Llamarlo “revolucionario”, “comunista” o “socialista” fue, durante décadas, una forma de intentar encasillar —y también desacreditar— a Sergio Méndez Arceo. Pero ninguna de esas etiquetas alcanza a explicar del todo a un personaje que, desde la Iglesia, decidió desafiar al sistema político mexicano durante la guerra sucia en la segunda mitad del siglo XX, así lo retrata el documental “Obispo Rojo” de Franceso Taboada Tabone.
Nacido el 28 de octubre de 1907 en Tlalpan, en el seno de una familia acomodada, Méndez Arceo parecía destinado a una trayectoria tradicional dentro del catolicismo mexicano. Estudió en el Seminario Conciliar de México y, más tarde, la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma, donde obtuvo el doctorado en Historia. Ordenado sacerdote en 1934 combinó desde temprano la reflexión intelectual con una sensibilidad social poco usual en la jerarquía eclesiástica de su tiempo.
Su nombramiento como obispo de Cuernavaca en 1952 marcaría un punto de inflexión. Durante más de tres décadas, esa diócesis se transformó en un laboratorio incómodo: un espacio donde la fe se cruzó con la política, el psicoanálisis, la arquitectura, la filosofía y, donde la Iglesia dejó de ser únicamente un actor espiritual para convertirse en interlocutor —y a veces en antagonista— del poder político.
No es posible entender su figura sin el parteaguas que significó el Concilio Vaticano II. Aquella asamblea convocada por Juan XXIII que buscaba modernizar a la Iglesia, pero en América Latina abrió algo más profundo: la posibilidad de pensar el cristianismo desde la pobreza, la desigualdad y la violencia estructural. Méndez Arceo fue parte de esa corriente renovadora que colocó la “opción por los pobres” en el centro del discurso religioso, una línea que más tarde alimentaría la llamada Teología de la liberación.
Pero su historia no se quedó en el terreno doctrinal. En México, su diócesis funcionó como refugio para perseguidos políticos y, en algunos casos, como espacio de mediación entre la guerrilla —representada por figuras como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez— y el autoritarismo priista. Una especie de “amortiguador social”. Fue cercano a figuras como Fidel Castro, dio cobijo a exiliados latinoamericanos y mantuvo vínculos con movimientos revolucionarios como el sandinismo en Nicaragua mientras mantenía interlocución con sectores influyentes del Vaticano e impulsaba proyectos como el CIDOC en Cuernavaca, un centro de pensamiento crítico que reunió a intelectuales y activistas de todo el continente, que atrajo figuras como Iván Illich o Eric Fromm.
Francesco Taboada subraya que Méndez Arceo fue el único alto jerarca católico que condenó de manera abierta la masacre del 2 de octubre de 1968 y visitaba con frecuencia la cárcel de Lecumberri para acompañar a presos políticos y mantenía interlocución —directa o indirecta— con organizaciones guerrilleras.
También se colocó del lado de los trabajadores en huelga, ya fuera en las fábricas textileras, en una planta de autos o en otros conflictos laborales. Su cercanía con obreros y trabajadores le otorgó legitimidad frente al sector empresarial, que reconocía en él a un puente confiable de diálogo. Ese momento quedó sintetizada en una frase que aún resuena: cuando un huelguista encarcelado lo interpeló, respondió: “A partir de ahora no seré juez, seré parte”.
Méndez Arceo se enfrentó con el Papa Juan Pablo II, figura que representó el bloque anticomunista y neoliberal de la mano de Reagan y Thatcher, y quien lo cesó al cumplir 75 años poniendo fin a tres décadas de su mandato en la diócesis. Sergio Méndez Arceo murió el 5 de febrero de 1992 en Cuernavaca, Morelos, a los 84 años.
Podríamos ver a Méndez Arceo incluso como un precursor del pensamiento humanista de la Cuarta Transformación y de “la revolución de las conciencias”. Durante la mañanera del 17 de mayo de 2023, el presidente Andrés Manuel López Obrador señaló “…me gustaría irme no al infierno sino al cielo para encontrarme a gente como Don Sergio”.