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La cultura no es un objeto suntuario

La cultura no es un objeto suntuario

Por Bastian Bilá

Ximena caminaba de la mano de su mamá por la orilla del Bosque de Chapultepec. El sol de la mañana filtraba luces doradas entre las copas de los fresnos, pero los ojos de Ximena no estaban en las ramas, sino en las rejas de la Galería Abierta.

—Mamá, mira —dijo Ximena, deteniéndose ante una fotografía gigante de un volcán—. ¿Esto es parte del museo al que vamos?

Su mamá sonrió, acomodándole el cabello.

—Todavía no llegamos al edificio, pero el arte ya empezó a buscarnos.

Siguieron caminando hacia la entrada del bosque, donde un ritmo profundo y vibrante hizo que el pecho de la niña retumbara. En la explanada, un grupo de danzantes mexicas giraba en un remolino de plumas de colores, caracoles y el aroma dulce del copal. El sonido de los ayoyotes en sus tobillos marcaba un pulso antiguo.

—¿Ellos son estatuas que cobran vida? —preguntó Ximena con asombro.

—No, mi amor. Son la memoria que baila. En un museo verías sus penachos tras un cristal; aquí, puedes sentir el aire que mueven al girar.

Al salir hacia el Paseo de la Reforma, la calle se transformó en un zoológico fantástico. Gigantescos alebrijes de cartonería, con alas de dragón, colas de serpiente y patrones de mil colores, montaban guardia sobre la avenida.

XImena ––¡Ese tiene cuerpo de jaguar y alas de mariposa! ¿Quién los puso aquí afuera? ¿Se escaparon de una sala?

Mamá ––El artista decidió que hoy el cielo de la ciudad fuera su techo. No necesitan paredes para ser mágicos.

Caminaron un buen tramo, cruzando el Centro Histórico, viendo los murales que asomaban por las ventanas de los edificios antiguos y las fachadas de tezontle rojo que contaban historias de siglos pasados. Finalmente, se detuvieron frente a la imponente entrada del Museo de la Ciudad de México.

Ximena miró el gran patio con arcos y luego miró hacia atrás, hacia la calle bulliciosa de donde venían. Se quedó pensativa un momento antes de entrar.

—Mamá —susurró la niña—, ya entendí. El museo no es solo este edificio con puertas grandes.

Su mamá se agachó para estar a su altura.

—¿Ah sí? ¿Entonces qué es?—Es todo lo que pasamos —explicó Ximena con un brillo de emoción— Las fotos en las rejas, los señores que bailaban con fuego, los alebrijes que parecen sueños y hasta las paredes de piedra de estas casas.

La mamá la abrazó, orgullosa de la revelación de su hija.

—Tienes razón, Ximena. Esta ciudad es un museo vivo. A veces el arte está colgado en una pared, pero otras veces está bailando en una plaza o pintado en una avenida. Solo hay que saber mirar.

Y así, con los ojos bien abiertos, entraron al museo, sabiendo que afuera, la exposición más grande del mundo continuaba sin detenerse.

§

Durante siglos, nos han intentado vender la idea de que la cultura es una suerte de orquídea exótica que solo florece en los invernaderos calefaccionados de la alta sociedad. Nos dicen que la "Gran Cultura" habita solo en resguardo del mármol frío y en el silencio sepulcral de los recintos porfirianos, mientras que el resto —lo que nace en el barro, en la esquina y en el sudor— es apenas "folclore" o, peor aún, "entretenimiento de masas".

Es hora de romper el cristal del escaparate. La cultura no es un objeto suntuario; es el metabolismo mismo de la sociedad.

Para entender por qué la élite no posee la cultura, debemos recordar a Hegel. Si bien el viejo Jorge Guillermo Federico a veces se perdía en las nubes del Idealismo, nos dejó una joya, la dialéctica. La cultura es el Espíritu reconociéndose a sí mismo a través de sus propias creaciones. Pero este espíritu no es un fantasma aristocrático; es una fuerza que surge de la acción colectiva.

La cultura es el resultado de la tensión entre lo que somos y lo que construimos para sobrevivir.

Históricamente, el desarrollo comunitario no fue una invitación enviada por un mecenas; fue la necesidad de la tribu de narrar su propia existencia.

"La cultura es el lenguaje de la libertad que se reconoce en la obra del otro".

Cuando la élite intenta apropiarse de este proceso, comete un error ontológico, intenta embotellar el viento. Lo que ellos llaman "alta cultura" es a menudo el cadáver disecado de una expresión popular que una vez tuvo vida, ritmo y peligro.

Desde una trinchera marxista, el diagnóstico es más mordaz. La burguesía no solo se ha apropiado de los medios de producción material (las fábricas, la tierra), sino que ha intentado cercar los medios de producción simbólica.

La "distinción" —como bien analizaría más tarde el sociólogo Pierre Bourdieu— funciona como un capital. La élite utiliza el arte y el conocimiento no para elevar la condición humana, sino para marcar una distancia higiénica entre ellos y "el vulgo". 

Es la fetichización de la estética: convertir el canto del pueblo en una mercancía de lujo inaccesible.Nos hacen creer que el arte nace de un individuo iluminado en una torre de marfil lo cual es totalmente Falso.

Todo "genio" se apoya en los hombros de una comunidad. El jazz no nació en los conservatorios, nació en el dolor y la resistencia de los oprimidos; la pintura rupestre no buscaba subastas, buscaba comunión.

Si consultamos a antropólogos como Lévi-Strauss, comprendemos que la cultura es una estructura de significados compartidos. No hay una "cultura superior" y otra "inferior", sino diferentes formas de organizar el caos del mundo.

Lo orgánico de lo comunitario es cultura por lo tanto es participativa; No se contempla, se vive.

Es evolutiva pues no se queda estática en un pedestal; se transforma con cada nueva boca que cuenta la historia. Es insurgente ya que siempre guarda un núcleo de resistencia que la élite no puede digerir.

Resulta casi cómico observar a las élites escandalizarse ante las nuevas expresiones populares, tachándolas de "barbarie", para luego, cincuenta años después, exhibirlas en una gala benéfica con un precio de siete cifras. Su "buen gusto" no es más que una taxidermia social, matan la vitalidad de la expresión popular para poder colgarla en la pared de su sala sin que ensucie la alfombra.

La cultura pertenece a quien la suda, a quien la baila y a quien la necesita para no morir de frío existencial. No es un privilegio de sangre ni de cuenta bancaria; es el proceso comunitario de humanizar la naturaleza.

Mientras las élites sigan creyendo que son los guardianes del fuego, el pueblo seguirá encendiendo hogueras en cada esquina. Porque al final del día, la cultura no es el cuadro que se subasta, sino la mano que lo pintó y la mirada del vecino que se reconoce en él.