Cúcuta se asoma entre la neblina mañanera como un conjunto de caseríos de ladrillo ubicado en un Valle de la Cordillera Oriental de los andes colombianos donde el paso del tiempo ha quedado registrado en sus sitios arqueológicos, monumentos históricos y su palpable historia. Habitada desde tiempos precolombinos, ha sido epicentro de hechos históricos de gran importancia y sus tierras son fertilizadas constantemente por las aguas de tres ríos que alimentan en su cauce a cuantiosos limoneros, pequeños huertos familiares así como la zona industrial que circunda el centro y el pequeño aeropuerto que recibe miles de visitantes cada semana.
Uno de éstos ríos, El Táchira, funge como parte de la frontera natural con el vecino país de Venezuela y en ese paso fronterizo hay tres puentes internacionales donde venezolanos y colombianos han compartido durante siglos un territorio en común, aunque dividido, que los ha convertido en un punto estratégico de migración, comercio y hermandad hoy amenazado por la reciente detención les mandatario venezolano.
Han pasado 4 días desde que el presidente Nicolás Maduro fue detenido y secuestrado por las fuerzas armadas estadounidenses, quienes irrumpieron en el Palacio Presidencial de Miraflores, en instalaciones seguras, y lograron llevar consigo un arresto ilegal del sucesor de Hugo Chávez junto con su esposa, acusándolos de narcotráfico, posesión de armas y otros señalamientos sin sustento. A pesar de la exactitud y perverso éxito de la operación, según la versión de los medios occidentales, el saldo fue atroz. En una parte de la ciudad capital fueron bombardeadas instalaciones civiles, como si se tratase de una operación militar a gran escala y se calcula que fueron asesinados más de 30 elementos de la guardia personal presidencial, compuesta por agentes cubanos, y otros 50 fallecidos más locales.
Aunque no se ha entregado al caos la población, la densidad del aire de la incertidumbre ahoga el pecho de todos los habitantes venezolanos, quienes no pueden comenzar a alegrarse por los tiempos venideros al no saber en qué se va a basar su futuro, ahora entregado a los intereses de Donald Trump y sus planes imperialistas que amenazan sus recursos e incluso los de Groenlandia y sus vecinos, los Colombianos, a quienes el volátil Trump no se ha cansado de señalar de estar dirigidos por un presidente narcotraficante : Gustavo Petro, líder sobreviviente de la izquierda sudamericana y frontal enemigo de los planes intervencionistas de Trump, a quien le ha plantado cara en diferentes ocasiones en foros internacionales y en acaloradas discusiones en redes sociales.
En el Puente Simón Bolívar, que conecta a las naciones sudamericanas, se escucha desde la mañana un río de automóviles y autobuses, pero sobre todo motocicletas, que van y vienen cruzando la frontera en ambas direcciones. Se han comenzado a ver también personas de a pie que cruzan hacia Colombia. Llevan consigo maletas y pertenencias para tratar de huir de la incertidumbre que representa el vacío de poder tras la captura de Maduro y el casi insostenible liderazgo de la vicepresidenta Dulcy Rodríguez , quien ahora es la presidenta constitucional, pero al mismo tiempo, se encuentra amarrada de las manos ante el capricho y voluntad de Trump quien la ha amenazado con un futuro peor que el de Maduro si no se somete a sus planes.
El sonido de los automóviles se ve interrumpido por las bocinas y algunos eventuales gritos y saludos de los transeúntes hacia las decenas de periodistas internacionales que se han arremolinado en el lado colombiano, hoy blindado de militares estacionados en el puente trepados en 5 tanquetas viejas, casi rústicas, a mostrar algo de entereza y soberanía ante la brutalidad de la extracción de Maduro y su esposa. Venezuela también ha respondido con brutalidad. Justo en 24 horas han sido detenidos y expulsados del país casi una docena de periodistas internacionales y a nadie se le permite tomar fotografías o videos en las calles sin ser por lo menos cuestionado o detenido por violencia por las fuerzas del orden que también se encuentran a prueba en este momento para demostrar su valía en un futuro.
Algunos de los Venezolanos que cruzan dan algunos comentarios a los medios. Recatados, emocionalmente aún conmocionados por los 4 días donde se ha consagrado un acto buscado por muchos pero cuestionados por casi todos por las implicaciones de saberse ahora dominados por el tirano del norte y un horizonte similar al de Panamá después de la detención del infame Noriega, la caída de Bagdad o en tiempos más recientes, la imposición de Dina Boluarte en Perú, otra de las mandatarias espurias impuestas en contra de la voluntad popular.
Otros, aún muestran apoyo en las calles de la capital al movimiento Chavista y rebelan su indignación por el cuestionado líder, que aunque detenido ilegalmente, carga consigo un largo historial de acciones contra su población, enemigos políticos y su cuestionable capacidad para gobernar y mantenerse en el poder sin actos de corrupción y totalitarismo.
Hoy, aunado a las acciones del fin de semana, la población de ambos países se encuentra con el temor de una nueva incursión armada o de los bombardeos que sigue prometiendo Estados Unidos a quienes no se sometan a sus planes y cuyas devastadoras consecuencias se viven hoy en este río fronterizo cuyas aguas no han logrado apaciguar la flama de la militarización.
En un pequeño pasillo de la banqueta del puente, un hombre levanta sus brazos y da gracias a dios frente a un grupo de periodistas ahí presentes. Se le nota cansado y en su rostro se rebela cierto alivio de poner sus pies en suelo colombiano. Al preguntarle por los motivos de su rezo, menciona que fue hasta Venezuela en búsqueda de su hijo, quien vive cerca de la capital. Pasó innumerables controles militares, fue registrado, cateado y cuestionado por la policía y sin embargo, logró encontrarse con el joven, quien afortunadamente se encontraba bien.
“ Estoy contento de regresar a mi tierra, mi hijo está bien y ahora solo queda esperar por el nuevo futuro que le espera a Venezuela, cualquiera que este sea, sí el está bien, le doy gracias a dios”
El hombre sigue su camino después de despedirse y pasa al lado de los soldados y las tanquetas, como una burla del destino para los civiles, las verdaderas víctimas, que salen de un país tambaleándose indefenso, para adentrarse en otro, obligado a armarse hasta los dientes con los pertrechos de viejas guerras que hoy representan la defensa a su soberanía.