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  • 04 Sep 2026
  • 17:09
  • SPR Informa 6 min

Esto es horror puro

Esto es horror puro

Por Diego Alberto Mendoza Díaz

Como una historia salida de una película de Hitchcock, entre el horror, la infamia y el terror, hay acontecimientos que parecen demasiado crueles para ser reales. Pero esta vez no estamos frente a una película. Estamos frente a la realidad.

Hace décadas, el asesinato de Sharon Tate, actriz y esposa del director Roman Polanski, estremeció a Estados Unidos. Tate fue asesinada cuando estaba embarazada por integrantes de la llamada Familia Manson, y aquel crimen quedó grabado en la memoria colectiva como uno de los episodios más perturbadores de la historia criminal estadounidense. Décadas después, Quentin Tarantino retomó aquel episodio en Érase una vez en Hollywood, aunque transformándolo en una ficción alternativa en la que la historia tiene otro desenlace.

Pero la realidad no tiene guion ni finales alternativos.

El 1 de septiembre de 2026, un crimen brutal volvió a estremecer a México. En un departamento del fraccionamiento Grand Viure, en Atizapán de Zaragoza, Estado de México, fueron asesinados Jonathan Samuel Meléndez Ochoa, conocido como Honas, tecladista, productor y uno de los fundadores de Camilo Séptimo; su esposa, Ana Paula Barragán, de 35 años y embarazada; su hija Sofía, de apenas tres años; y Aleyda Romero, una joven de 21 años que trabajaba para la familia. También murió el perro de la familia. Un niño de seis años sobrevivió al ataque.

Las autoridades detuvieron a dos presuntos responsables y una de las líneas de investigación apunta a un posible móvil económico. Sin embargo, corresponde a las autoridades determinar las responsabilidades y esclarecer completamente lo ocurrido.

Pero incluso antes de conocer todas las respuestas, hay algo que resulta imposible ignorar: eran personas. No eran cifras. No eran objetos. No eran mercancías. Eran seres humanos con nombres, familias, afectos, proyectos, recuerdos y sueños.

Y precisamente ahí comienza una reflexión que va mucho más allá de la nota roja.

¿En qué momento dejamos de mirar al otro como un ser humano?

Más allá de conocer o no a las víctimas, más allá de ser seguidores de Camilo Séptimo o de cualquier otra banda, resulta imposible permanecer indiferente ante una tragedia semejante. Duele porque había una familia. Duele porque había una niña de tres años. Duele porque había una mujer embarazada. Duele porque había un músico con una vida y una obra por delante. Duele porque había una joven de 21 años que terminó convertida en víctima de una violencia que no tenía por qué alcanzarla. Duele porque un niño de seis años sobrevivió a una escena que ningún niño debería experimentar. Y duele porque detrás de cada víctima existen personas que ahora tienen que aprender a vivir con una ausencia que jamás eligieron.

La violencia no termina cuando termina una vida. Continúa en las familias. Continúa en los hijos. Continúa en los padres. Continúa en los hermanos. Continúa en los amigos. Continúa en quienes quedan preguntándose cómo pudo suceder algo semejante.

Y aquí aparece una pregunta todavía más incómoda: ¿qué ocurre con una sociedad cuando el dinero, el poder y la acumulación comienzan a ocupar el lugar que debería corresponder a la dignidad humana?

Podemos utilizar esta tragedia para cuestionar una lógica social mucho más amplia: aquella en la que el dinero termina convirtiéndose en la medida de todas las cosas.

El capitalismo no inventó la violencia ni la crueldad humana. Pero sí puede llevar al extremo una determinada forma de valorar a las personas: por lo que poseen, por lo que producen, por lo que consumen, por lo que pueden generar económicamente.

Y cuando esa lógica se lleva hasta sus últimas consecuencias, aparece una idea profundamente deshumanizadora: que una persona vale por su utilidad, que vale por su dinero, que vale por su productividad y que vale por lo que puede generar. Y aquello que deja de producir o de generar ganancias puede ser sustituido, descartado o simplemente ignorado.

Desde una crítica marxista, podríamos decir que esta es una de las grandes tragedias de convertir la vida social en una relación dominada por la mercancía: el ser humano corre el riesgo de terminar contemplándose a sí mismo y a los demás como objetos intercambiables, como piezas reemplazables, como fuerza de trabajo, como consumidores, como números, como mercancías.

Y entonces surge una pregunta aterradora: ¿qué sucede cuando empezamos a tratar a los seres humanos como cosas?

Sucede que podemos llegar a justificar lo injustificable. Sucede que podemos mirar el sufrimiento ajeno y continuar con nuestra vida como si nada hubiera ocurrido. Sucede que una muerte puede convertirse en una estadística. Sucede que una familia destruida puede convertirse en una noticia que dura veinticuatro horas. Sucede que el valor de una vida puede terminar dependiendo de cuánto dinero tenía, de qué posición ocupaba, de qué nacionalidad era o de qué tan famosa era.

Por eso puede hablarse, en sentido crítico y metafórico, del dinero como una especie de religión de nuestro tiempo. No porque literalmente sea una religión, sino porque para muchas estructuras sociales el dinero funciona como un principio supremo: organiza decisiones, determina prioridades y establece qué cosas son consideradas importantes.

El capital financiero puede mover enormes cantidades de recursos en cuestión de segundos, mientras millones de seres humanos pueden pasar años esperando condiciones dignas para vivir.

Y ahí aparece una contradicción profundamente dolorosa: hemos construido sistemas capaces de producir una riqueza extraordinaria, pero seguimos siendo incapaces de garantizar que la vida humana sea colocada por encima de esa riqueza.

Cuando la rentabilidad importa más que la salud, cuando las ganancias importan más que el medio ambiente, cuando reducir costos importa más que la dignidad laboral, cuando acumular riqueza importa más que combatir la pobreza y cuando el éxito económico importa más que la solidaridad, entonces la deshumanización deja de ser una palabra abstracta. Se convierte en una realidad.

Pero hay algo que debemos defender frente a todo esto: una vida humana no tiene precio.

No importa cuánto dinero tenga una persona. No importa cuánto produzca. No importa si es famosa o desconocida. No importa si es rica o pobre. No importa su nacionalidad, sus ideas, su profesión o su posición social. Su vida posee una dignidad que no puede medirse en términos económicos.

Por eso la frase “somos mercancías desechables y reemplazables” debe entenderse como una denuncia, no como una verdad que debamos aceptar.

Precisamente debemos rebelarnos contra esa idea.

No somos mercancías. No somos números. No somos capital humano. No somos piezas intercambiables de una maquinaria económica. Somos seres humanos.

Y una sociedad verdaderamente humana debería construirse alrededor de esa premisa.

Mientras contemplamos esta tragedia, tampoco podemos ignorar otros lugares donde la vida humana continúa siendo destruida: los niños muertos y las familias destruidas en Gaza, las personas migrantes que enfrentan condiciones inhumanas, los menores atrapados en guerras, desplazamientos y fronteras, y las víctimas anónimas de la violencia que nunca llegan a convertirse en titulares.

No se trata de comparar tragedias ni de convertir el sufrimiento en una competencia. Se trata de entender algo mucho más sencillo: ninguna vida debería valer menos que otra.

El dolor de una familia mexicana no vale más que el dolor de una familia palestina. La vida de un niño no vale más porque haya nacido en determinado país. La vida de una persona migrante no vale menos porque sea pobre. La vida de un desconocido no vale menos que la de una celebridad.

Si realmente creemos que la vida humana tiene dignidad, debemos defender esa dignidad en todas partes.

Y quizá por eso esta historia resulta tan difícil de asimilar.

Porque no estamos viendo una escena de Hitchcock. No estamos viendo una película de Tarantino. No estamos frente a una ficción. No hay un director que pueda cortar la escena. No existe un guion que pueda reescribir el final.

Hay familias que están enterrando a sus seres amados. Hay un niño que tendrá que crecer con una ausencia imposible de explicar. Hay personas que tendrán que aprender a vivir con una pérdida que nunca debió ocurrir. Y hay una sociedad que debería preguntarse qué estamos haciendo para que la vida humana vuelva a ocupar el lugar que le corresponde.

Porque cuando el dinero vale más que la dignidad, cuando el poder vale más que la solidaridad y cuando la acumulación vale más que la vida, algo profundamente humano se ha roto.

El verdadero horror no consiste únicamente en que existan asesinos capaces de cometer actos atroces. El verdadero horror también está en acostumbrarnos. En mirar. En indignarnos durante unos minutos. En convertir el dolor en una cifra. Y después continuar como si nada.

Por eso debemos negarnos a aceptar que una vida pueda reducirse a su precio. Debemos negarnos a aceptar que un ser humano pueda ser reemplazado como si fuera una mercancía. Debemos negarnos a aceptar que el dinero sea la medida de todas las cosas.

Porque si llegamos a ese punto, entonces no solamente habremos perdido vidas. Habremos perdido también nuestra propia humanidad.

Y ante una tragedia como esta, solo queda decirlo con toda su crudeza:

Esto es horror puro.