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“Porque ahora pienso en ti [Monsiváis], más que ayer, mucho más”

“Porque ahora pienso en ti [Monsiváis], más que ayer, mucho más”

Por Nieves R. Méndez

Siempre pensé que había algo muy monsivaíta en volver a los museos de la capital para encontrarse con la Ciudad de México. No con la ciudad monumental de los Palacios que llena de imágenes las postales que se venden en la esquina de Eje Central y Tacuba afuera del Palacio Postal, sino con la otra que está hecha de los televisores, las máscaras, los ídolos populares, los santos, las fotografías… un desorden más que ordenado en el que Carlos Monsiváis nos enseñó a mirar México.

Este sábado, el Museo del Estanquillo abre “Porque ahora pienso en ti, más que ayer, mucho más”, una exposición que vuelve sobre Monsiváis a dieciséis años de su pérdida. La muestra, curada por Betsabeé Romero y Armando Colina, no pretende reconstruir la biografía del escritor ni levantar otro monumento alrededor de su figura, sino que propone mostrar aquel imaginario popular al que siempre nos había lanzado sin pedir permiso, a ese otro México atravesado por la frontera de lo culto y lo popular que siguen mezclándose y contradiciéndose mutuamente desde entonces.

A Monsiváis le interesaba precisamente esa convivencia entre contrarios. De ahí que en sus textos pudieran aparecer simultáneamente las manifestaciones políticas y las canciones de moda, Octavio Paz y las prostitutas de Anillo de Circunvalación, la lucha libre y los movimientos feministas, la cultura de masas, las minorías, el cine, la religión, la nota roja y los grandes debates intelectuales.

Así era su mirada. Y quizá esa fue una de sus grandes aportaciones a la cultura mexicana, la de señalarnos cómo una sociedad produce sus propias imágenes, sus mitologías y sus formas de reconocerse. Así es su Museo, el del Estanquillo, a pesar de que su colección parece más bien una extravagancia, un capricho de coleccionista llevado hasta sus últimas consecuencias con sus estampas, caricaturas, juguetes, documentos varios, entre otros objetos que Monsiváis fue reuniendo durante décadas: un archivo alternativo de la ciudad o, más bien, la memoria de una ciudad que, parafraseando a Walter Benjamin, ofrecía pequeñas puertas de acceso hacia otra época. Monsiváis parecía encontrarlas continuamente. Las buscaba en los escaparates, en los periódicos, en las calles, en las fotografías y en aquello que la cultura oficial priísta consideró marginal. 

Su colección está hecha de esas puertas.

Y por eso uno de los núcleos de la exposición está dedicado al Monsiváis detective, al que observa las huellas, al que encuentra las pistas (no necesariamente de un crimen) de una sociedad que narró desde la investigación urbana, desde un entramado caprichoso de calles y avenidas que caminaba como quien tenía el poder de restaurar todos los años de la dictadura. Para escribir que un país como México no puede explicarse solamente a través de sus grandes obras, sus monumentos, sus paisajes o sus instituciones. Escribir que su memoria está también en las imágenes que circularon de mano en mano, en los calendarios de las vulcanizadoras, en las estampas religiosas de San Juditas, en los cómics de La Familia Burrón, en los retratos de la Alameda, en las películas que todo el mundo vio (¡Renata!), en las canciones de Caifanes, Café Tacuba o el TRI que una generación entera supo de memoria, en los objetos que sobrevivieron en las casas mucho después de que nadie recordara de quién los había heredado.

En ese sentido, el trabajo de Monsiváis no solo como coleccionista sino como escritor tiene algo de resistencia frente al olvido de esas cosas pequeñas, de esas imágenes cotidianas que aún conforman la ciudad. Somos conscientes de que la Ciudad de México que Monsiváis recorrió ya no es la misma. Algunas calles cambiaron de nombre, los cines que frecuentaba desaparecieron, algunos negocios cerraron, determinadas formas de hablar quedaron atrás; pero basta entrar en el Estanquillo para comprobar que una parte de aquella ciudad sigue allí, entre sus recuerdos, en su mirada, que sigue siendo incómodamente contemporánea.

Allí está aquel México que no parecía digno de museo porque, durante décadas, todas aquellas piezas fueron consideradas por el priismo demasiado populares, demasiado cotidianas, demasiado kitsch, demasiado políticas o callejeras para formar parte de una historia cultural seria. Sin embargo, Monsiváis hizo de todo eso materia de pensamiento.

Habrá que volver al Estanquillo. No tanto para buscar allí a Monsiváis como para entrar por una de esas pequeñas puertas que dejó abiertas y salir, una vez más, a la Ciudad de México.