La reciente polémica desatada por una novela supuestamente escrita con inteligencia artificial está llevando a los medios editoriales a replantearse las reglas de los concursos que ofertan, el valor del trabajo artístico de los libros que deciden publicar y, también, la frontera moral que existe entre crear una obra literaria y obtener un texto a partir del uso de herramientas digitales. Y todo a partir del caso de la novela “Donde el agua trabaja”, del peruano David Silva Rojas, que ganó el primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat (dotado con 20.000 euros, es decir, unos 400.000 pesos mexicanos) y que, según una investigación publicada por el periódico español El País, habría sido producida en un 99% a partir de una herramienta de inteligencia artificial (IA) de acuerdo con el detector Pangram.
La distribución de la obra, que resultó elegida entre 2.204 manuscritos procedentes de 22 países y tenía prevista su publicación en México, España, Argentina, Colombia y Perú, ha sido suspendida temporalmente por la propia editorial tras las acusaciones vertidas, así como las presentaciones agendadas en los distintos países, mientras se investiga el caso.
La cultura ya ha atravesado transformaciones técnicas que modificaron la producción y la circulación del arte antes. Walter Benjamin analizó en “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” cómo la reproducción mecánica alteraba las condiciones de existencia y recepción de las obras, una diferencia que nos sigue obligando a discutir el reconocimiento profesional de quienes crean. El arte no es un pasatiempo que alguien practica cuando termina de trabajar, sino que, para los artistas, constituye una profesión, una fuente de ingresos, una pasión y una actividad que exige años de formación, investigación, ensayo, fracaso y revisión. Es importante visibilizar que un escritor puede tardar años en encontrar la estructura de una novela así como un músico dedica una parte considerable de su vida a dominar un instrumento. El resultado parece siempre espontáneo, pero detrás hay un trabajo que no se quiere valorar.
La automatización de estas prácticas artísticas no elimina ese esfuerzo humano, aunque sí puede devaluarlo si las instituciones culturales dejan de distinguirlo de la producción automática. Cuando un concurso entrega una dotación económica y una plataforma de difusión, distribuye recursos y reconocimiento; es más, si no establece reglas claras sobre el uso de la IA, corre el riesgo de premiar una ventaja tecnológica que los demás participantes no pudieron utilizar o simplemente decidieron no hacerlo porque respetaron las bases de la convocatoria. La solución no pasa por perseguir a quienes experimentaron con ellas sino por crear mecanismos capaces de proteger la creación humana.
De esta manera las distintas asociaciones de escritores, las editoriales, las universidades, los organismos de derechos de autor y las instituciones que convocan premios podrían desarrollar sistemas de detección, pero también métodos de verificación que atiendan a los borradores, las versiones sucesivas, las notas de trabajo y la documentación del proceso creativo. También convendría que los concursos incorporaran desde el principio un sistema de revisión de manuscritos, en lugar de improvisarlo cuando aparece una polémica. La organización podría detectar posibles incumplimientos durante la recepción de las obras, pedir aclaraciones cuando existan indicios de sospecha y derivar a una categoría distinta a los textos producidos con IA.
Una práctica que debería extenderse, asimismo, hacia las universidades que afrontan una discusión semejante con las tesis y otros trabajos de investigación. Considero que una herramienta puede ayudar a un estudiante a ordenar un argumento, sin embargo, no concibo que sustituya el esfuerzo intelectual que la institución pretende evaluar. Si una tesis acredita la capacidad de investigar, interpretar fuentes y sostener una conclusión, ¿no debería enseñar a utilizar estas tecnologías con criterio y exigir que el estudiante pueda defender las ideas que presenta como propias? Lo que me preocupa aquí es su capacidad de pensar, en su amable y rápida renuncia a practicar habilidades que solo desarrollamos cuando las ejercitamos porque, como ya nos advertía Hannah Arendt, disponer de respuestas no equivale a tener pensamiento crítico.
Quizá llegue el día en que la distinción entre literatura humana y literatura generada con IA deje de organizar el debate cultural, pero, para que eso ocurra, primero tendremos que atravesar una etapa de acuerdos, debates incendiarios, límites y transparencia. Entiendo que normalizar el uso de la inteligencia artificial no significa permitir que desaparezcan las diferencias entre sus aplicaciones sino dejar de ocultarlas y construir reglas que permitan conocerlas y limitarlas.
Volviendo al caso de “Donde el agua trabaja”, nada de esta polémica nos demuestra (todavía) que una máquina haya derrotado a un escritor solo nos muestra la necesidad que tiene la sociedad de proteger las condiciones que hacen posible su trabajo.