan a todo el país; pero si el médico, la enfermera, el camillero o la recepcionista están emocionalmente agotados, el edificio es solo un cascarón vacío.
Kelly, con su humor irlandés, menciona que realizó este último estudio con "escaso respeto por su propia salud mental". Aunque lo dice en broma, toca una fibra sensible. La salud mental de quienes cuidan es el cimiento invisible de cualquier hospital. No existe tecnología capaz de reemplazar la mirada de un médico que realmente escucha, o la mano de una enfermera que reconforta en el momento de mayor vulnerabilidad.
En el contexto actual de México, donde estamos rediseñando la arquitectura de nuestra salud pública hacia la universalidad, corremos el riesgo de enamorarnos de las métricas y los ladrillos. El análisis de Kelly nos advierte, casi sin querer, que el público busca la "humanidad" en la bata blanca. Para que un hospital sea un lugar de sanación y no solo una fábrica de diagnósticos, debemos invertir deliberadamente en las personas. Cuidar el componente humano significa entender que el personal de salud no es una pieza intercambiable de una maquinaria, sino el alma misma del sistema.
Kelly observa que en la última década han aparecido "estrellas de la psiquiatría" y "bebés milagro" en las tramas románticas de las novelas. En nuestra realidad, el milagro es que, a pesar de las carencias y la presión, el personal sigue encontrando motivos para la empatía.
Pero la vocación no es un recurso inagotable; requiere mantenimiento, respeto y condiciones dignas. Este 14 de febrero, la reflexión no debe ser solo sobre el afecto romántico que satura las pantallas, sino sobre la solidaridad gremial y el compromiso institucional de proteger nuestra propia humanidad.
Si algo nos enseña la persistencia de estas novelas de romántica médica es que la sociedad se niega a ver la medicina como un proceso puramente mecánico. Quieren pasión, quieren cercanía, quieren humanidad. Nosotros, como responsables de la salud pública, tenemos la obligación de asegurar que nuestros hospitales no sean solo cemento y acero. Deben ser espacios donde el componente humano sea el recurso más valioso y mejor cuidado. Al final, como bien concluye Kelly, la pasión por el servicio sigue siendo -y siempre será- profundamente más significativa que la estadística fría de los números.
Hagamos que el Día del Amor y la Amistad sirva para recordar que, detrás de cada estetoscopio, de una bata blanca o una cofia hay un corazón que también necesita ser atendido. Porque un sistema de salud que no ama a quienes lo sostienen, es un sistema que tarde o temprano terminará por fallar