En política, pocas cosas son tan poderosas y tan peligrosas como la capacidad de redefinir lo que una sociedad considera aceptable. No se trata únicamente de decisiones o políticas públicas; se trata, sobre todo, del terreno donde nacen esas decisiones: el lenguaje. Allí, en ese espacio aparentemente intangible, se mueve una de las herramientas más influyentes de la comunicación política contemporánea: la llamada ventana de Overton.
Este concepto describe el rango de ideas que una sociedad tolera en un momento determinado. En el centro se ubican las posturas que se perciben como razonables, viables, incluso normales. En los extremos, en cambio, habitan aquellas ideas que resultan impensables, inaceptables o moralmente inadmisibles. Sin embargo, lo verdaderamente relevante es que esa ventana no es fija. Se desplaza. Y cuando lo hace, cambia las reglas del juego.
En los últimos años, figuras políticas como Donald Trump han demostrado comprender con precisión este mecanismo. No lo inventaron, pero sí lo han utilizado con una eficacia notable. Su estrategia ha sido consistente: introducir una idea que genera escándalo, permitir que ese escándalo se diluya en el ciclo informativo y, con ello, convertir lo impensable en el nuevo punto de partida del debate.
El proceso no es abrupto. Es gradual. Primero se menciona lo impensable. Luego, se discute como algo radical. Más tarde, se reinterpreta como una postura incómoda pero posible. Finalmente, se incorpora al terreno de lo aceptable. Así, lo que ayer parecía inadmisible hoy se convierte en política pública o, al menos, en una opción legítima dentro del debate.
Un ejemplo claro se encuentra en el discurso migratorio. En 2015, la idea de deportaciones masivas provocó indignación global. Con el tiempo, la conversación avanzó hacia la separación de familias en la frontera, la expansión de centros de detención y la militarización de la política migratoria. Cada paso no sólo introdujo una nueva medida, sino que desplazó la percepción colectiva de lo que era tolerable.
Más recientemente, el lenguaje en torno a conflictos internacionales ha seguido una lógica similar. Las amenazas han escalado progresivamente: de objetivos militares a infraestructura civil, de recursos estratégicos a afirmaciones que sugieren la aniquilación de poblaciones enteras. Y, sin embargo, la reacción global ha sido cada vez más tenue. Lo que antes habría provocado una crisis diplomática inmediata, hoy se procesa como una noticia más en medio del flujo constante de información.
Aquí radica el verdadero problema. No es únicamente la gravedad de las palabras, sino la normalización de su contenido. Cuando una sociedad deja de escandalizarse ante la posibilidad de una catástrofe humana de gran escala, el lenguaje ha dejado de ser una advertencia para convertirse en un precedente.
La ventana de Overton no distingue entre discurso y acción. Su único criterio es la reacción social. Si una declaración extrema ya no genera rechazo significativo, ha avanzado hacia el centro del debate. Y cuando eso ocurre, el terreno queda preparado para que las palabras se transformen en decisiones.
Para quienes gobiernan o aspiran a hacerlo, esta dinámica implica una responsabilidad profunda. Comunicar no es sólo persuadir o posicionar ideas; es también establecer límites. Cada palabra pública contribuye a definir qué es aceptable y qué no lo es. Y esos límites, una vez desplazados, son difíciles de recuperar.
El desafío, entonces, no es únicamente político, sino ético. Consiste en resistir la tentación de normalizar lo inaceptable por conveniencia o estrategia. Porque cuando la barbarie encuentra un lugar cómodo en el discurso, no tarda en buscarlo también en la realidad.
Hoy, más que nunca, la tarea de quienes ejercen liderazgo público es cuidar el lenguaje como se cuidan las instituciones: con responsabilidad, con conciencia y con una visión clara de sus consecuencias. Porque cuando lo impensable deja de escandalizar, no estamos ampliando el debate; estamos reduciendo nuestra capacidad de reaccionar ante el peligro.