El entusiasmo no basta. A 14 meses del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, su gobierno salta de incendio en incendio, en su mayoría autoinfligidos. Si bien abrir confrontaciones en el modelo trumpista podía resultar útil como mecanismo de distracción mediática y política, hoy esa estrategia comienza a menguar.
En el frente externo, la actual guerra contra Irán ha desatado, por un lado, un aislamiento respecto de aliados tradicionales y, por otro, una crisis energética en la que el aumento del precio de las gasolinas y la inflación en Estados Unidos ya se hacen presentes. Mientras Trump continúa prometiendo más ataques, el petróleo sube de precio y las bolsas caen.
El precio de la gasolina en Estados Unidos superó los 4 dólares por galón a finales de marzo, alcanzando su nivel más alto desde 2022. Esto representa un aumento superior al 35% en solo un mes en algunas mediciones, impulsado por la inestabilidad en el suministro de petróleo. La estrecha vía fluvial entre Irán y Omán es una ruta comercial vital para el petróleo y el gas natural, por la que normalmente fluye hasta una quinta parte del suministro mundial de crudo.
Trump regresó a la presidencia bajo la promesa de acabar con la inflación y con la crisis económica en Estados Unidos. En su momento, se hablaba en los medios de un voto pragmático, un voto por reencauzar la economía del país, atrayendo incluso a votantes hispanos. Cabe mencionar que Trump ganó no solo el voto del Colegio Electoral, sino también el voto popular. En enero de 2025, su aprobación era del 50% y su desaprobación del 40%, según el New York Times. Hoy, su aprobación es del 39% y su desaprobación alcanza el 57%, de acuerdo con el mismo sondeo.
La reciente convocatoria del “No Kings”, el pasado 28 de marzo —la más grande en la historia del país, con entre 8 y 9 millones de participantes—, es un síntoma de este desgaste. La población que rechaza a Trump no solo se concentra en las grandes urbes de estados demócratas, sino que también incluye zonas tradicionalmente republicanas.
La revelación de los archivos Epstein y la guerra contra Irán han sido los principales descalabros para Trump, tanto al interior de su base MAGA como en su círculo de gobierno en Washington.
Pam Bondi se sumó recientemente a la lista de perfiles cercanos a Trump que han salido de sus cargos: Gregory Bovino, Kristi Noem, Joe Kent y el general Randy George, del Departamento de Defensa. Diversas versiones al interior de la Casa Blanca aseguran que se están llevando a cabo conversaciones sobre la salida de otros funcionarios de la administración, incluidos el director del FBI, Kash Patel; el secretario del Ejército, Daniel Driscoll; y la secretaria de Trabajo, Lori Chavez-DeRemer.
Trump se había mostrado reacio a destituir a sus principales colaboradores, considerando los despidos como una concesión a los demócratas y a los medios de comunicación. Sin embargo, la disminución del apoyo al presidente desde el inicio de la guerra contra Irán ha cambiado el panorama político —el 60% rechaza la guerra contra Irán, según Fox News—. Al mismo tiempo, las probabilidades de confirmar a los reemplazos en el Congreso son cada vez menores conforme se acercan las elecciones intermedias. Por otro lado, el rechazo de su base MAGA a iniciar una guerra en Medio Oriente y el asesinato de Charlie Kirk, provoca que este sector se encuentre en una deriva sin retorno.
El entusiasmo y la lealtad ya no bastan en el gabinete trumpista; la historia lo demuestra. De los ochenta y cuatro hombres y tres mujeres que han ocupado el puesto de fiscal general —el mismo que ocupaba Pam Bondi—, varios podrían disputar el título de “el peor”. Basta recordar a John Mitchell, fiscal general de Richard Nixon, quien cumplió condena en prisión por ayudar a orquestar el allanamiento del complejo Watergate y su posterior encubrimiento.