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  • hace 8 horas
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El Mantra del Humanismo Agrario

El Mantra del Humanismo Agrario

Por Jonathan C. Noyola Ledezma

Por la gente, todo. Con la gente, siempre.

 

Hay un momento, en las reuniones con ejidatarios y ejidatarias, en que alguien deja de escuchar el estado del trámite y empieza a escuchar la promesa. Ocurrió con Santa Rosa Jáuregui, Querétaro. Los miembros del ejido estaban parados frente al Procurador Agrario, con los papeles de siempre: carpetas gastadas, copias de copias, un expediente que lleva el número 1203/2007 y que a esa altura ya tenía más años que algunas de las manos más jóvenes del ejido. Entre ellos había un ejidatario muy mayor, don José, hablan poco pero no se venden nunca.

El procurador les informó que se había presentado ante el Tribunal Superior Agrario la solicitud de atracción de su juicio. Les dijo que la Procuraduría estaba de su lado y que los acompañaría hasta el final. Y el hombre lloró. No fue un llanto ruidoso. Fue el de quien lleva veinte años cargando algo solo y de pronto siente que alguien más le ayuda a sobrellevar ese peso.

Hay que entender cuánto pesa ese llanto. El ejido existe desde febrero de 1918, es decir, desde que la tierra repartida todavía olía a Revolución. Durante veinte años su patrimonio ha estado en disputa, y en el centro del pleito hay una cifra que cuesta creer: 1,415 hectáreas de uso común, tierra que por definición es de todos, asignadas a una sola persona, señalada como vinculada al sector inmobiliario. Mil cuatrocientas quince hectáreas de lo que era de muchas familias, convertidas en propiedad de uno. Y durante dos décadas, según cuentan los propios ejidatarios, nadie los acompañó en esa lucha. Litigaron como se litiga cuando se está solo: con paciencia, con deudas de tiempo y con la sospecha, que el despojo siempre siembra, de que quizá el tamaño del adversario ya había decidido el resultado.

Por eso ese llanto no es sentimentalismo. Es el diagnóstico más preciso de lo que significó una larga época en que las instituciones agrarias se volvieron ventanilla: un lugar donde se recibe al campesino pero no se camina con él. Donde se aprendió a medir el trabajo por expedientes abiertos y cerrados. Nadie medía cuántas veces un ejidatario tenía que volver a empezar porque no había quien le explicara, quien lo defendiera, quien se quedara.

Un mantra es una frase que se repite hasta volverse una manera de actuar, y el del humanismo agrario cabe en dos líneas: por la gente, todo; con la gente, siempre. Lo importante son las dos palabras que sostienen todo lo demás. "Todo" quiere decir que la Procuraduría Agraria pone a disposición de un ejido todo lo que la ley le permite: asesoría, defensa, representación, peritajes, presencia. "Siempre" quiere decir que no se va cuando el asunto deja de ser noticia, ni cuando se vuelve difícil, ni cuando el adversario tiene más recursos.

Y "la gente", en este mantra, tiene nombre y rostro. No son usuarios ni beneficiarios de programas. Son quienes habitan el suelo social: las ejidatarias, los comuneros, los avecindados, las familias que heredan una parcela junto con la obligación de cuidarla. Son quienes la tierra necesita para seguir siendo tierra de todos. Lo que está en juego en Santa Rosa Jáuregui son las hectáreas, pero también las generaciones que podrán o no transmitirlas y preservarlas.

Lo que sigue corresponde al Tribunal Superior Agrario, que decidirá si atrae el caso, con su autonomía y con respeto al debido proceso y a los derechos de todas las partes. Así debe ser, y la Procuraduría no hace otra cosa que pedirle que mire con atención. Pero si el Tribunal lo atrae y resuelve, la sentencia podría sentar un precedente para otros ejidos de Querétaro y del país, donde la tierra de uso común parece mucho más valiosa como lote urbanizado que como patrimonio de familias enteras.

Este mantra del Humanismo Agrario no promete que se ganará. Promete algo más elemental pero más profundo: que nadie peleara por su tierra solo. Eso se cumple cuando una institución se para frente a un ejidatario de ochenta años, le dice que estará de su lado hasta el final, y él puede, por primera vez en veinte años, creerlo.