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¡Ganó Lula!, NO bajemos la guardia

¡Ganó Lula!, NO bajemos la guardia

Por Erick Reyes

Brasil nos dejó este domingo 25 de octubre una noticia que nos llena de alegría y que sin duda va mucho más allá de sus fronteras. Luiz Inácio Lula da Silva consiguió un cuarto mandato después de una remontada histórica: pasó de perder la primera vuelta por más de dos millones de votos a obtener 51.78% frente al 48.22% de Flávio Bolsonaro. Para la izquierda latinoamericana, la victoria representa un respiro frente al avance de fuerzas conservadoras y regresivas en la región y, particularmente, frente a un bolsonarismo que llegó nuevamente a las puertas de la Presidencia.

Hay motivos para celebrar, pero sería un error hacerlo con los brazos caídos al día siguiente. Casi la mitad de los brasileños votó por Flávio Bolsonaro, la derecha mantiene una presencia considerable en el Congreso y el próximo gobierno de Lula tendrá que enfrentar una oposición política organizada. El bolsonarismo perdió la Presidencia, pero no desapareció. Esa debería ser quizá la primera advertencia que deja Brasil: ganar una elección no equivale a ganar la disputa política, cultural y comunicacional de una sociedad.

Una investigación de Reuters documentó que funcionarios de la administración de Donald Trump impulsaron durante meses acciones destinadas a debilitar al gobierno de Lula y favorecer el regreso de la familia Bolsonaro al poder. Hubo sanciones, restricciones de visas y aranceles de hasta 50% sobre productos brasileños. Esto es parte de lo que quedó expuesto de manera directa; sin embargo, también estuvo presente el peso que tuvo la inteligencia artificial y las redes sociales de las grandes empresas en el desarrollo de la contienda y en el apoyo al candidato que más favorecía sus intereses: Flávio Bolsonaro. El propio Lula lo expresó después de su victoria: “Le ganamos a la injerencia externa de las plataformas digitales, que vamos a tener que regular”. Brasil se convirtió también en escenario de una disputa internacional.

La mayor lección de esta elección está en la comunicación. Lula lo reconoció en su primer discurso después de la victoria. Dijo que esta elección le había dejado muchas enseñanzas y anunció que la comunicación digital tendría un espacio mucho mayor en su gobierno. Incluso contó que ya tenía un celular y que, a partir de ahora, buscaría conversar directamente con el pueblo brasileño. No es una frase menor. Es el reconocimiento de que gobernar bien no basta si una sociedad no conoce, comprende o siente los efectos de aquello que se está haciendo.

La campaña entendió esa debilidad después de perder la primera vuelta. Uno de los ejercicios que en mayor medida deberían ser estudiados fue el llamado “Ejército de Lula”, un canal de WhatsApp encabezado por André Janones que tenía alrededor de 50 mil integrantes antes del 4 de octubre y superó los 10.6 millones antes de la segunda vuelta. Desde ahí se distribuían contenidos y se convocaban acciones coordinadas para compartir publicaciones, posicionar mensajes e intervenir en la conversación digital. Su crecimiento muestra la velocidad con la que una estructura política puede organizarse cuando comprende que millones de personas están formando sus opiniones todos los días desde una pantalla.

Pero sería equivocado concluir que todo se resolvió con TikTok, Instagram o WhatsApp. La remontada coincidió también con movilizaciones, estudiantes en las calles, actos públicos, militancia territorial y una participación electoral mayor de la esperada. Brasil vuelve a mostrar que la política digital no sustituye al territorio: lo amplifica. Una publicación puede alcanzar a millones, pero todavía se necesita organización, escuchar problemas concretos, tocar puertas, movilizar comunidades y construir una relación con quienes no piensan igual.

Ahí debería concentrarse una parte importante de la reflexión de las izquierdas latinoamericanas. Hoy existen medios privados, creadores digitales, comentaristas y estructuras políticas capaces de producir contenidos todos los días y convertir determinadas explicaciones de la realidad en sentido común. La respuesta no puede ser únicamente quejarse de esas narrativas ni esperar a que una campaña electoral obligue a reaccionar. La disputa comunicacional se construye permanentemente: explicando las políticas públicas, respondiendo a las preocupaciones cotidianas, creando comunidades, ocupando los nuevos lenguajes digitales y, sobre todo, manteniendo conexión con las condiciones materiales de las personas.

Por eso, la victoria de Lula no es una invitación a relajarse. Debe provocarnos exactamente lo contrario. Brasil demostró que una elección puede revertirse, que la organización importa y que todavía es posible disputar espacios que parecían perdidos. Pero también dejó claro que millones de personas continúan encontrando respuestas en el bolsonarismo y en la derecha, y que las redes sociales seguirán siendo uno de los principales campos donde se construyan esas identidades. Celebremos la victoria, pero permanezcamos atentos a lo que viene. Porque ganar una elección puede tomar una noche; construir una mayoría social capaz de defender derechos y mejorar las condiciones de vida requiere organización todos los días.