Contrariamente a la mayoría, yo conocí primero a la Patti Smith fotógrafa, creadora de cientos de Polaroids que, lejos de la lógica de la perfección técnica que obsesionaba a tantos artífices de la época, funcionaban como pasajes hacia otros lugares: habitaciones vacías, tumbas de artistas, objetos cotidianos; escenas aparentemente simples, pero cargadas de presencia y, al mismo tiempo, de la ausencia de aquellos a quienes buscaba a través de sus huellas, principalmente escritores.
A la peregrina cultural y lectora obsesiva la descubrí después, precisamente a través de ese mismo cuerpo de obra, que entiendo como un diario visual. Su fascinación por figuras como Arthur Rimbaud u Oscar Wilde se hace evidente en imágenes donde registra los lugares que habitaron, en un intento no solo de comprenderlos, sino de entablar un diálogo que permita traer, o más bien preservar, su memoria de forma poética. Porque Smith, además, es poeta, de lo simple, de lo cotidiano, de lo que apenas se percibe. Y es su poesía la que cambió de modo radical todos los géneros con los que experimentó.
Fue poeta desde niña, pero los ingresos de sus padres, una camarera y un obrero de una fábrica de Chicago, no le permitían siquiera tener libros propios. Visitaba con frecuencia las bibliotecas públicas que la vieron devorar a los clásicos: Rimbaud, por supuesto (de quien llegó a robar un ejemplar) pero también Charles Baudelaire, William Blake o William S. Burroughs. En las bibliotecas se sentía segura, lo ha contado en numerosas entrevistas a lo largo de su vida. Allí lloraba, reía, y, de algún modo, era feliz. Se refugiaba del mundo exterior y podía crear con libertad, ser ella misma. Así, los libros pronto sustituyeron a los juguetes y terminaron impulsándola a abandonar la ciudad para buscar fortuna en Nueva York, aunque eso implicara dormir a la intemperie y probar suerte junto a otros como ella, marginados.
A Patti le dijeron que no sabía cantar bien, que no era una mujer normativamente guapa, que no cabía en el paradigma de moda, belleza y juventud de los setenta. Sin embargo, ella no dudó de su talento y se subió al escenario del CBGB, en el Bowery de Nueva York, para realizar un performance de rock poético inspirado en las “Iluminaciones” de Arthur Rimbaud que cambió la música para siempre a pesar de su diferencia. Porque ella era diferente. Nunca fue exclusivamente poeta, ni únicamente música, ni completamente punk; su condición híbrida desafió desde entonces, de manera constante, los límites impuestos tanto por la industria como por las normas sociales, evitando pertenecer del todo a ningún lugar. Fue entonces cuando se declaró libre de todo pecado y grabó “Horses” en 1975, un disco que, producido por John Cale, no solo redefinió el punk sino que lo elevó a un nivel literario inédito para la época tras aquella mítica actuación.
Influida por figuras como Bob Dylan y The Rolling Stones, pero también por Federico García Lorca, Jean Genet o Allen Ginsberg, Smith construyó un lenguaje propio, atreviéndose a habitar el escenario desde una identidad ambigua y desafiante, atreviéndose a gritar la poesía y a encarnar la mística del arte.
Su estilo permeó también en su literatura. En 2010 obtuvo el Premio Nacional del Libro por “Éramos unos niños”, un relato íntimo en el que reconstruye su juventud junto al fotógrafo Robert Mapplethorpe y en el que se hace palpable la proyección del anterior sobre la figura tan admirada de Arthur Rimbaud. Ambos radicales, errantes, pobres, llenos de sueños y profundamente libres cuando se encontraron por primera vez a las puertas del Hotel Chelsea. Años después, en 2015, publicó “M Train”, donde se atrevió a trazar un mapa de encuentros con sus autores favoritos, siguiendo sus pasos por librerías, cafés y tumbas a las que acudía para dejar piedras y flores. En 2017 apareció “Devoción”, una obra híbrida de prosa, poesía y relato; en 2019, “El año del mono”, un diario íntimo atravesado por la soledad; y, en 2025, “Pan de ángeles”, un último volumen de memorias en el que recorre su vida personal y profesional, una suerte de continuación de “Éramos unos niños”.
A lo largo de su trayectoria, Patti Smith ha recibido numerosos premios y reconocimientos que reflejan el carácter transversal de su obra. En el ámbito musical, fue consagrada con su ingreso en el Rock and Roll Hall of Fame en 2007, y con galardones como el Polar Music Prize en 2011 o el reconocimiento Godlike Genius de los NME Award. A ello se suman distinciones de gran prestigio internacional, como los honores concedidos por el estado francés, entre ellos el título de Comendadora de la Orden de las Artes y las Letras y su nombramiento como Oficial de la Legión de Honor. Ahora ha sido reconocida también con el premio Princesa de Asturias 2026. Con ello, y pese a los numerosos galardones ya cosechados, se confirma que su obra, su legado y su reconocimiento como artista son parangonables a los de sus precursores Jim Morrison y Bob Dylan.
A través de sus fotografías, notas, dibujos y paisajes sonoros, Patti Smith ha desplegado una sensibilidad en la que lo esencial no reside en lo espectacular, sino en la capacidad de revelar lo invisible en lo aparentemente insignificante. Es, quizá, en este equilibrio entre intensidad y recogimiento donde se encuentra una de las claves menos exploradas de su obra. Al romper con los cánones tradicionales y cuestionar las expectativas de género, la rebeldía de Smith abrió también el camino para tanto otros artistas que hoy encuentran en su ejemplo la posibilidad de expresarse sin encajar en moldes preestablecidos, un referente para entender el arte como un espacio de libertad.