El orden mundial de 2026 atraviesa una de sus pruebas más severas. El recrudecimiento del conflicto en el Medio Oriente -con la participación directa de potencias como Estados Unidos, Israel e Irán- ha dejado de ser un evento geográficamente confinado para transformarse en un sismo que sacude las estructuras de bienestar en todo el planeta. Para nuestra nación, el desarrollo de una “geopolítica de la escasez” no es un eco lejano, sino una presión inmediata sobre la seguridad de nuestras cadenas de suministro y el funcionamiento de nuestro sistema de salud.
Por mucho tiempo, se prefirió depender de suministros extranjeros de menor costo, con la dependencia de Principios Activos Farmacéuticos (API, por sus siglas en inglés: Active Pharmaceutical Ingredients) provenientes de Asia, en lugar de producir lo propio. Esta política hoy choca con una realidad donde las rutas comerciales se vuelven frágiles, volátiles y, en momentos críticos, se restringen por la incertidumbre bélica, el encarecimiento del transporte, el aumento en primas de seguros y los reacomodos de prioridades nacionales.
La industria farmacéutica global se ha organizado durante décadas bajo una lógica de concentración: la producción de APIs y precursores tiende a agruparse en pocos polos manufactureros, y el resto del mundo se acostumbra a comprar “eficiencia” empaquetada en contenedores. Ese diseño -rentable en tiempos estables- se vuelve un talón de Aquiles cuando los conflictos alteran energía, logística y financiamiento.
La volatilidad en rutas críticas hoy afectadas por el conflicto ha demostrado que la eficiencia, sin resiliencia, es una vulnerabilidad soberana. Ante este panorama, el Estado Mexicano no puede permanecer como espectador. La respuesta a la consolidación de la Soberanía Sanitaria a través de una política de Estado debe ser el “Plan México”.
El “Plan México” no es solo un programa de sustitución de importaciones; en el sector salud, es un proyecto de seguridad nacional que busca la autosuficiencia en insumos críticos, desde vacunas hasta APIs. En un mundo donde el acceso a la salud se ve comprometido por conflictos bélicos ajenos, producir lo que consumimos se vuelve un imperativo para el Estado.
Sin embargo, para que el “Plan México” no quede en consigna, debe tener una arquitectura de política pública con una gobernanza clara entre la Secretaría de Salud, COFEPRIS, Secretaría de Economía y Hacienda, las cuales deben operar como un solo engranaje, en coordinación operativa con IMSS, ISSSTE e IMSS-Bienestar.
Bajo este esquema nacional, la iniciativa por parte de la Secretaría de Desarrollo Económico de la Ciudad de México (SEDECO) de crear un Hub Industrial de Salud en la Ciudad de México cobra una relevancia mayor. No debe verse como un esfuerzo aislado de la capital, sino como el nodo central de una red de manufactura que se extiende por todo el país. Mientras la CDMX se posiciona como el centro de innovación y dispositivos médicos, otros estados de la República se deberán integrar en corredores industriales que produzcan medicamentos, vacunas e insumos médicos de origen nacional.
Al atraer la producción de componentes que antes cruzaban océanos ahora en disputa (Nearshoring sanitario), México mitiga la inflación médica importada. Esta “válvula de escape” estratégica permite que el presupuesto público no se evapore en fletes internacionales o seguros bélicos, sino que se invierta directamente en la producción nacional y en la continuidad del abasto.
Sin embargo, la producción de APIs, vacunas o medicamentos complejos no se instala de la noche a la mañana: requiere capital, talento, energía confiable, logística, certificaciones, y un horizonte de estabilidad regulatoria. Por eso la respuesta no es levantar muros, sino poner cimientos: producir lo crítico aquí, diversificar lo demás y nunca volver a depender de una sola ruta.
Es cierto que este mecanismo de inversión sanitaria nace “bajo fuego”, en un momento de gran turbulencia internacional. No obstante, el éxito del “Plan México” y de los Hubs regionales no se medirá únicamente por el volumen de medicamentos producidos hoy, sino por su capacidad para desacoplar el derecho a la salud de los mexicanos de la volatilidad geopolítica. Se debe transitar de un modelo de dependencia a uno de autonomía estratégica.
Para el Estado Mexicano, la salud debe dejar de ser una variable aislada para convertirse en un pilar de la estabilidad y paz social. Un país que garantiza sus propios suministros es un país que puede ejercer su diplomacia con dignidad y autonomía.
La tormenta global no se va a disipar con discursos, sino con decisiones de Estado. El Plan México y los Hubs regionales deben ser el blindaje ante la crisis. Si México logra esa transición -de la dependencia a la autonomía estratégica- además de fortalecer su sistema sanitario, refuerza su estabilidad social y su capacidad de gobernar en beneficio de las y los mexicanos.