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Más allá del neoliberalismo: la nueva ideología de las élites tecnológicas

Más allá del neoliberalismo: la nueva ideología de las élites tecnológicas

Por Ernesto Ángeles .

En ciertas publicaciones, como el periódico El Mundo, se ha popularizado la frase "los ricos no tienen ideología", haciendo alusión a un comportamiento convenenciero que no distingue afiliación política a la hora de hacer negocios e impulsar candidaturas. Sin embargo, tal frase no debe tomarse literalmente, ya que las élites sí tienen ideología —una que, además, promueven activamente entre la sociedad—, y es precisamente por esto que existe el fenómeno de lo que algunos llaman "pobres de derecha".


Durante décadas hemos vivido en el marco del neoliberalismo, con sus diversas variantes y distintos niveles de liberalización de mercados. En ese momento existía cierto consenso sobre el proyecto a perseguir: uno que debilitó al Estado, sus instituciones y los gobiernos emanados de ellas, en pos de una financiarización de la vida, los asuntos públicos y el capital.


Sin embargo, conforme este modelo entró en crisis, han surgido entre las élites diferentes voces en búsqueda de alguna alternativa para mantener intactos su capital y su poder. Al parecer, muchos han encontrado la solución en la tecnología, lo que ha dado lugar a ideologías políticas que giran en torno a ella y a los proyectos políticos, económicos y sociales que persiguen dichas élites.


Esto ha llevado a que algunos magnates de la tecnología se hayan erigido como una especie de oráculos destinados a "salvarnos" de esta crisis. Así, esta élite tecnológica no solo incide en los mercados y las políticas públicas, sino que ha comenzado a construir su propio aparato ideológico.


En el artículo anterior señalé una de estas vertientes, promovida por Alexander Karp y Nicholas Zamiska, cofundadores de la empresa de vigilancia e integración de datos Palantir. En su libro presentan una visión que apunta a la fusión entre las empresas y el Estado, la conversión de este en una máquina de guerra y vigilancia, y el desarrollo de armamento, en especial, inteligencia artificial con capacidad de destrucción masiva.


No obstante, ellos no son los únicos que han creado y promovido un proyecto político-ideológico propio; otros magnates tecnológicos disputan el sentido del futuro con sus propias agendas.


El marco ideológico más extendido dentro de la élite tecnológica recibe el nombre de "Ilustración Oscura". Se trata de una amalgama creada por el bloguero Curtis Yarvin —mejor conocido como Mencius Moldbug—, formalizada académicamente por el filósofo Nick Land y financiada por Peter Thiel, otro cofundador de Palantir, quien además ha impulsado con fuerza la carrera del actual vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance.


La Ilustración Oscura propone el rechazo radical de la democracia liberal y de los ideales igualitarios heredados de la Ilustración —de ahí su nombre—, a los cuales considera procesos "degenerativos y parasitarios para la civilización". Desde esta perspectiva, la democracia no es vista como un sistema de libertad, sino como una condena hacia la expansión infinita del Estado y el despojo sistemático a través de políticas de bienestar, lo que conduce inevitablemente a una preferencia, en la que se consume el futuro en el presente. ¿Les resulta conocido este discurso?


El proyecto político de este movimiento se articula en torno al concepto de "neocameralismo", que propone reemplazar al Estado democrático por un negocio privado propiedad de accionistas de las riquezas públicas, gestionado por un CEO soberano con poder absoluto. En este esquema, el voto desaparece y es sustituido por el derecho a la salida, la posibilidad de emigrar hacia otros países-empresa.


En el ámbito económico, defienden un capitalismo de monopolios que permita la planificación a largo plazo y la innovación tecnológica masiva, rechazando la competencia tradicional y abogando por la abolición de los bancos centrales.


En el plano social, la Ilustración Oscura postula la existencia de jerarquías naturales basadas en la diversidad y la desigualdad humana. Acepta las distinciones innatas y promueve una estructura social de castas en la que los ciudadanos actúan meramente como clientes de una corporación estatal.


A esta corriente se suma el aceleracionismo —para muchos, el método para instaurar la Ilustración Oscura; para otros, otro camino para salir de esta debacle histórica—. El aceleracionismo tiene dos vertientes: la de izquierda y la de derecha. La segunda busca llevar el capitalismo hasta su límite para provocar un colapso total de la sociedad actual, del que espera que emerja un nuevo orden autoritario.


Los aceleracionistas de Silicon Valley coinciden en el diagnóstico: es necesario superar las limitantes humanas, incluida la democracia; sin embargo, divergen en sus objetivos finales. Están quienes ven en la fusión del humano con la tecnología el fin último, con la superación de las limitaciones del propio cuerpo; quienes apuestan por el mejoramiento genético y la creación de una generación de humanos mejorados; quienes vislumbran un gobierno automatizado llevado a cabo íntegramente por algoritmos y máquinas, y quienes aspiran a que el Estado se convierta en una máquina de guerra civilizatoria y cultural perpetua.


Ya el presidente chino Xi Jinping lo anunciaba en su reunión con Vladimir Putin: "Ahora hay cambios como no hemos visto en 100 años". Y es que la situación recuerda bastante a la que dio origen a la Primera Guerra Mundial: inestabilidad política, carrera armamentista, intervencionismo, depresión económica, transición de poder hegemónico —de Europa hacia Estados Unidos y la Unión Soviética—, monopolios e imperialismo económico, entre otros factores.


El problema no es que las élites tecnológicas tengan ideología, el problema es que esa ideología está siendo traducida en política concreta, en financiamiento de candidatos, en rediseño institucional y en narrativas que se filtran, poco a poco, hacia el resto de la sociedad (como con el manifiesto). 


Así como ocurrió hace un siglo, las grandes crisis no solo destrozan el orden existente, también abren la puerta a quienes ya tienen listo el orden que pretenden instalar; la pregunta que queda es si el resto de la sociedad será capaz de reconocer y luchar contra ese proyecto antes de que sea demasiado tarde.