El triunfo de Lula da Silva el pasado domingo 25 de octubre es propio de una resurrección, una resurrección muy deseada pero no esperada y que hoy, pone al mundo patas pa´rriba. Y no es para menos, el triunfo de Lula es el triunfo de la humanidad por encima de las máquinas; de la solidaridad frente al individualismo; de la justicia social frente al modelo neoliberal; la victoria de la soberanía brasileña frente al asedio intervencionista. En suma, representa una apuesta por la dignidad, la reivindicación de la clase trabajadora y la defensa de los derechos sociales frente al avance de las olas reaccionarias en el mundo.
“Esta ha sido una derrota del negacionismo y las mentiras”, afirmaba Lula en su discurso de victoria, entre lágrimas y abrazos. En tiempos de hombres “duros”, en los que la hegemonía pretende imponerse mediante la estridencia y la violencia verbal, es reconfortante escuchar y ver a Lula con la misma vitalidad y energía de sus primeros años en la lucha sindical. En esa sensibilidad hay también una forma de entender la política: no como la imposición del más fuerte, sino como una expresión de lo que Freud denominó Eros, la pulsión de vida.
La cultura necesita del Eros para construir sociedades, establecer vínculos y permitir la cooperación. Es decir, nos posibilita frente al otro. Pero esa misma civilización debe enfrentar las tendencias agresivas y destructivas de los seres humanos. En “El malestar en la cultura” (1930), Freud plantea que la historia de la civilización puede comprenderse como una lucha entre Eros y la pulsión de muerte.
Hoy, Lulinha, como su madre Eurídice Ferreira de Melo, le decía cariñosamente a Lula, nos puso en sintonía con nuestro Eros, con la posibilidad de resistir, de crear y de desear. El instinto de supervivencia de la sociedad brasileña ha vencido en un mundo en el que el fascismo avanza.
Lula no repara en mostrarse vulnerable frente a los demás y reivindica la importancia de la pérdida y la derrota para la vida. “Perdí la cuenta de las veces que perdí”, confiesa en un spot televisivo en el que recorre las heridas de su propia historia: la muerte de un hijo antes de nacer y de un nieto, la pérdida de un dedo mientras trabajaba en una fábrica, los días en que fue privado de su libertad y las tres derrotas electorales que sufrió antes de alcanzar la presidencia de Brasil en 2002.
Fan del Corinthians, el equipo de Sócrates Brasileiro y de la Democracia Corintiana, hoy, Lulinha cumple 81 años y nos regaló una vez más, un episodio de esa obstinación humana por seguir adelante, por reconstruir lo que el dolor ha fracturado y encontrar en los otros una razón para continuar. Y acaso esa sea la victoria más íntima de Lula.