Es tradición en los regímenes democráticos presentar informes de gobierno como parte de un ejercicio de rendición de cuentas a la ciudadanía y de afirmación de valores y principios que conducen los destinos de un país, buscando al mismo tiempo fortalecer la unidad nacional en torno a logros y aspiraciones como pueblo.
La presentación del Segundo Informe de Gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum hace unos días tuvo variadas lecturas, y en algunos comentócratas fueron notorios sus señalamientos para descalificar el acto, relativizar datos y despreciar avances.
Está claro que no se le pueden pedir peras al olmo. No es su talante.
En sus argumentos, basados principalmente en comparaciones con el pasado, aparentes contradicciones en el documento del informe y motivaciones que vienen de sus simpatías políticas, dejan de ver lo que debe considerarse como lo más importante: el ciudadano está hoy día en el centro de las políticas públicas.
Con dosis de desprecio, clasismo, racismo y presunta superioridad intelectual, en mesas de análisis de las televisoras privadas se escucharon por igual críticas --casi basadas en el mismo guión--, por ejemplo, a la inversión que hace el Estado Mexicano para el bienestar del pueblo.
Destinar un billón de pesos (¡qué barbaridad!) del presupuesto público a apoyos sociales tan diversos, como becas escolares, pensiones para los adultos mayores o salud casa por casa, es condenable aquí, desde la mirada abiertamente opositora, pero en otras partes del mundo resulta plausible, tanto que se acercan para conocer y tratar de replicar la estrategia.
La realidad de un Estado que declara “su amor al pueblo” y hace de este aserto un principio de gobierno suele ser intolerable para un sector de los dizque líderes de opinión, políticos de la oposición y quienes los patrocinan.
Su velo ideológico les impide hurgar, ir más allá de la estadística de beneficiarios, para tratar de explicar de dónde provienen esos recursos que ahora se reparten entre el pueblo. ¿Qué es ahorrar, cortar privilegios de unos cuantos, reconducir presupuestos, establecer prioridades cercanas al pueblo, aplicar austeridad republicana en la gestión gubernamental?
“Primero los pobres” o “una economía al servicio de la gente” o “prosperidad compartida” les resuena lejos, les invisibiliza beneficios, les saca ronchas porque ¿qué es la pobreza en ellos?
¿Han reporteado historias de vecinos, colonos, peatones que ahora mismo reciben algún tipo de beneficio social que antes no tenían? ¿Qué les molesta de los subsidios que hacen que el metro cueste cinco pesos en la capital del país y no los 30 ó 50 que un ciudadano debe desembolsar en otras partes del orbe? Muchos usuarios no saldrían con sus gastos (Claro, el gobierno tendrá que redoblar su trabajo para, además, garantizar el mantenimiento adecuado a este sistema de transporte).
No son concesiones de poder, ha dicho la Presidenta, se trata de reconocer derechos del ciudadano y promover derechos sociales que den sentido a la tarea de gobernar para todas y todos.
Lo cierto es que difícilmente entenderán --y más bien, ni quieren-- que la Cuarta Transformación, ahora en su segundo piso, se centra en la dignidad de la persona y del pueblo. Basada en el denominado Humanismo Mexicano, busca trabajar con cercanía, reconocimiento al otro, compasión, solidaridad, en fin, un cuadro axiológico que se afinca en la persona y su bien estar.
Cada avance, decisión y esfuerzo, tienen un mismo propósito: que el bienestar llegue a todas y a todos, dijo la Presidenta en el mensaje que ofreció en Palacio Nacional ante representantes de la República e invitados.
“Desde nuestra perspectiva, el Estado tiene una responsabilidad rectora: planear e impulsar el desarrollo, garantizar los derechos sociales, fortalecer una distribución justa de la riqueza, fortalecer los sectores estratégicos, al mismo tiempo que se garantiza una economía de mercado”, estableció.
Para la Presidenta hay claridad en lo que se hace. Y que ni se enojen. Aunque seguramente más coraje les debe de dar el que los otrora acarreados, los sin nombre, los nadie (Eduardo Galeano, dixit) sean quienes en su mayoría estén dando una alta calificación de popularidad a la mandataria mexicana, con 70 por ciento de aprobación, según varias encuestas.