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Ocupar sin pedir permiso

Ocupar sin pedir permiso

Por María Fernanda Orozco Díaz

Empecemos por decir lo que casi nadie dice en voz alta: el espacio nunca se ha repartido, se ha peleado. No hay tribuna, ni vagón de metro, ni asiento en el camión, ni oficina que se le haya cedido a una mujer por generosidad. Cada centímetro que hoy ocupamos —en la política, en la calle, en la casa— se ganó a fuerza de insistir, de incomodar, de no bajar la voz cuando lo cómodo para todos y todas hubiera sido que la bajáramos. Y sin embargo seguimos hablando del avance de las mujeres como si fuera una dádiva del sistema, un gesto de buena voluntad, cuando en realidad es una conquista arrancada centímetro a centímetro. Vale la pena decirlo así de directo, sin diplomacia, porque la diplomacia ha sido, durante demasiado tiempo, la trampa que se nos enseñó para pedir con modales lo que ya nos pertenece por derecho.

Miremos primero la política, México llegó a la paridad numérica en el Congreso, y eso, en efecto, no es poca cosa. Pero la paridad en las curules no ha resuelto la paridad en la palabra: basta sentarse una sesión completa para contar cuántas veces se interrumpe a una diputada frente a cuántas veces se interrumpe a un diputado, cuántas veces se cuestiona la capacidad técnica de una funcionaria y cuántas la de su homólogo varón, cuántas legisladoras han tenido que probar con documentos y cifras lo que a sus colegas se les concede por default. Hay algo profundamente injusto en celebrar el número de mujeres en el poder mientras se sigue tratando su presencia ahí como una anomalía que debe justificarse todos los días. No queremos gratitud por dejarnos entrar. Queremos que se deje de actuar como si estuviéramos de visita. Para que nos quede más claro, cuántas veces se le ha cuestionado a nuestra PresidentA lo que a sus predecesores ni siquiera se les llegó a mencionar.

Bajemos del estrado a la calle, que es donde más mujeres libran esta batalla todos los días sin que nadie las aplauda por ello. El transporte público mexicano es, para millones de mujeres, un ejercicio diario de estrategia: calcular el vagón, calcular la hora, calcular la ruta, calcular con quién se viaja y con quién no, todo -casi siempre- antes de haber tomado siquiera un café. Que existan protocolos contra el acoso y espacios exclusivos es una respuesta correcta a un problema real, pero sería un engaño presentarlos como una solución definitiva. Son un parche, necesario pero insuficiente, sobre una herida que no cierra: la de un espacio público que sigue asumiendo, por default, que el cuerpo de una mujer está disponible para el comentario, la mirada o el contacto de un desconocido. No es paranoia, son estadísticas. Y no es exageración exigir que subirse a un camión no requiera valentía.

Y luego llegamos a casa, que debería ser el territorio más seguro y termina siendo, con demasiada frecuencia, el más silenciosamente desigual. Ahí no hay cámaras ni tribuna ni testigos, solo una rutina que se repite tanto que deja de parecer injusta: la mujer que trabaja fuera y vuelve a trabajar adentro, la que sostiene la logística invisible de una familia entera —las citas médicas, los cumpleaños, la lista del súper, el estado de ánimo de todos menos el propio— sin que ese trabajo aparezca jamás en un recibo de nómina. 

Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) realizada en el 2024, al trabajo no remunerado (doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario) las mujeres dedican 39.7 horas semanales en promedio, el doble que los hombres, quienes a estos trabajos dedican 18.2 horas, lo que tenemos como resultado una brecha es de 21.5 horas. Ese tiempo, aunque sostiene la economía del país entero, no cuenta oficialmente como economía. Se le llama amor. Convenientemente, el amor no se paga.

En el trabajo remunerado la historia se repite con otro disfraz. El techo de cristal existe, pero convive con algo más traicionero todavía: el piso pegajoso, esa acumulación de tareas menores, reuniones de logística, cuidado emocional del equipo y trabajo administrativo que recae desproporcionadamente en las mujeres y que, precisamente por ser invisible, nunca cuenta a la hora de un ascenso. Estuve en varias oficinas donde por ser mujer “me tocaba” organizar los cumpleaños, “me tocaba” en las giras de trabajo servirles el desayuno a los jefes (todos eran hombres), “me tocó” tenerle listo el café a mi jefe -con quien me fui muchas veces de trabajo a giras por carretera- y yo por ser mujer “tenía” que destinar parte de mi tiempo para llevar esos “detalles” que siempre le hacían el camino más ligero. Nada de eso al final se reconoció.

A eso se suma la penalización silenciosa de la maternidad: puestos que se “reconsideran”, proyectos que se “reasignan”, ascensos que se posponen “para más adelante” apenas se anuncia un embarazo. Y ni que decir de quienes ya son madres, el camino se vuelve un poco más lento, un poco más cuesta arriba, porque claro -según este pensamiento- las prioridades de las mujeres que deciden ser madres ya cambiaron y ya no está 100% disponible, y ni que decir que esté disponible 24/7 para trabajar porque “ya es mamá”, lo anterior ocurre en conversaciones dónde rara vez se les da oportunidad a las madres trabajadoras de exponer su situación y un plan acorde a las nuevas necesidades. No hace falta un letrero que diga que no eres bienvenida, las trabas en el andar profesional bastan para entenderlo. 

Podría pensarse que la tribuna, el camión, el hogar y la oficina son batallas distintas. No lo son. Es la misma batalla librada en distintos escenarios: la idea, todavía viva bajo el barniz de la corrección política, de que el espacio por defecto le pertenece a otro y que las mujeres lo ocupamos por excepción, por permiso, por buena conducta -y lo llegue a escuchar en mesas de hombres poderosos- y porque es nuestro tiempo, “el turno de las mujeres”. Esa idea es la que hay que derrotar, no negociar. No pedimos que nos cedan un rincón del mapa; exigimos dejar de necesitar autorización para caminar por el que ya es nuestro. Y cuando alguien —un colega, un funcionario, un desconocido en un vagón— nos recuerde que estamos “de más”, la respuesta no puede seguir siendo la disculpa automática, sino la certeza tranquila de quien sabe que no está pidiendo nada que no le pertenezca.

Se nos ha mal enseñado, además, a competir por las migajas de ese espacio en lugar de exigir la mesa completa: a medir nuestro avance contra el de otras mujeres, a celebrar como victoria histórica lo que en cualquier otro contexto sería simplemente lo justo. Una alcaldesa, una directora, una ingeniera al frente de una obra no son la excepción que confirma que el sistema funciona; son la prueba de cuánto talento se ha desperdiciado durante siglos por no dejarlo ocupar su lugar. Cada “primera mujer en...” debería incomodarnos tanto como enorgullecernos, porque cada uno de esos titulares es también la confesión de un país que tardó demasiado en dejar de estorbar.

No venimos a pedir espacio. Venimos a nombrar el que ya ocupamos —en la tribuna, en el transporte, en la casa, en el trabajo, en la cultura, en la poesía, en los puestos directivos, en el vagón del metro donde los hombres se ensanchan y ocupan más de un lugar— y a defenderlo sin disculparnos por ocuparlo. El mapa se está volviendo a dibujar, y esta vez lo estamos dibujando nosotras.

 

Nota de la autora: Esta columna la dedico a todas esas mujeres que fueron “las primeras en…” en estudiar una licenciatura en su familia, en irse a vivir solas, en dedicarse a lo que más aman en esta vida, a las que primeras que pudieron elegir su maternidad o la ausencia de ésta. A todas aquellas que fueron las primeras en divorciarse por no quedarse en una vida marcada por cualquier tipo de violencia. A Isela Mejía, por ser la primera en su familia en estudiar una ingeniería y actualmente ser la primera en cursar un doctorado en un país de Europa. A Katia Itzel García Mendoza, primera mujer mexicana y latinoamericana en pitar como árbitra central en un partido de la Copa Mundial de la FIFA varonil. A Columba Jazmín López Gutiérrez, por ser la primera Secretaria de Agricultura en México. A Claudia Sheinbaum Pardo, por ser la primera mujer PresidentA de México. A todas las que nombro y las que no, porque todas son pioneras en ocupar los espacios sin pedir más permiso que el que les da su trabajo y conocimiento.