Desde el final de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos ha sostenido una hegemonía global cimentada en su poder económico, financiero y militar. En teoría, ese liderazgo implicaría una responsabilidad histórica: guiar al mundo hacia una prosperidad compartida, equilibrada y respetuosa de la soberanía de los pueblos. En la práctica, esa promesa ha sido letra muerta.
Desde 1945, los presidentes estadounidenses han ido y venido, pero la lógica de su política exterior ha permanecido intacta: intervenir, desestabilizar y condicionar la vida política de cualquier país que se salga del guion impuesto desde Washington. No ha importado si los gobiernos eran democráticamente electos, si contaban con respaldo popular o si incluso fueron aliados en el pasado. Para el imperio, la lealtad es desechable y la soberanía ajena, negociable.
Estados Unidos ejerce un puño de hierro sobre el sistema internacional. Lo verdaderamente alarmante no es solo la fuerza con la que lo hace, sino la ausencia de actores dispuestos a confrontar seriamente ese dominio y proponer un nuevo paradigma global. El orden actual se asemeja más a un patio de escuela controlado por un solo abusador que a una comunidad internacional atemorizada
Lo ocurrido en Caracas durante la madrugada del 3 de enero vuelve a confirmar esta realidad. Donald Trump actuó con la tranquilidad de quien se sabe impune, de quien entiende que sus acciones no tendrán consecuencias reales. Con el paso de los años, la arrogancia estadounidense ha dejado incluso de disfrazarse: antes, al menos en el discurso, intentaban maquillar sus intenciones bajo conceptos como “democracia”, “libertad” o “seguridad internacional”. Hoy, ni siquiera eso. Dicen abiertamente que van por el petróleo venezolano. El descaro ha sustituido a la diplomacia.
Esta impunidad se extiende también a sus aliados estratégicos —Israel, Reino Unido, Francia— que actúan con la certeza de que no serán juzgados por violaciones a los derechos humanos, saqueos sistemáticos o crímenes de guerra. El derecho internacional parece aplicarse solo a los vencidos; los poderosos juegan con reglas propias.
A lo largo de las últimas décadas han existido intentos tímidos de cuestionar la autoridad estadounidense, pero ninguno lo suficientemente sólido ni valiente como para generar un contrapeso real.
El momento histórico actual nos obliga a preguntarnos si no ha llegado la hora de unir esfuerzos para cambiar esta realidad que se nos ha presentado como inevitable. Estamos ante la oportunidad de romper la inercia. Hoy se necesita más militancia, más politización, más presencia en las calles. El mensaje debe resonar sin ambigüedades en todos los rincones del planeta: el mundo no es una colonia de Estados Unidos.
Pero la protesta simbólica no basta. También es necesario analizar qué condiciones han permitido esta impunidad estructural y comenzar a desmantelarlas. Una de las más evidentes es el dominio económico que Estados Unidos ejerce, particularmente sobre América Latina. En ese sentido, incluso acciones individuales —como un boicot económico consciente, dejar de consumir productos estadounidenses o reducir el consumo de su industria cultural— pueden parecer insignificantes, pero funcionan como granos de arena capaces de desgastar un engranaje gigante.
Otro eje que empieza a tomar forma, al menos en el discurso de líderes como Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro, es la idea de una alianza continental. Una región que actúe de manera coordinada enviaría un mensaje claro: ningún acto de injerencismo será tolerado sin respuesta colectiva. Ir más allá implicaría pensar en un bloque regional fuerte, al estilo de la Unión Europea, con mecanismos económicos comunes e incluso una moneda compartida. Ampliar proyectos como los BRICS hacia América Latina podría ser una vía para diversificar dependencias y reducir la vulnerabilidad frente a sanciones externas.
Si Estados Unidos utiliza bloqueos económicos como arma política, ¿por qué no responder con la misma lógica desde una posición continental? Aislar al agresor, desmontar el relato de salvador democrático y exponer la violencia estructural de su política exterior. El obstáculo, por supuesto, es evidente: para que este proyecto deje de ser un sueño, se requiere una convergencia de voluntades políticas y líderes con valentía histórica.
Otra vía de presión reside dentro del propio territorio estadounidense. Millones de mexicanos, venezolanos, chilenos, argentinos y latinoamericanos viven allí. Si esas comunidades se organizaran, se manifestaran, bloquearan calles y exigieran el fin del injerencismo, el mensaje sería contundente. Al final, todos los imperios caen desde dentro, erosionados por las grietas que no supieron atender.
La realidad es clara: debemos dejar de tratar estas ideas como utopías y comenzar a exigir, de manera continental y articulada, un cambio profundo de paradigma.