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  • hace 17 horas
  • 14:04
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De Adanes y Evas…

De Adanes y Evas…

Por Milo Montiel Romo

 ¿Que historia te contaron? 

 

Cuando el despertador sonó, ya tenía los ojos abiertos. Desde algunas horas, estaba recostado de lado, con el brazo derecho, doblado en ángulo agudo entre la almohada y la oreja derecha, sintiendo la extremidad perdía la sensibilidad, para ser ocupado por un hormigueo.


Veía las manecillas del reloj, con su cara casi pegada al borde del buró, las veía andar con su tic-tac, en esa mentira que les hicieron de un camino. Es un hecho, no se puede avanzar en círculo. Se mueven atadas del centro, como una tahona, sin escapatoria, donde se corre, se huye, pero siempre se enfrenta con el infinito, con eterna repetición. Eso es el reloj, el cálculo del bucle infinito del tiempo.
 

Mientras esperaba la alarma, como pocas veces en la vida, sabía donde estaba cada parte de su cuerpo. Estaba recostado de lado, con su cuerpo haciendo una especie de equilibrio sobre la parte más angosta, con su pierna derecha como base, para que la izquierda, desde el píe hasta la cintura, se apoye sobre ella. Pie con píe, rodilla con rodilla, muslo con muslo en equilibrio.
 

El torso, se mantenía en equilibrio, usando como base, la plataforma que hacía el brazo doblado a la altura de la cara, mientras el otro brazo, también en casi el mismo ángulo cerrado, tomaba con su extremo, convertido en mano, de forma casi cariñosa, el bícep derecho. Todo, salvo la cabeza bajo una cobija de cuadros coloreados de morado, blanco y amarillo. Nada se movió hasta aquel sonido inútil de despertador. Lo dejó sonar unos segundos como solidaridad, para dejar un poco de dignidad al sonido estridente que quiere despertar a los despiertos. Luego, de un golpe, lo apagó.
 

Brazos, pernas, torso, manos, brazos, todo se puso en acción, la colcha fue echa a un lado, los pies reencontraron el piso e inmediatamente se enfundaron en un par de pantuflas viejas (babuchas, zapatillas de casa, chinelas, chanclas, chancletas). Rodeó la cama, casi a hurtadillas, con el fin de no despertarle.     
 

Fue al baño, orinó y se lavó las manos. Se quedó como petrificado en le quicio de la puerta abierta del baño, viendo hacia la habitación. No dijo nada, sólo suspiró profundamente, mientras veía a la cama y la veía dormir.


La noche anterior había sido de locos. 
Quiso prender un cigarro, no lo hizo y esto se sumó a una larga lista de cosas que había querido hacer pero nunca se lograron. 
 

Adán pensó que no la conocía. Estaban en ese cuarto de hotel, después de haber sido expulsados del paraiso después de la trampa que Dios les puso. Habían sido creados adultos, en la inocencia, no había ningún parametro anterior, eran el primer hombre y la primer mujer, sin madres, padres, sin hermanos, primos, amigos. 
 

Estaban solos, encerrados en una burbuja llamada Edén, donde todo valía, donde no había reglas, todo estaba a su disposición. Todo. Por ello, la prohibición carecía de lógica. Era una trampa. Dios no quería un mundo pacífico, necesitaba que su obra, hecha a su imagen y semejanza, sintiera la soledad en la que él vive. 
 

Cómo es el mundo de un ser todo poderoso que tiene que crear el mundo para ver algo, pues nisiquiera la luz era. Que tan solo se siente un ser todo poderoso para tener que crear un universo infinito, con de millones de estrellas, lleno de millones de posibilidades, con distancias inimaginables. Y en medio de esa bastedad, tomar un grano de arena y ahí, crear los cielos y la tierra.
 

Ahí Dios, se movía sin rumbo, sólo con la inmensidad vacía que creó, vagaba sobre aguas oscuras, sin luz, sin luna, sin sol. Vagaba aburrido. Y así, sin necesidad alguna, crea el tiempo, medible entre el día y la noche. Y la transición temporal le genera angustia e incertidumbre. Así, con el miedo de no saber que habrá mañana empieza a complejizar este granito de arena insignificante en el universo y hace tierra, cielo, vida, plantas, animales.
 

Los días recién inventados iniciaban tan rápido y se acaban dando paso al miedo, los cambios en el mundo que creó lo rebasaron y empezaron a darse sin su autorización. Vida y muerte se dieron de manera natural y Dios tuvo miedo de que lo alcanzara. No tenía claro lo que hizo en este pedacito de universo. Volteó hacia arriba y sus millones de planetas y soles se veían hermosas, eran luces que nunca imaginó como se verían parado aquí. Sin querer inventó las estrellas. Y por primera vez, vio que era bueno.
 

Todo, galaxias, soles, planetas, animales, plantas, montañas, agua, noche, día, sol, luna, todo era sin necesidad de él. Así lo hizo y se arrepintió. Necesitaba algo que lo reconociera, que lo llamara, que le quitara esa orfandad de padres, hermanos e hijos en que estaba, por eso hizo a hombre y la mujer y los engañó de que los hizo como él, porque no podía decirles la verdad, de que él los necesitaba, pues ellos no necesitaban existir. Los trajo porque necesitaba de ellos para que, al reconocerlo, existir. 
 

¿Cómo ser Dios sin nadie que lo adore? Y les mintió otra vez, diciéndoles: “Tengan muchos hijos, multiplíquense, llenen la tierra y tomen control de ella, y tengan autoridad sobre los peces del mar, los animales voladores de los cielos y todos los seres vivos que se mueven sobre la tierra”. Luego Dios dijo: “Vean, les doy todas las plantas de la tierra que dan semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla. 

Esto será su alimento. Y a todos los animales salvajes de la tierra, a todos los animales voladores de los cielos y a todo lo que se mueve sobre la tierra y tiene vida les doy toda la vegetación verde como alimento”. 


Les mintió porque Adán y Eva no fueron sólo dos personas, eran millones de Adanes y Evas que todos fueron creados para pecar, para caer en la trampa del fruto prohibido y ser expulsados y para salir y nacer a una raza de seres llenos de culpa y vacíos que se convertirían, ante el mismo temor que Dios tenía al vacío, en adoradores, en seguidores fieles, que lo buscaría de innumerable formas, nombres, colores, cantidades, pero todos, con el fin de apaciguar el miedo, el vacío y la incertidumbre de estar tan solos como Dios lo estuvo al principio.
 

Dios nunca esperó que ningún Adán y ninguna Eva no comieran, sino lo hubieran hecho, los habría obligado. Cada una de ellas y cada uno de ellos, cumplieron su deber de dar al mundo el pecado y la culpa y la búsqueda del paraíso perdido que da rumbo al mundo y la necesidad de existencia de Dios.
 

Cada Adán y cada Eva no podía sino pecar, pues eran seres nacidos solos, sin padres, sin madres, amigos, familia. Todos eran niños solos, en cuerpos de adultos, viviendo sin nada que los recibiera en su pedazo de jardín. Todo les era dado, comida, calor, sexo. No tenían miedo o prisa, no había necesidad de trabajo o de dinero. 
 

¿Por qué no comer de la único prohibido? Nada tenía consecuencias, por qué esto sí. 
 

La trampa funcionó cada vez. Todas, todos cayeron. Cada manzana, pera, ciruela, higo, nuez, aguacate, piña, cada fruto prohibido fue comido. ¿Cómo iba a ser de otra forma? Finalmente, un ser todo poderoso diseñó el engaño.

Hombre y mujer fueron hechos para pecar. No hay duda. 
 

El único que creyó que tenía algo que decir era una vocecita que vivía en la cabeza de Dios, una especie de esquizofrenia primigenia, que funcionaba como el disparador de una culpa divina, pero Dios le ordenó a su voz salir de su cabeza y convertirse en su némesis, a representar el mal, a ser el culpable de lo que Dios no quiso asumir, que no controlaba su creación, que lo más importante que hizo, fue la creación para enfrentar su soledad y su ego.
 

Por ello, cuando castigó a todos los Adanes y Evas y los expulsó de los millones de paraísos temporales, el único que los recibió en el mundo real, fue el Diablo y mientras entendían que habían sido traicionados por su creador los instaló, a cada pareja en desgracia, en pequeños cuartos de hotel, alejados del paraíso y en diferentes épocas.
 

Nuestro Adán se paró y orinó y se quedó viendo a esa mujer que conoció tres o cuatro días antes en el paraíso, con quien comió, durmió y tuvo sexo, pero que no sabía nada de ella. La veía con curiosidad y pensaba que ella estaba igual de perdida que él. Que no lo amaba, pues no habían tenido tiempo de conocerse. Apenas hablaban.
 

Estaba asustado y al mismo tiempo tenía una curiosidad de ver el mundo que vio anoche desde la televisión del cuarto. El diablo, el único ser amoroso que conocieron, le dijo que el castigo de Dios era la libertad que nunca desearon pero que los llevaría a donde jamás imaginaron. Que la necesidad los haría dueños de la tierra, no el mundo pachorrón del paraíso.


Adán se acercó desnudo a la cama, se hincó pera estar a la altura de la cara de Eva y la llamó para despertarla. Aún no se inventaban las horas, pero el sol ya se asomaba por una rendija de la sucia y pesada cortina del cuarto de hotel. 
 

-Eva, corazón…
 

Ella abrió los ojos y sonrió, tenía la cara cubierta por el cabello, sacó una mano de debajo de las cobijas, se quitó el pelo de la cara y se acercó lo suficiente a Adán, como para darle un beso. 
 

-¿Nos encontró?
-No, no creo. ¿Quieres desayunar?
 

Ambos salieron al pasillo, desnudos, descalzos. Se pararon frente al elevador y presionaron, de forma natural, el botón para llamar a esa caja metálica que los llevaría al lobby. Entraron y presionaron el botón de PB, salieron y atravesaron una sala sobria, con una alfombra límpida y mullida. Llegaron a un gran salón lleno de mesas y sillas pero sin nadie.
 

En algún lugar, en medio de todo el moviliario, estaba servido el café humeante. Ellos se sentaron y lo bebieron. No había nada que preguntar, así había sido toda su vida. Todo estaba dado desde siempre. Nunca habían visto a nadie, aún no sabían de la existencia de los miles de Adanes y Evas.
 

Se levantaron y fueron a una barra de buffet, donde cientos de alimentos se mostraban paras su deleite. Sólo tomaron un poco de fruta, al llegar, las tazas de café habían sido rellenadas. Tomaron el pan con mantequilla que tampoco trajeron. 

Estaban silenciosos, preocupados por dónde estaba Dios. Esperaban su venganza por la desobediencia, pero no pasó nada.
 

Subieron despúes de desayunar, se bañaron y salieron del hotel. 
Sus pies descalzos conocieron el calor del asfalto. Caminaron por una ciudad que acumulaba departamentos, casas, fábricas, comercios, parques, calles, basureros, cloacas, todo para la humanidad que aún no nacía, una ciudad que se mantenía vacía, sola, perdida en el tiempo, alejada de todo por miles de años de evolución, conquista, guerras, destrucción, construcción, creación, aniquilación.
 

Caminaron solos por horas, hasta que el Diablo los encontró sentados en una banca de un parque viendo el lago artificial que estaba en el centro. 
 

-Hijitos, ¿cómo están?
-Bien querido Diablo, ¿puedes decirnos dónde estamos?
-En ningún lugar. Justo donde necesitan para pasar tu embarazo.
-¿Embarazo?
-Si, tendrás dos niños. 
-¿Tendré? ¿Dios me los dará?
-No, los tendrás dentro de tu cuerpo nueve meses y luego nacerán en medio de un dolor grande romperá y que por ello, muchas de tus hijas morirán. Criarás hijos llenos de rencor, deseo y miedo, con la muerte en las manos.
 

Siempre supieron que Dios no los dejaría, sabían que su venganza por haber cumplido su plan. El castigo sería implacable, que no tendría nunca piedad. 

Entónces conocieron el odio por primera vez. Tuvieron miedo.
 

Vivieron casi 7 meses en el hotel de una ciudad vacía. Eva parió en un hospital con camillas que eran empujadas por manos invisibles, y un médico fantasmal la atendió. Tuvo gemelos. Caín y Abel.
 

Vivieron los primeros años sin nombre para los días. El tiempo ya no era el bucle del reloj, sino una sucesión de necesidades: hambre, cansancio, deseo, miedo. El mundo comenzó a llenarse. Primero de sonidos. Luego de otros cuerpos. Después de miradas.
 

Caín creció con la dureza de la tierra. Sus manos aprendieron pronto a abrirla, a herirla, a exigirle alimento. Había algo en él que no esperaba nada de nadie. Abel, en cambio, miraba al cielo.
 

No hacía nada en particular, salvo estar. Y, sin embargo, todo parecía acomodarse a su alrededor. Los animales se acercaban sin miedo. La luz le caía mejor. Incluso el silencio, cuando estaba con él, parecía tener sentido.
 

Adán los observaba a los dos con una inquietud que no lograba nombrar. Eva, en cambio, sabía.
 

-No es él - dijo una noche, viendo a Abel dormir. Es lo que está pasando con él.
Adán no respondió. Ya lo había notado.
 

Las primeras ofrendas surgieron sin que nadie las pidiera. Caín llevó lo que arrancó de la tierra. Frutos duros, imperfectos, ganados con esfuerzo. Los dejó sobre una piedra, con una especie de orgullo torpe. Abel llevó lo que no le costó. Lo más tierno, lo más limpio, lo que parecía haber sido elegido antes de ser ofrecido.
Nadie habló, pero algo ocurrió.
 

No hubo fuego visible, no hubo voz, no hubo señal clara. Sólo una inclinación invisible del mundo.
Lo de Abel permaneció. Lo de Caín, no.
 

Fue suficiente. Caín no gritó, no preguntó, no reclamó. Sólo entendió.
Esa noche, Adán no pudo dormir.
 

Miró a sus hijos y, por primera vez, sintió algo más profundo que el miedo: comprensión. Dios no había creado para amar. Había creado para elegir y al elegir, traicionaba.
 

-Es él - dijo Adán en voz baja, mirando a Abel, no nosotros.
Eva cerró los ojos.
-Siempre fue así.
Al día siguiente, Adán llamó a Abel.
 

No hubo engaño, no hubo discusión, no hubo ira visible. Caminaron juntos hasta donde la tierra se abría en silencio. Hablaron poco. Abel sonreía, como si no entendiera del todo lo que estaba pasando, pero tampoco le preocupara. Adán tomó una piedra. La sostuvo unos segundos. No miró a Abel.


Miró hacia arriba como si esperara algo. Nada ocurrió. Entonces bajó la mano, el golpe fue seco y luego otro y otro. Hasta que el mundo recuperó su equilibrio.
El cuerpo de Abel quedó tendido, extraño, como si no perteneciera a ese lugar.
 

Adán retrocedió, no había triunfo, no había culpa. Sólo una certeza: había corregido algo. Caín llegó después. Vio el cuerpo, vio a Adán, vio el cielo y entendió completamente.
 

-Ya terminaste - dijo, no a su padre, sino a lo que no se veía.
Entonces sí. La voz.


No vino de arriba ni de ningún lugar preciso. Estaba en todas partes y en ninguna.
-¿Dónde está tu hijo?
 

Adán no respondió de inmediato.
Miró sus manos.
No temblaban.
 

-No lo sé - dijo al fin. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hijo?
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue una confirmación.
 

-Maldito serás - dijo la voz-. La tierra no volverá a darte su fuerza. Errante serás todos los días de tu vida.
 

Adán sonrió, fue una sonrisa mínima, casi imperceptible. 
-¡No! - dijo, ahora sí en voz alta -. ¡Maldito seas tu!
El aire pareció tensarse.
-Fuiste tú.
Nada respondió.
Pero algo se retiró.
Como si, por un instante, hubiera sido visto.
Eva abrazó a Caín. No lloraba.
 

-Esto también estaba escrito - murmuró.
Adán miró el cuerpo de Abel una última vez.
-Éste – dijo - no era hijo nuestro. Era tu preferido. Tu excusa.
Se volvió hacia el vacío.
-Lo hiciste millones de veces – continuó-. Nos hiciste millones de veces. Para esto. Para poblar el mundo de culpa.
El viento pasó entre ellos como una presencia sin forma.
 

-Para que te nombren - dijo Adán -. Para que te teman. Para que no estén solos como tú.
Nadie contestó.
Pero el castigo quedó, Caín cargó con la culpa, no porque fuera culpable, sino porque alguien tenía que serlo y Adán y Eva siguieron, no como origen, sino como repetición, como error necesario.
 

Desde entonces, cada hombre y cada mujer nacen con una historia que no vivieron, con una culpa que no eligieron y con un miedo que no entienden y, sin embargo, miran hacia arriba. Buscando, nombrando, suplicando como si en ello les fuera la vida. Como si en ello le fuera la existencia a alguien más.