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José Guadalupe Posada en el Museo Nacional de la Estampa

José Guadalupe Posada en el Museo Nacional de la Estampa

Por Nieves R. Méndez

Antes, mucho antes de que la fotografía se convirtiera en el principal soporte visual de la prensa, la información gráfica circulaba a través de un sistema alternativo a los grandes medios: octavillas, hojas volantes de un octavo de pliego donde se podía ilustrar prácticamente de todo, desde noticias de sucesos, crímenes, corridos, sátiras políticas, narraciones de milagros hasta anuncios comerciales. 

Su producción se concentraba en los talleres de impresión del centro de la capital, especialmente en torno al Zócalo y las calles adyacentes como Santa Teresa, Moneda o Tacuba, zonas donde desde el siglo XIX se había consolidado una intensa actividad tipográfica vinculada a la prensa periódica y a la impresión de sueltos. A ello se sumaban espacios de alta circulación como mercados, plazas y paradas de tranvía, desde donde los vendedores ambulantes distribuían estas hojas directamente, incorporándolas al ritmo cotidiano de la vida citadina durante el Porfiriato.

En este sistema, los grabadores desempeñaron un papel fundamental como traductores visuales de la realidad urbana. Su trabajo consistía en registrar acontecimientos de actualidad y convertirlos en imágenes listas para impresión en cuestión de horas a través de su transferencia a planchas de zinc o madera que actuaban con mayor inmediatez que la noticia escrita (dirigida a sectores letrados y de mayor poder adquisitivo) incluso sobre aquellos públicos con niveles limitados de alfabetización.

De entre todos estos grabadores destacó José Guadalupe Posada (1852–1913), también conocido por sus capacidades como ilustrador y caricaturista. El hidrocálido desarrolló la mayor parte de su carrera en la Ciudad de México donde trabajó en talleres de imprenta y publicaciones satíricas como “El Hijo del Ahuizote”, uno de los periódicos más críticos contra la dictadura. Desde allí desarrolló un lenguaje gráfico directo para representar el poder, la desigualdad social y los conflictos urbanos, mediante recursos alegóricos, en particular a través de esqueletos y figuras deformadas con las que fue capaz de saltar la censura con la que operaban los medios de información durante el Porfiriato.

Cabe recordar que Posada trabajó dentro de un sistema de producción industrial de la imagen, en colaboración con otros tipógrafos y editores de prensa popular por lo que no podemos hablar de su trayectoria como la de un artista aislado, sino más bien como la de un mediador, un traductor visual de la realidad, un artista consciente de su alcance que convirtió su imaginario en un sistema de representación gráfica identitaria de la ciudad que habitó.

Tras más de un siglo, la obra de José Guadalupe Posada ha vuelto a ocupar un lugar central con la inauguración de la exposición “Posada. Cartografía de un cronista”, abierta el pasado 18 de junio en el Museo Nacional de la Estampa (MUNAE). Inaugurada por la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, la muestra no solo recupera la obra de uno de los artistas más influyentes del ámbito nacional, sino que acompaña también la reapertura del propio museo tras un prolongado proceso de renovación. Este regreso del MUNAE al circuito expositivo constituye un hito relevante para la conservación y difusión del grabado en México, al reafirmar su papel como espacio especializado en la memoria visual del país y en la preservación de uno de sus lenguajes artísticos más potentes: la estampa.

Lejos de limitarse a sus célebres calaveras, la exposición permite comprender la amplitud de la producción de Posada al abarcar un amplio repertorio de ilustraciones para prensa, escenas costumbristas, imágenes religiosas y composiciones satíricas. Un trabajo que anticipó formas contemporáneas de narrar visualmente la realidad y que lo sitúa como un creador que, mucho antes del dominio de la fotografía y de los medios digitales, logró informar mientras construía, al mismo tiempo, una potente narrativa gráfica de la sociedad mexicana.

La exposición permanecerá abierta al público hasta el 20 de septiembre de 2026.