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Del Golfo de México al Lago Ontario. Poder tecnológico e imperialismo en el siglo XXI

Del Golfo de México al Lago Ontario. Poder tecnológico e imperialismo en el siglo XXI

Por Ernesto Ángeles .

El neoimperialismo decadente del poder estadounidense, encarado de la forma más cruda en Trump, llevó a cabo la semana pasada una nueva amenaza territorial, en esta ocasión en contra de Canadá, país del cual ya había externado sus ambiciones expansionistas y de pillaje. Ahora Trump renombró al históricamente llamado Lago Ontario como Lago América.

Y tal como pasó con el Golfo de México, Google y Apple no tardaron en renombrar en sus mapas al Lago Ontario como Lago América dentro y fuera de EUA, legitimando en el proceso el intervencionismo imperialista de Trump, pero "salvando" las formas y dejando los dos nombres a nivel mundial para evitar conflictos con Canadá.

Puede que para algunos este dato les parezca menor o irrelevante; no obstante, que una empresa clave del imperialismo se abrogue la capacidad de renombrar un territorio sólo por los designios del presidente de su país debería encender las alarmas en todos los rincones del mundo. No únicamente por el poder que estas empresas han adquirido a escala global, sino por la connivencia entre el poder tecnológico y el imperialismo decadente de Washington, el cual parece dispuesto a consumir al mundo —y hasta a su propia población— con tal de sobrevivir.

Pero vayamos por partes. Desde el inicio de la historia humana, la delimitación territorial ha sido motivo de conflictos; empero, conforme se ha avanzado civilizatoriamente, la violencia dejó de ser el medio privilegiado para dirimir disputas territoriales y se optó por instancias internacionales y un compendio de instituciones y leyes cuya legitimidad descansa(ba) en el sistema internacional establecido y en las capacidades de poder que lo sostienen.

Por tanto, delimitar un territorio unilateralmente y legitimarlo con el poder digital es sintomático de un profundo cambio en el orden del sistema internacional. Por un lado, el orden territorial es amenazado por Estados Unidos con miras a revivir su momento unipolar y frenar el ascenso de China —para lo cual necesita recursos naturales en abundancia, además de rediseñar rutas comerciales y cadenas de producción—. 

Por otro lado, este cambio revela el nuevo rol internacional que podrían adquirir las grandes empresas tecnológicas: organismos transnacionales con sede central en un solo país, capaces de ejercer funciones no sólo cartográficas, sino bancarias, financieras e incluso de administración pública, todo ello embebido en la dependencia tecnológica y regulado mediante políticas internas y normas comunitarias corporativas, no estatales. 

Este nuevo poder tecnológico algunos lo denominan ciberpoder. A diferencia del poder militar o económico tradicional, el ciberpoder no opera mediante la coerción directa, sino a través del control de los flujos de información, la intermediación digital y la arquitectura de las plataformas que estructuran la vida pública y privada. 

Su lógica es la del acceso y la dependencia: quien controla la infraestructura por la que circula la información controla, en buena medida, la percepción de la realidad. El renombramiento de un lago no es un acto cartográfico menor; es un ejercicio de ciberpoder en el sentido más preciso del término: la capacidad de imponer una narrativa territorial a través de plataformas de las que el mundo entero depende cotidianamente.

Al respecto, es importante distinguir dos dimensiones de este poder tecnológico. La primera es el ciberpoder como resultado del funcionamiento de un sistema tecnológico ya consolidado: no se trata del poder en cómo se estructura la tecnología, sino del poder que emana de su uso masivo y de la intermediación que estas plataformas ejercen entre usuarios, mercados y Estados. 

La segunda dimensión es el poder sobre el ciberespacio, es decir, la capacidad de producir tecnología, desarrollar infraestructura y definir los estándares que rigen el entorno digital. Esta nueva fase del ciberespacio —caracterizada por la inteligencia artificial generativa, los modelos de lenguaje y la computación en la nube concentrada en pocos actores— tendrá un impacto profundo en quién detenta el ciberpoder del futuro.

Existe entonces una probabilidad creciente de que el poder tecnológico y el ciberpoder ocupen un lugar central en la estructura internacional que está emergiendo, tanto en sus instituciones como en sus procesos de legitimación. Conforme la dependencia tecnológica se extiende a más áreas de la vida pública y privada, las empresas de tecnología funcionan también como intermediarias entre mercados, consumidores, productores, ciudadanos y el Estado; acumulando con ello una capacidad de influencia que no tiene precedente en la historia de las corporaciones privadas.

Lo que el renombramiento del Lago Ontario revela entonces, no es una excentricidad del trumpismo, sino la convergencia de dos poderes que, juntos, reconfiguran el orden mundial: por una parte, el imperialismo territorial en su fase de decadencia agresiva y, por la otra, el poder tecnológico corporativo en su fase de expansión global sin contrapeso democrático. 

 Frente a esta alianza entre capital tecnológico e imperialismo en repliegue, la disputa por la autonomía ya no se librará únicamente en las costas ni en los yacimientos minerales, sino en el control de las plataformas, el código y los servidores que hoy pretenden rediseñar la geografía del planeta sin rendir cuentas a nadie. La pregunta que queda en el aire no es si esta alianza entre Washington y Silicon Valley tendrá consecuencias globales, sino cuánto tiempo tomará al resto del mundo encontrar una respuesta colectiva a un poder que ya no pide permiso para legitimar el nombramiento de un territorio internacional, con todo lo que esto implica.